miércoles, 23 de septiembre de 2026

Fui forastero y me acogisteis - San Mateo 25, 35 -.

Fui forastero y me acogisteis - San Mateo 25, 35 -

Escuchad, pueblos, pues el tiempo de lo superfluo ha llegado a su fin y la hora de lo esencial llama a las puertas de la historia.

 

No busquemos más allá, no acumulemos ríos de palabras ni tratados que pesan como piedras sobre nuestras conciencias.

 

Todo está aquí, y nada se añadirá que no esté ya escrito en el latido del corazón del hombre.

 

Llegarán días - y ya estamos en ellos - en los que las grandes catedrales del pensamiento se derrumbarán en mil pedazos ante un solo fragmento de humanidad.

 

El Evangelio no es una doctrina que haya que aprender, sino un estilo de vida. Un camino de éxodo.

 

Es la salida forzosa del desierto del egoísmo, el dominio de ese instinto que nos susurra que sobrevivamos solos, encerrados en el recinto de nuestros pequeños problemas, ciegos ante el resto.

 

El Misterio de los Misterios no está oculto en los cielos impenetrables, sino que está encerrado en un gesto que sacude los cimientos del mundo: fui forastero y me acogisteis.

 

Miremos al Hijo del Hombre: Él no mostró su divinidad en el resplandor del rayo, sino en el polvo de la tierra, lavando los pies, abrazando la carne llagada del leproso, convirtiéndose en caricia para el enfermo.

 

Esta es la profecía que debemos encarnar: el camino de la humanización es el único y verdadero sendero de la divinización.

 

No hay Dios sin el hombre; no hay luz divina que no pase a través de nuestras manos que se inclinan y de nuestros brazos que se extienden y se abren hasta abrazar.


He aquí la gran revelación que el mundo no quiere oír: en cada hambriento que cruza nuestra mirada, en cada perseguido que llama a nuestra puerta, en el refugiado que no tiene patria y en el extranjero que no tiene rostro, allí habita el Misterio.

 

Jesús lo proclamó a los siglos: «Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estaba desnudo, estaba enfermo, estaba en la cárcel…».

 

Cada vez que nos inclinemos ante los excluidos de la tierra, no solo tocaremos carne humana, sino que nos encontraremos con el Misterio.

 

Y ese encuentro dejará una huella que ningún olvido podrá borrar.

 

Abandonemos las ideologías de las prioridades… También las teologías de la distancia… Y acojamos la única doctrina que salva: la experiencia del Misterio se produce en la acogida del extranjero.

 

Que nuestro culto sea verdad, no humo; que nuestras liturgias sean una escucha que abra el corazón.

 

Porque la verdad de lo que celebramos en el altar solo se verá en la forma en que caminemos junto a los más desfavorecidos.

 

El que tenga oídos para oír, que oiga: la luz del Misterio habita en nosotros, pero solo resplandecerá cuando nos convirtamos en hogaza de pan para los que tienen hambre, en vaso de agua para los que tienen sed, en calor de acogida para los que son forasteros, en abrigo cálido para los que están desnudos, en caricia amable para los que están enfermos, en brisa de libertad para los que están en la cárcel…


Y entonces veremos al Santo de los Santos en el rostro del emigrante y tocaremos la carne divina en la carne del refugiado.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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