viernes, 23 de octubre de 2026

Encarnar para dar a luz la vida de los pobres.

Encarnar para dar a luz la vida de los pobres

Ha llegado la noche. Las voces del día se apagan, las ocupaciones se alejan y queda una pregunta: ¿de qué lado estamos? 

El Evangelio, cuando se escucha de verdad, nos lleva hasta aquí. No se limita a consolar nuestro cansancio, no se convierte en una manta con la que tapar las contradicciones. 

En cierto momento nos pide que salgamos a la luz. Quien lo elige toma partido: del lado de los pobres, de los excluidos, de quienes esperan en el umbral mientras otros ocupan todas las habitaciones. 

Pero antes llega el momento de escuchar. 

El discípulo se detiene ante la Palabra como ante una pequeña lámpara encendida en la noche. No todo está claro, no todo se comprende de inmediato. 

Hay que dejar que el Evangelio penetre en los pensamientos, traspase los hábitos, llegue a esas zonas íntimas donde guardamos nuestras defensas. 

Escuchar, reflexionar, asimilar: no son formas de posponer la vida, sino el trabajo paciente a través del cual una palabra recibida se convierte en conciencia. Las decisiones maduran también en el silencio, lejos de la urgencia de demostrar algo. 

Luego llega un momento diferente. La pregunta ya no se refiere solo a lo que hemos entendido, sino a lo que estamos dispuestos a hacer. No se puede seguir observándolo todo desde lo alto de un muro, al resguardo de las consecuencias. 

Ante una persona excluida, ante una pobreza que preferiríamos no ver, ante una dignidad dejada fuera de la puerta, incluso el aplazamiento se convierte en una elección. 

El Evangelio nos alcanza precisamente ahí, en el punto en el que nos gustaría conservar a la vez la convicción y la comodidad. Nos pide un paso concreto, sin prometernos que será indoloro. 

Es entonces, a menudo, cuando empiezan los problemas. 

Mientras la fe se queda en palabras, puede convivir sin fricciones con muchos hábitos. 

Cuando se convierte en una decisión, altera los equilibrios: cambia la forma de emplear el tiempo, de vivir las relaciones, de reconocer a quienes merecen atención. 

Es posible que las personas cercanas a nosotros no lo comprendan, se sientan cuestionadas o deseen que todo vuelva a ser como antes. 

Una elección hecha en nombre del Evangelio puede atravesar el hogar, la comunidad,…, como una luz que se enciende demasiado tarde: hace visible algo que alguien hubiera preferido dejar en la sombra. 

Pero esa luz no nos autoriza a forzar el camino de los demás. Los familiares, los amigos y los conocidos no están obligados a seguir nuestro mismo camino solo porque nosotros hayamos decidido recorrerlo. 

El Evangelio exige libertad, madurez y conciencia personal. No podemos pedir respeto por nuestra elección y negar a los demás el tiempo necesario para la suya. 

Dar testimonio no significa adueñarse de una conciencia: significa hacer legible, en la propia vida, lo que se ha reconocido como verdadero, dejando al otro el espacio para acogerlo, discutirlo o no compartirlo. 

Por eso pueden surgir tensiones, divisiones e incluso enemistades. A veces, las fracturas se hacen profundas y las relaciones se rompen. No hay que alegrarse de una ruptura, ni considerarla una prueba automática de la propia fidelidad. 

El dolor de los afectos no hace que una elección sea más auténtica solo porque la acompañe. Pero no todo lo que perturba una relación carece necesariamente de fecundidad. 

Una decisión radical puede romper un consenso aparente, sacar a la luz preguntas que permanecían enterradas, invitar a quienes nos rodean a reflexionar. La tensión no es el objetivo: puede ser una consecuencia que exige cuidado, paciencia y verdad. 

Se trata, pues, de discernir cada día. No de romper por el simple hecho de romper, ni de confundir la dureza con el valor, ni de utilizar el Evangelio para dar un aire solemne a nuestras propias obstinaciones.

Hay que preguntarse si lo que elegimos abre realmente un espacio a los pobres y a los excluidos, si protege la libertad de las personas, si nace del amor o de la necesidad de tener razón. 

Hay momentos en los que estas preguntas pesan más, porque desaparecen los aplausos y las justificaciones fáciles. Queda la responsabilidad de un gesto, de una palabra, de un silencio. 

Nadie debería llevar solo este peso. La comunidad de hermanos que comparten el Evangelio es el lugar donde las decisiones pueden madurar, ponerse a prueba, encontrar apoyo y, cuando sea necesario, corrección. 

No una habitación cerrada en la que repetirse a uno mismo que los demás se equivocan, sino un hogar donde aprender juntos la fidelidad. Aquí se puede hablar del cansancio sin avergonzarse, reconocer una incertidumbre, pedir ayuda. 

Cuando la presión externa se vuelve casi insoportable, la presencia de alguien que escucha y camina a tu lado impide que la resistencia se convierta en aislamiento. 

En este camino resuena la invitación del autor de la Carta a los Hebreos: atravesar la historia con la mirada fija en Jesús. No para apartar los ojos de lo que ocurre, sino para no perder, en medio de lo que ocurre, el rumbo del amor. 

El Crucificado se convierte en el signo de un amor inmenso, que no se detiene ante la dificultad y no responde al rechazo renunciando a amar. 

Mirarlo significa recordar que la fidelidad no coincide con la victoria sobre los demás y que permanecer del lado de los excluidos no exige cerrar el corazón a quienes no comprenden. 

La noche, tal vez, no termine de inmediato. Persisten algunos malentendidos, ciertas distancias no se reconstruyen cuando quisiéramos. Pero basta una pequeña luz para hacer visible el siguiente paso. 

El Evangelio no nos pide que recorramos todo el camino: nos pide que no eludamos el tramo que hoy podemos recorrer. 

Con la libertad de quien no obliga, con la firmeza de quien no se esconde, con el apoyo de una comunidad y con la mirada puesta en Jesús. 

Del lado de los pobres y los excluidos, allí donde el amor deja de ser solo una palabra y comienza a cobrar vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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