La llama de la razón o la filosofía como arte hoy necesario
La revolución no es un mero objeto de estudio para la filosofía, ni un acontecimiento histórico que deba evaluarse a posteriori. Por el contrario, constituye el espacio filosófico por excelencia, ya que produce cambios radicales en las perspectivas consolidadas que hacen necesarias nuevas lecturas de lo real.
Si existe esta profunda sintonía es porque la filosofía posee un alma intrínsecamente
revolucionaria.
De hecho, no se limita a registrar pasivamente lo
existente, sino que lo habita estructuralmente, convirtiéndose en promotora de
un pensamiento activo que intenta adentrarse en los propios fundamentos de la
realidad, del conocimiento y de la acción humana.
Cada gran giro histórico, ya sea cosmológico,
gnoseológico o tecnológico, actúa como un acelerador epistemológico, obligando
a la razón a reprogramarse a sí misma para adquirir nuevas estrategias de
orientación.
El ejemplo clásico de la revolución copernicana
ilustra bien esta dinámica. Con el De
revolutionibus orbium coelestium (1543), Nicolás Copérnico desmontó el
modelo geocéntrico aristotélico-tolemaico en favor del heliocéntrico,
invirtiendo así la relación entre la Tierra y el Sol. De este modo, también
llevó a cabo un gesto filosófico, pues no se limitó a redibujar los mapas del
cielo, sino que redefinió en lo más profundo el lugar del ser humano en el
universo, sacudiendo los cimientos del pensamiento occidental.
Siglos más tarde, en el Prólogo de 1787 a la Crítica
de la razón pura, la primera de las tres críticas, Immanuel Kant tomó a
Copérnico como modelo para concebir una auténtica «revolución copernicana»
filosófica, pues intuyó lo necesario que era invertir la lógica de las
relaciones entre el sujeto y el objeto para poder responder a la pregunta sobre
las posibilidades del conocimiento.
De hecho, afirma Kant, no es la mente la que debe
amoldarse pasivamente a la realidad externa, sino que son los objetos los que
deben ajustarse a las estructuras a priori de nuestra mente (espacio, tiempo y
categorías).
Volviendo a nuestros días, la revolución que estamos viviendo con la inteligencia artificial traspasa los límites de la técnica para convertirse en una revolución antropológica.
Esto se debe a que la IA no solo modifica las
herramientas de las que disponemos, sino que pone en tela de juicio la
especificidad de determinadas facultades humanas, como, por ejemplo, qué
significa comprender, crear, decidir o incluso «pensar».
Precisamente porque está afectando a nuestras vidas,
no puede eludir el análisis filosófico.
Y es precisamente en este escenario donde la filosofía
está reafirmando una vez más su poder, no solo hermenéutico, sino también
social, porque por un lado asume la
tarea de redefinir los conceptos a través de los cuales las innovaciones
adquieren significado; por otro, se convierte en un llamamiento comunitario y
en una conciencia crítica sobre cuestiones sociales importantes.
Si en momentos de estancamiento la filosofía suele
percibirse como algo superfluo, como una fuente de preguntas sin respuestas
prácticas, cuando nuevos acontecimientos pasan a formar parte de la realidad,
entonces se convierte en maestra de
orientación conceptual, ya que es capaz de reconducir el miedo y el
escepticismo dentro de los límites de la gobernabilidad racional y ética.
No es casualidad que muchas de las empresas dedicadas
al desarrollo de los principales sistemas de IA hayan involucrado a filósofos y
expertos en ética en el diseño de los modelos.
Ante cambios radicales, la tarea de la filosofía se
vuelve inmediata, pero ¿cuál es la
tarea de la filosofía?
Enseña
a no dejarse engañar. No pasa por alto ningún hecho ni ninguna posibilidad.
Enseña a mirar de frente la posible desgracia. Sacude al mundo de su letargo (Karl. Jaspers, Pequeña escuela del pensamiento
filosófico).
La filosofía lleva en sí misma la revolución porque es estructuralmente revolucionaria: nos despierta de esos letargos que ofrecen la ilusión del descanso, pero que en realidad nos acostumbran pasivamente a lógicas deshumanizadoras.
El filósofo analiza a fondo los fenómenos de su tiempo
planteando cuestiones esenciales: examina si los medios creados justifican los
fines propuestos y si esos fines son realmente los correctos.
Por eso, cuando se alteran los equilibrios y las
innovaciones aceleran el ritmo de la experiencia, la filosofía recupera su
utilidad pública.
Se convierte en fuente indispensable de un saber que
no engaña, en baluarte para la protección de nuestra libertad y en invitación a
transformarnos a nosotros mismos en un diálogo vivo con el mundo.
No se limita a describir la trayectoria del cambio,
sino que indaga para comprender si las metamorfosis en curso amplifican la
alienación o si, por el contrario, ofrecen una posibilidad inédita de ampliar
el horizonte del conocimiento.
Cuando el mundo parece dar un vuelco, la filosofía
renueva entonces su espíritu revolucionario manifestando su naturaleza más
auténtica, es decir, la de mantener encendida la llama de la razón.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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