lunes, 26 de octubre de 2026

Nuestros intercesores.

Nuestros intercesores

Tal vez hoy, o durante estos días, iremos al cementerio. Nos detendremos unos instantes en silencio ante una tumba. Y lo haremos para comprender que, para poder percibir la presencia de la persona difunta, hay que mirar en dirección opuesta a la de la tumba, dejándola a nuestras espaldas.

 

En el Evangelio de Juan se narra, tras la resurrección, el encuentro entre María y Jesús (20, 11-18). Él comienza a hablar con ella, pero ella solo lo ve, solo lo encuentra plenamente, cuando se da la vuelta, se gira, se vuelve, dejando la tumba vacía a sus espaldas. Mientras está de cara a la tumba, no puede ver a Jesús, pero cuando se gira, se reconocen mutuamente y se llaman por su nombre.

 

Cuanto más seamos capaces de avanzar en la dirección contraria respecto a la tumba, cuanto más sabremos construir nuestras vidas con nuevos impulsos, proyectos y caminos que trazar y realizar día a día, con un compromiso constante, tanto más podremos encontrarnos con todos nuestros seres queridos que han renacido.

 

Dejar atrás su pasado no significa olvidarlos o, incluso, traicionarlos, sino, por el contrario, encontrar una forma de percibir su nueva presencia, de sentirlos a nuestro lado y seguir utilizando su energía de amor para todos los horizontes que nos importan.

 

La muerte es la única certeza de la vida pero es la experiencia que trae consigo más preguntas, a las que no se pueden dar respuestas exhaustivas, sino que solo se puede balbucear algo.

 

Una de ellas es: «¿Dónde están ahora aquellas personas difuntas tras su muerte?», e intentamos balbucear una respuesta: «Siempre estoy con vosotros». Y también: «¿Cómo están ahora?» La respuesta es sencilla: «Estoy bien».


Nuestros seres difuntos están bien porque la muerte lo ha introducido en una vida nueva, infinita, como dice un antiguo adagio de los primeros siglos: No se muere, sino que se nace dos veces, y la segunda es para siempre.

 

Todo lo bello que vivieron en esta tierra, ahora lo reviven con la máxima intensidad, sin ninguna de esas inevitables resistencias al amor que caracterizan la vida de todo ser humano.

 

Ellos están bien y no desean otra cosa que cada uno de nosotros esté bien, que viva con el mayor bienestar posible.

 

Es natural recordarles con tristeza, con lágrimas, con el dolor que provoca una sensación de vacío. Pero se puede hacer más, se puede ir más allá y aprender a alegrarnos con ellos, porque ahora se encuentran en la alegría sin fin.

 

Hay otra pregunta fundamental que trae consigo la muerte es esta: «¿Pero ellos siguen queriéndonos? ¿O se ha acabado todo?». Sí, el flujo del bien continúa, y a partir de este momento será aún más fluido, aún más intenso. Ellos se han unido para siempre a la Fuente del Amor, y desde allí el amor fluye siempre en sobreabundancia.

 

Ellos nos ayudarán, con su oración, a ser cada vez más conscientes de esta energía que circula constantemente en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro centro, y que podemos utilizar como sinergia en todas nuestras decisiones, en los proyectos que nos importan y que nos impulsan a poner en práctica nuestros talentos.


Además, ellos se han convertido en la transparencia de un amor capaz de comprenderlo todo y perdonarlo todo. Nos aseguran que, en relación con su vida terrenal, no quedarán asuntos pendientes: si hubo malentendidos, se han resuelto; si hubo carencias, se han subsanado; si aún quedaban algunos pasos por dar juntos, ahora se ha alcanzado la meta común.

 

Si por alguna razón, respecto a nuestros seres queridos fallecidos, no nos hubiéramos perdonado algo, ahora es el momento de hacerlo: todo se ha sanado, porque ellos nos comprenden mucho más de lo que nos comprendemos a nosotros mismos.

 

Tal vez hoy, o estos días, sean un momento para repetirnos estas tres convicciones:

 

¡Estoy siempre con vosotros!

 

¡Estoy bien!

 

¡Os quiero!

 

Esto nos ayudará a entrenarnos para dejar atrás las tumbas, mirar con ímpetu y pasión hacia el mañana y, en este salto lleno de alegría, sentir que todos nuestros seres queridos están vivos, como guardianes de ese ímpetu, animándonos a ser artífices de nuestra propia vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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