Miserere - Gregorio Allegri -
Me gustaría proponer una lectura del Salmo 51 (50), uno de los salmos penitenciales, conocido también por la formidable composición de Gregorio Allegri alrededor de 1630 para la Capilla Sixtina bajo el pontificado de Urbano VIII. Sobre el Miserere, de Allegri, se pueden contar mil historias, pero no quiero divagar.
Bien, entremos primero en un clima de oración. Quizá el fondo musical del Miserere de Allegri mismo pueda ayudarte: https://www.youtube.com/watch?v=H3v9unphfi0
Antes de pasar a la lectio misma, puedes leer el pasaje de hoy: el Salmo 51 (50), que comienza con Ten piedad de mí, oh Dios.
Cuando el profeta Natán. El título y este versículo son añadidos: el salmo parece haber nacido en el contexto de la liturgia penitencial del Templo. Sin embargo, este cuadro «histórico» nos ofrece un comentario, una posible lectura narrativa, vinculándolo al adulterio de David con Betsabé, y al homicidio de Urías (2 Samuel 11), y la reprensión por parte del profeta Natán (2 Samuel 12).
Ten piedad de mí, oh Dios, en tu amor; en tu gran misericordia borra mi iniquidad. Cabe señalar que, en la forma habitual de la poesía hebrea, la segunda parte de un versículo retoma (por similitud o contraste) la primera parte. Podemos observar lo mismo en todo el salmo y en otros salmos.
En este versículo encontramos tres términos clave de la visión de Dios en el Antiguo Testamento. Son tres términos hablan de gracia/misericordia/amor:
el verbo honneni (= [tener] piedad de mí), de la raíz HNN, que significa mostrar gracia, favor;
rahamekha (= tu misericordia), de la raíz RHM, compasión que también es visceral — rehem es el vientre/útero materno (es interesante que el adjetivo rahum como compasivo se use solo para Dios en la Biblia hebrea—,
y hasdekha (tu bondad, amor), de la raíz HSD, es una bondad que beneficia a los demás, que muestra favor hacia el otro, a menudo los más débiles.
En la revelación de Dios a Moisés en el Oreb (Ex 34,6), encontramos las tres: el Señor habla de sí mismo como Dios misericordioso (rahum) y piadoso (hannun), lento para la ira y lleno de amor (hesed) y fidelidad.
Lávame todo... Rocíame con ramas de hisopo. El uso del agua en los rituales de purificación es antiguo y va más allá de la tradición judeocristiana. Es un lavado exterior que se convierte en símbolo de un lavado interior.
Contra ti, contra ti
solo he pecado. Aquí el salmo no quiere decir
que la culpa no se comete contra el prójimo, sino más bien subrayar cómo todo
mal cometido hacia el prójimo, en el fondo, es pecado contra Dios.
He aquí, en culpa
nací. Parece más correcto entender que
el salmo habla de la caducidad humana, no de una culpa particular de los
propios padres: todos nacemos en un contexto de pecado.
Hazme sentir alegría
y regocijo. Me parece una oración muy bella.
No solo pide perdón, sino también el don de la alegría.
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mí un espíritu firme. Hay que recordar que, para los antiguos, el corazón no solo es el asiento de las emociones, sino también de la razón y la voluntad. El espíritu, literalmente el «viento/aliento», es el aliento vital y, por tanto, la vitalidad de la persona. La oración invoca la fuerza creadora de Dios, pidiendo una novedad radical.
Líbrame de la sangre. Puede entenderse como una oración de liberación de la violencia, pero también de la culpa: sangre porque soy culpable de muerte.
Tú no quieres
sacrificio... Un espíritu contrito es sacrificio a Dios. El salmo no minimiza la antigua práctica de los
sacrificios sangrientos, sino que muestra una teología más refinada, donde el
verdadero sacrificio no es el sangriento, externo, sino el interno. El texto es
fuerte, habla de un espíritu quebrantado.
En tu bondad, ten
misericordia de Sión. Muchos comentaristas consideran estos versículos como una adición al
salmo: una oración por la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén y del
Templo, formulada en tiempos de exilio o de regreso inmediato.
Antes de pasar a un tiempo de reflexión, es bueno releer el pasaje, enriquecido con estos nuevos matices y, si te parece, volver a escuchar el Miserere de Allegri: https://www.youtube.com/watch?v=H3v9unphfi0
. Luego me detengo a meditar sobre estas preguntas, y otras que surgen de tu contemplación y meditación:
- El título del salmo recuerda el asunto de David con Betsabé. ¿Dónde está mi punto débil, que necesita la gracia abundante de Dios?
- ¿Cuál es mi imagen de Dios? ¿Es un Dios de piedad, misericordia, amor? ¿O un dios que me juzga, de manera opresiva?
- ¿Qué hay en mi vida que rompe mi corazón? ¿Dónde encuentro un arrepentimiento verdadero? ¿Dónde le pido a Dios un espíritu nuevo, una nueva vitalidad, una renovada esperanza?
- ¿Dónde vivo la experiencia del exilio/alejamiento de Dios? ¿Qué le pido a Dios que reconstruya en mí?
- ¿Pido a Dios el don de la alegría y la felicidad?
Deja que tu reflexión se convierta también en oración, en conversación con el Señor de la Gracia y del Perdón. Quizá la gracia de reconocer y llamar al pecado por su nombre, o la gracia de reconocer a Dios como un Dios de amor que quiere misericordia y no sacrificios, lento a la ira y rico en piedad, que solo quiere lo mejor para mí. La gracia de mirar, aunque sea por un instante, el mundo con los ojos misericordiosos de Dios. Sin duda, también hay motivos para dar gracias, para alabar a Dios. Convierte todo esto en una conversación, cara a cara, con Dios.
Recuerda que también hay una dimensión dichosa y feliz de la culpa: Felix Culpa que ha merecido este bálsamo de gracia que es el perdón que solamente Dios puede dar. Detente, pues, en la presencia del Señor, en esa presencia cargada de silencio.
Concluye, si te parece, volviendo a escuchar el Miserere de Allegri (https://www.youtube.com/watch?v=H3v9unphfi0) y rezando el Padre Nuestro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Posdata:
He dicho antes que es necesario nombrar lo innombrable. En mi experiencia, tanto como confesante como confesor, este es el quid de la cuestión. Por eso no soy reacio a hablar de confesión. El esfuerzo de nombrar nuestra culpa, nuestra fragilidad, es a menudo la señal más clara de que esa dinámica todavía nos controla. Y no es solo una cuestión de pecados…, sino también de aspectos de nuestra vida con los que aún no estamos reconciliados.
Nombrar nuestra fragilidad nos ayuda a llevar esa sombra a la luz de la misericordia entrañable y del perdón gratito. Este elemento de nombrar la propia culpa es también una sana dinámica humana: y como siempre, lo sobrenatural se basa en lo natural, lo perfecciona.
La sabiduría humana y
la fe saben que lo que nos perturba quiere permanecer oculto, en los rincones
oscuros de nuestra vida, y permanece allí como un gusano que poco a poco nos
carcome por dentro. Nombrar la culpa, entonces, nos ayuda a poner luz, y
nos hace ver cómo las sombras nos dan miedo, son menos aterradoras en realidad.
Nombrar el pecado no es sinónimo de hacer una lista larga, sino ir a lo esencial: nombrar exactamente lo que perturba. Esto permite llevar luz a los rincones oscuros de la vida. Recordamos que en la creación de los cielos y de la tierra el primer acto es precisamente éste: hacer aquella luz que disipe aquellas tinieblas.
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