viernes, 24 de julio de 2026

Otra manera de ser inteligentes y sabios.

Otra manera de ser inteligentes y sabios 

Ya se ha convertido casi en un lugar común afirmar que los jóvenes de hoy en día adolecen de cierta pobreza cultural. 

Si por cultura entendemos la acumulación de conocimientos, referencias y códigos simbólicos compartidos, sin duda existe una pobreza cultural juvenil. 

Pero esta constatación debe situarse en el contexto del cambio de época que estamos viviendo. 

No se trata simplemente de un menor conocimiento de los clásicos o de una menor familiaridad con la historia y la filosofía: aquí está en juego algo más profundo, a saber, el cambio en la relación entre cultura, identidad y vida. 

En la modernidad tardía, poseer una riqueza cultural se consideraba una condición casi necesaria para una «buena vida». Se pensaba que la vida debía ser primero pensada y luego vivida. 

El ideal formativo preveía un largo periodo de preparación: estudio, reflexión, interiorización de un patrimonio de sentido. La cultura era brújula y dique; ofrecía criterios de juicio, modelos existenciales, horizontes normativos. 

La biografía individual debía planificarse, y esa planificación requería instrumentos simbólicos sólidos. En este sentido, la cultura representaba una forma de capital, no solo social, sino también moral y existencial. 

Pero esta visión no está exenta de ambigüedades. 

Precisamente en la segunda mitad del siglo XX, algunos ya habían puesto en tela de juicio la idea de la cultura como espacio neutro de emancipación, mostrando cómo el saber y el poder están entrelazados, ya que toda construcción cultural se basa en exclusiones y jerarquías que estructuran el sentido: no existe un saber inocente. 

Si observamos el presente con estas herramientas críticas, la pobreza cultural de los jóvenes puede aparecer bajo una luz diferente. 

La posmodernidad ha invertido la secuencia de la modernidad: ya no se vive después de haber pensado, sino que se piensa después de haber vivido. 

La experiencia precede a la teoría. 

Las identidades no se diseñan de una vez por todas, sino que se renegocian continuamente. Los jóvenes construyen su propio sentido a través de prácticas, relaciones, redes digitales, movilidad e influencias cruzadas. 

La cultura ya no es un acervo que hay que interiorizar, sino un flujo que hay que atravesar. 

En este escenario, la menor adhesión a los cánones tradicionales no es solo una pérdida; es también un rechazo implícito de una cultura percibida como normativa y, en ocasiones, excluyente. 

La vida se convierte en un laboratorio, y la reflexión sigue a la experiencia en lugar de precederla. 

Porque la sabiduría auténtica no coincide con la erudición, sino con la vida evangélica vivida concretamente, que se erige en crítica del saber separado de la vida, porque se convierte en motivo de prestigio o dominio. 

La verdad no es posesión, sino camino. No es acumulación, sino transformación. 

Desde esta perspectiva, la menor importancia de la acumulación cultural podría incluso convertirse en un espacio de posibilidades. 

Si no se dispone de un gran capital cultural tradicional, quizá se sea más libre para buscar un sentido encarnado, relacional y solidario. 

La vulnerabilidad puede abrir el camino a la fraternidad; la falta de certezas puede hacer más auténtica la búsqueda. 

Las posibles consecuencias positivas son múltiples. 

En primer lugar, una mayor atención a la experiencia concreta frente al prestigio simbólico. 

En segundo lugar, una cultura menos jerárquica y más dialógica, basada en la escucha y el intercambio más que en la exhibición del saber. 

Por último, una renovada centralidad de la ética de la proximidad: cuidado, servicio, responsabilidad recíproca. 

Esto no significa celebrar acríticamente la pobreza cultural. 

El riesgo de que estos jóvenes se dejen llevar por la inmediatez sin profundidad es real, al igual que el de ser manipulables, dentro de un ecosistema informativo caótico y virtual. 

Solo significa destacar que, ya hoy en día, existen ejemplos concretos que muestran sus frutos. Pensemos en los muchos jóvenes que, aunque sin un amplio bagaje de referencias teóricas o literarias, eligen experiencias de voluntariado estable. 

O a aquellos que dan prioridad a trabajos socialmente útiles o ambientalmente sostenibles, incluso a costa de renunciar a trayectorias más prestigiosas. 

También cabe mencionar las redes informales de intercambio: grupos de compra solidaria, viviendas colaborativas para jóvenes, comunidades digitales creadas para apoyarse mutuamente. 

Incluso en el uso de las redes sociales surgen señales interesantes: jóvenes que hablan de fragilidades personales, procesos de sanación, caminos espirituales no codificados. 

En todos estos casos, la «pobreza» no es miseria intelectual, sino libertad frente a un saber vivido como poder. Es un espacio para una cultura que nace de la experiencia compartida, de la cercanía, de lo concreto. 

Si va acompañada de un mínimo de discernimiento crítico, esta postura puede hacer que los jóvenes estén menos obsesionados con el prestigio y más atentos a la calidad de las relaciones y a la coherencia entre la vida y los valores. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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