¿Un corazón unificado? - San Mateo 21, 28-32 -
Todavía tenemos una viña y ya no hay un dueño que busque trabajadores para su viña, sino dos hijos a los que el padre pregunta quién está dispuesto a ir a trabajar a esa viña.
Sabemos bien que estas parábolas, en las que la viña
es la protagonista, hablan de la viña elegida por el Señor; son una respuesta
parabólica de Jesús a los fariseos que viven una religión basada en el deber,
el mérito y el legalismo, que en este caso también tiene en cuenta las
apariencias, pero que no se traduce en acción, salvo en el momento en que el
segundo hijo dice que no y luego se arrepiente y va a trabajar a la viña de su
padre.
Veamos a estos dos hijos: el primero dice que sí y
luego no va; el segundo dice que no y luego sí va.
El padre comprende bien que no existe el hijo ideal,
aquel que sea plenamente coherente, aquel cuyo corazón esté en armonía entre lo
que dice y lo que hace.
Pero ¿acaso no somos todos como esos dos hijos?
¿Quién de nosotros tiene un corazón tan unificado como para saber vivir de
manera coherente el paso de la palabra a la acción, de la verdad aprendida a la
verdad puesta en práctica?
Uno que se marcha de casa y luego, arrepentido,
regresa; el otro, siempre dispuesto al deber, pero que no quiere reconocer al
hermano que vuelve.
Esta es la primera reflexión que quiero hacer: para un
padre, ni siquiera para ese padre rico en misericordia, existe el hijo ideal;
todos tenemos el corazón un poco dividido.
Por eso, el gran arte de la vida espiritual consiste en alcanzar la unificación del corazón.
Quizá la palabra que ayuda a comprender el camino para
llegar a la unificación del corazón sea «arrepentimiento».
No me refiero a esta palabra en el sentido de culpa,
como una penitencia que hay que cumplir para alcanzar la unificación del
corazón, como una vida de sacrificio, sino simplemente como la conciencia de
que la vida de cada uno tiene una gran necesidad de cambiar la forma de pensar
sobre el padre, que no es un amo que obliga a trabajar, sino un padre que ama a
sus hijos y que pide a nuestro corazón que emprenda un camino continuo de
retorno a Él y de purificación de todo aquello que no ayuda a armonizar nuestro
corazón entre la palabra y la acción.
Unos días antes de morir, los discípulos del gran
monje del desierto, Antonio, se reúnen a su alrededor para pedirle unas últimas
palabras que les deje a todos como testamento. Esperan grandes palabras, pero
Antonio dice simplemente esto: «Me gustaría tener un día más de vida para
convertirme de nuevo».
He aquí en qué consiste el camino de la unificación
del corazón. Un día más de vida para unificar el corazón entre palabra y
acción.
Una segunda cuestión que surge al leer esta parábola
radica en la pregunta de Jesús: «¿Quién ha hecho la voluntad del Padre?»,
y en la consecuente y exigente respuesta de Jesús: «En verdad os digo: los publicanos
y las prostitutas os preceden en el Reino de Dios».
Quizá la voluntad de Dios no sea la obediencia a un
Dios que nos invita a trabajar en la viña como un sacrificio que hay que
cumplir.
Quizá la voluntad de Dios sea reconocer que, aunque
sea pecador, publicano, prostituta u obrero de la última hora, puedo aportar mi
granito de arena para que esa viña llegue a dar fruto.
Entonces, ¿quién hace la voluntad de Dios?
Quien no se queda en las apariencias, quien no se limita al cumplimiento de la
ley, sino quien se entrega por completo con su corazón unificado, para
proclamar y vivir un Reino de Dios que es paz, justicia, misericordia, perdón…
La palabra pronunciada por Jesús, según la cual los
publicanos y las prostitutas nos adelantan, no es una palabra de condena para
quien ha dicho «sí» y luego no ha actuado, sino una palabra de misericordia que
dice que incluso el hijo del «no» puede emprender un camino de
crecimiento, de unificación del corazón; puede emprender un camino de palabras
y acciones que hagan realidad el Reino de los Cielos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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