¿Inútil?
Hay palabras que pueden parecer inofensivas hasta que empiezan a tomarse en serio. Entre ellas se encuentra «inútil» y, por consiguiente, su antónimo lingüísticamente más contundente: «útil».
Las usamos constantemente.
Un objeto puede ser útil o inútil, una actividad puede
ser útil o inútil, una hora de nuestro día puede ser útil o inútil. Sin apenas
darnos cuenta, hemos acabado aplicando el mismo criterio también a la vida.
El tema de lo inútil, por ejemplo, se coloca en el
debate sobre el final de la vida.
Hay quienes dicen que nuestra sociedad fomenta una «cultura de la inutilidad»
de la vida de las personas que sufren y que padecen una discapacidad grave.
Tengo la impresión de que se elige una palabra
equivocada, porque me parece que una cultura
de la inutilidad es, por el contrario, profunda y radicalmente cristiana.
Si detrás de la idea de lo útil se esconde una imagen
concreta del hombre que obtiene su valor de lo que produce, de lo que realiza,
de lo que aporta, de lo que es capaz de hacer, detrás de la idea de lo inútil
se esconde, en cambio, algo que trasciende el eficientismo y el productivismo y
llega a la raíz del ser humano.
Para mí, y por poner un ejemplo, escuchar música
clásica tiene el valor añadido de no servir para nada. En el gran taller
cotidiano de los esfuerzos dedicados a obtener una ventaja, un beneficio, escuchar
música clásica queda finalmente liberado de la obligación de ser útil.
Y me parece precisamente que la vida cristiana tiene
en su naturaleza la necesidad de liberarse de la obligación de ser útil.
Por eso creo que esta constatación está presente desde el principio y que proviene del Evangelio, en Lucas 17,10: «Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que debíamos hacer».
¿Qué se entiende por el concepto de inutilidad?
Miro en el diccionario para encontrar que el griego achreioi
no significa simplemente «inútiles» en el sentido de «sin
valor», sino que puede indicar a aquel que no reclama ningún mérito.
De hecho, la inutilidad que me gustaría indagar abarca
todo el campo semántico del valor material producido e intercambiado.
Precisamente este Evangelio es el punto de partida para comprender cómo se
puede separar positivamente el tema de la fe del de la producción de valor.
En el Evangelio, la utilidad da paso a la gratuidad. En San Mateo, esta es un
imperativo dado a los doce recién llamados y se propone como un adverbio, «gratuitamente»:
no habla de un cumplimiento, sino de cómo deben vivirse todas las acciones.
No significa que el trabajo no deba ser remunerado, no
significa que el trabajador no tenga derecho a su salario, sino que el salario,
la paga, no es el fin de lo que se hace; el beneficio no es lo absoluto de la
vida.
San Pablo ofrece una verdadera teología de la paradoja de lo inútil. «Lo que es necio para el mundo,
Dios lo ha elegido para confundir a los sabios; […] lo que es nada, Dios lo ha
elegido para reducir a la nada las cosas que son» (1 Cor 1,27-29).
Dios elige lo que es nada, lo que es inútil ante los
ojos del mundo. La lógica de Dios parece, por tanto, atravesada por una
singular predilección por lo que es pequeño, débil, improductivo, marginal.
Podríamos atrevernos a afirmar que precisamente todo
lo que es inútil es la primera elección de Dios.
El tema de la inutilidad recorre toda la reflexión
teológica de dos milenios.
San Agustín distingue lo que utilizamos (res quibus utendum est) de
aquello de lo que disfrutamos (res
quibus fruendum est), situando, obviamente, a Dios entre las cosas que no son útiles, sino de las que hay que
disfrutar.
Santo Tomás de Aquino reconoce en la contemplación
algo que no está subordinado a la producción.
Meister Eckhart habla del desapego necesario para la
oración, que solo es verdadera si no está orientada a lo útil.
La vida monástica resta tiempo a la producción y lo
dedica a la oración; el monje
debe ser inútil (useless),
según Thomas Merton.
Romano Guardini ve en la liturgia una dimensión lúdica
que, por su propia naturaleza, se sustrae a la lógica de la productividad.
Von Balthasar encuentra en la belleza algo que se
ofrece gratuitamente y, en el judaísmo, y Abraham Joshua Heschel contrapone el
sábado a la lógica del trabajo, del comercio y de la adquisición.
Un repaso rápido y, evidentemente, no exhaustivo de
cómo lo inútil es un concepto virtuoso
en la historia del cristianismo.
Y si existe una oración inútil, una contemplación inútil, una fiesta inútil, una belleza inútil, entonces también puede existir una vida inútil que no pierda su belleza ni su valor.
Una persona mayor o un enfermo pueden llegar a un
momento en el que ya no producen nada, no trabajan, no ganan dinero, no
construyen, y pueden acabar dependiendo por completo de otra persona.
Según la lógica de la eficiencia, estas existencias
improductivas parecen carecer de valor.
Para la fe cristiana, para el propio Jesús, en cambio,
tienen un valor enorme, no a pesar de su inutilidad, sino precisamente en
virtud de ella.
El valor de una persona puede muy bien coincidir con
su utilidad o inutilidad, pero para los cristianos se manifiesta de una manera
exactamente contraria a la lógica del mundo.
Tantas veces recuerdo a San Pablo también a este
respecto: «Lo que es necio para el
mundo, Dios lo ha elegido para confundir a los sabios; lo que es débil para el
mundo, Dios lo ha elegido para confundir a los fuertes; lo que es vil y
despreciado para el mundo, lo que no es nada, Dios lo ha elegido para reducir a
la nada las cosas que son» (1 Cor 1,27-28).
A los ojos de Dios no nos volvemos valiosos cuando
somos útiles ni dejamos de serlo cuando nos volvemos inútiles; es más, podemos
atrevernos a decir exactamente lo contrario.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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