“Mis caminos no son vuestros caminos” - San Mateo 20,1-16 -
«El reino de los cielos se parece a un dueño de casa que salió al amanecer para contratar jornaleros para su viña»: así comienza la parábola de Jesús. Es una parábola que, al tiempo que revela la distancia entre el pensamiento de Dios y el de nosotros, los hombres (cf. Is 55,8-9), nos invita a salvarla asumiendo los sentimientos de Dios narrados por Jesús.
El dueño de la viña acuerda con los jornaleros, a
quienes llama al amanecer, un salario de un denario al día; luego sale de nuevo
varias veces a la plaza del pueblo y contrata a otras personas que ve sin
trabajo, respectivamente a las nueve, al mediodía, a las tres y a las cinco de
la tarde.
Con todos los que contrata más tarde no acuerda un
salario concreto, sino que se limita a decirles: «Id también vosotros a mi viña; lo
que sea justo, os lo daré». Palabras extrañas en boca de un patrón,
palabras que contrastan con la lógica del mercado y llaman nuestra atención:
¿cuál será ese salario justo?
Al caer la tarde, el dueño de la viña encarga a su
mayordomo que pague a los jornaleros «empezando por los últimos hasta los primeros».
Los de las cinco de la tarde reciben un denario cada
uno, mientras que sobre los demás trabajadores contratados a partir de las
nueve no se especifica nada. «Cuando llegaron los primeros, pensaban que
recibirían más»: es un razonamiento muy humano, que probablemente
muchos de nosotros compartiríamos, pero es un acto de presunción que olvida lo
que el dueño había acordado con ellos. La realidad, en cambio, es otra: «También
ellos recibieron un denario cada uno», tal y como estaba acordado…
Pero al cobrar su salario, los jornaleros de la
primera hora no logran ocultar su decepción. Pero no tienen el valor de
expresar su desacuerdo con una palabra franca y leal, sino que murmuran contra
el patrón. Ya esta forma de «comunicación» es síntoma de una
hipocresía interior, de un corazón dividido que lleva a tener labios hipócritas
(cf. Sal 12,3; 119,10.13), porque —como reveló Jesús— «la boca habla de la plenitud del
corazón» (Mt 12,34).
En cuanto al contenido de su queja, se inspira en la
lógica perversa de la comparación, del contraste con los demás: «Estos
últimos solo han trabajado una hora y los has tratado como a nosotros, que
hemos soportado el peso de la jornada y el calor».
Lo que no logran soportar no es tanto la falta de
correspondencia entre el trabajo realizado y la recompensa, como la igualdad en
el trato recibido, la idea de que otros que llegaron después hayan sido objeto
de la benevolencia del amo: «los has puesto a la misma altura que
nosotros», dicen literalmente…
Le corresponde entonces al señor de la viña, figura de
Dios, devolver a estos que protestan a la realidad. Dirigiéndose a uno de
ellos, primero lo llama «amigo» y luego le explica: «No te
hago ninguna injusticia. ¿Acaso no acordaste conmigo por un denario? Toma lo
tuyo y vete». Él, por tanto, simplemente se ha comportado de manera
justa. Pero no basta con eso, el dueño también se reserva la libertad de hacer
lo que quiera con sus riquezas:
«Quiero dar también a este último lo mismo
que a ti… ¿O acaso tu ojo es malo porque yo soy bueno?».
En esta pregunta se encierra la raíz profunda de la
envidia, un sentimiento que amarga nuestras relaciones cotidianas: la envidia
consiste en tener un ojo malo hacia el otro hasta el punto de no querer verlo
más y desear su desaparición. Una vez más, tiene sus raíces en el corazón,
porque «del corazón del hombre nace el mal ojo» (Mc 7,22).
Pero, ¿por qué nos entristece la felicidad ajena, como
si fuera un atentado contra la nuestra?
Jesús nos enseña que existe una correspondencia entre
concebir la propia relación con Dios en términos de cumplimiento legalista,
midiendo los propios supuestos méritos, y entristecerse por la alegría ajena;
por el contrario, quien sirve a Dios en libertad y por amor a Él se alegra de
la misericordia que Él derrama sobre todos los hombres y sabe vivir el gran
bien de la alegría compartida.
Sí, el Señor Dios, en la insondable profundidad de su
sabiduría (cf. Rom 11,33), se revela justo al otorgar su misericordia a todos,
hayan respondido a su llamada en la primera o en la última hora.
Su único designio es la libertad de amar sin límites:
¿y quiénes somos nosotros para obstaculizarlo?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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