miércoles, 26 de agosto de 2026

Una envidia que nos ciega - San Mateo 20,1-16 .

Una envidia que nos ciega - San Mateo 20,1-16 -

Este texto evangélico consiste en una parábola que solo aparece en el primer Evangelio y que choca con nuestra sensibilidad y, en ciertos aspectos, nos parece inaceptable.

 

La reacción que cualquiera siente surgir espontáneamente al leer esta parábola es: «No, eso no es justo».

 

No es justo que los trabajadores que han sudado toda una jornada bajo el calor reciban el mismo salario que quienes solo han trabajado una hora, y además durante las horas más frescas. No es justo que los obreros que han trabajado durante distintos periodos de tiempo, realizando el mismo trabajo, reciban la misma remuneración. Intentemos, pues, profundizar en la comprensión del texto.

 

La exégesis moderna suele ver en ella una parábola que, en boca de Jesús, pretendía justificar su comportamiento frente a sus detractores, quienes le reprochaban que favoreciera a los pecadores y publicanos, y que se dirigiera preferentemente a ellos, los últimos destinados a convertirse en los primeros en la lógica paradójica del Reino.

 

Pero también se puede ver en esta parábola otro aspecto propio de la comunidad de los Doce y, por tanto, situarla en el contexto de los acontecimientos de la vida comunitaria que Jesús está viviendo con sus discípulos.

 

En este caso no olvidemos una pregunta de Pedro cuando le pregunta a Jesús qué ganarán los discípulos por haberlo dejado todo y haber seguido a Jesús: (Mt 19,27). Hay una petición de recompensa. Este es el texto que precede a esta parábola.

 

Después, tras el tercer anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, se produce la petición de dos discípulos, a través de su madre, de ocupar los puestos de honor en el reino del propio Jesús (Mt 20,20-23). Hay una reivindicación de mérito, o mejor dicho, una pretensión de ocupar el primer lugar.


 

Esta pretensión de los dos hermanos, los hijos de Zebedeo, que junto con Pedro y Andrés son los primeros llamados en el Evangelio según San Mateo (Mt 4,18-22), suscita el descontento y la protesta de los demás miembros de la comunidad, que se indignan con ellos y discuten (Mt 20,24-28).

 

Esta parábola queda así enmarcada entre las dos frases que hablan de los últimos que se convierten en primeros y de los primeros que se convierten en últimos (19,30 y 20,16): esta dinámica también se aplica dentro de la comunidad cristiana.

 

Hay quienes creen tener derechos de preferencia y poder disfrutar de una mayor cercanía con Jesús y de un mayor honor que los demás; hay quienes pretenden tener un lugar privilegiado; y surge una pregunta sobre el sentido del gesto de radicalidad cristiana que supone dejarlo todo y ponerse a seguir a Jesús. ¿Hay alguna ganancia en todo esto?

 

En definitiva, una interpretación legítima es la de ver en la parábola un llamamiento que Jesús dirige a su comunidad y a los principios que deben animarla, advirtiendo contra las dinámicas que resultan destructivas.

 

La parábola se divide en dos partes: una que comienza al amanecer, a primera hora de la mañana, y la segunda que comienza al caer la tarde.

 

En la primera parte, a diferentes horas del día, desde las seis de la mañana hasta las 17 (la undécima hora), el dueño sale a contratar jornaleros para su viña, probablemente para la vendimia. Con los primeros acuerda un denario al día. A otros a los que llama más tarde les dice que les dará lo que sea justo. Y el lector empieza a pensar en qué podrá ser ese «justo». Sin duda, piensa, será un salario que tenga en cuenta el hecho de que estos han trabajado menos que los primeros.

 

En la parábola llama la atención el comportamiento del dueño de la viña, que sigue buscando jornaleros incluso cuando el trabajo del día ya está terminando. Incluso al final de la tarde, cuando no tiene sentido contratar más jornaleros (¿qué sentido tiene contratar a alguien que apenas trabajará una hora?), da trabajo a quienes no lo tienen: «¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada?».



Este dueño en busca de jornaleros es imagen de un Dios que desea el encuentro con los hombres, que va en busca de los hombres y se involucra con ellos. La motivación de esta búsqueda no radica en urgencias laborales —de las que el texto no habla—, sino única y exclusivamente en la voluntad del dueño.

 

Así pues, si la primera parte de la parábola se centra en la contratación de quienes deberán ir a trabajar, la segunda parte se refiere al momento del pago. Dice el Deuteronomio: «Darás al jornalero su salario el mismo día, antes de que se ponga el sol» (Dt 24,15).

 

El pago comienza por los últimos, y es esto lo que permite que los primeros den rienda suelta a su protesta. ¿Que el pago comience por los últimos —hecho que no se explica en el texto— es tal vez una alusión a la opción preferencial por los últimos que caracteriza al Dios bíblico? No lo sabemos.

 

Sabemos, sin embargo, que así los primeros ven el pago concedido a los últimos. Ven y se enteran. Ver que a los últimos se les da el salario que se les había prometido suscita una expectativa en el corazón de los primeros: nosotros tendremos un salario mayor. A lo que sigue la decepción, porque se les da el mismo salario que a los últimos. Han cambiado la expectativa de su corazón: ya no esperan recibir lo que habían acordado, sino que esperan recibir más que los demás, que han trabajado menos. Y murmuran.

 

El amo muestra entonces su justicia: es irreprochable desde el punto de vista del derecho, porque ha respetado el contrato de pago con los primeros, y porque es un derecho inalienable del amo dar a los últimos una medida análoga a la de los primeros. No se ha vulnerado el derecho. «Amigo, no te hago ninguna injusticia».

 

Pero quizá el problema sea otro: «¿Eres envidioso porque yo soy bueno?». Lo que resulta insoportable para los primeros es la igualdad de los salarios; más aún, en el fondo, la igualdad de las personas: ellos tenían todo el derecho, según su lógica, a esperar más. Pero tú —le reprochan al amo—, «los has hecho iguales a nosotros», es decir, los has tratado como a nosotros.

 

Lo que la parábola pone en el punto de mira es la degeneración del derecho en privilegio, en pretensión. El gesto del amo se percibe como escandaloso, anómalo, injusto, contrario a las costumbres, inadmisible, inaceptable.


 

Y aquí surge lo propio de esta parábola, que vislumbra la salida de las lógicas férreas de correspondencia entre trabajo y paga, prestación y retribución, y deja entrever un mundo marcado por la gratuidad, la liberalidad, la generosidad, por relaciones marcadas no solo por el derecho, sino también por la gracia, por la gratuidad; no solo por el rigor de lo debido, sino también por lo inesperado de lo gratuito.

 

Un mundo, en una palabra, en el que no es el mérito el elemento que debe decidir la jerarquía de las personas, sino la bondad de Dios. El punto culminante de la parábola está, evidentemente, en esa revelación: «Yo soy bueno». Y dado que en Mt 19,17, unos versículos antes, se decía que «uno solo es bueno», en referencia a Dios, resulta evidente la alusión teológica de nuestra parábola.

 

El texto nos interroga sobre lo que constituye el núcleo de nuestra vida con Dios: ¿la relación o el rendimiento? Concebir el propio servicio a Dios como un rendimiento lleva a medirlo y a compararlo con el servicio de los demás, entrando así en una relación de competencia.

 

Si, en cambio, existe la relación con el Señor, entonces incluso el peso de la jornada de trabajo es un «yugo suave y ligero» (cf. Mt 11,30) y la bondad del Señor hacia todos es motivo de agradecimiento, no de protesta. Ni tampoco de envidia.

 

Los trabajadores de la primera hora quedan desenmascarados como envidiosos. Y la envidia se define como tener «la mirada maliciosa» (Mt 20,15). La etimología es esclarecedora: in-videre significa «ver en contra», y expresa la mirada hosca de quien se pregunta: «¿por qué él sí y yo no?», «¿por qué a él, si yo merecía más?».

 

La envidia nos ciega. Si es la intolerancia hacia nuestras propias limitaciones que nos impiden alcanzar ese estatus que vemos realizado en otros, debe corregirse aprendiendo a desear lo posible.

 

En la envidia no solo ya no se ve al Dios misericordioso, sino que tampoco se ven ya los hermanos y se abandona la solidaridad con los demás, iguales a nosotros.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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