Una envidia que nos ciega - San Mateo 20,1-16 -
Este texto evangélico consiste en una parábola que solo aparece en el primer Evangelio y que choca con nuestra sensibilidad y, en ciertos aspectos, nos parece inaceptable.
La reacción que cualquiera siente surgir
espontáneamente al leer esta parábola es: «No, eso no es justo».
No es justo que los trabajadores que han sudado toda
una jornada bajo el calor reciban el mismo salario que quienes solo han
trabajado una hora, y además durante las horas más frescas. No es justo que los
obreros que han trabajado durante distintos periodos de tiempo, realizando el
mismo trabajo, reciban la misma remuneración. Intentemos, pues, profundizar en
la comprensión del texto.
La exégesis moderna suele ver en ella una parábola que,
en boca de Jesús, pretendía justificar su comportamiento frente a sus
detractores, quienes le reprochaban que favoreciera a los pecadores y
publicanos, y que se dirigiera preferentemente a ellos, los últimos destinados
a convertirse en los primeros en la lógica paradójica del Reino.
Pero también se puede ver en esta parábola otro
aspecto propio de la comunidad de los Doce y, por tanto, situarla en el
contexto de los acontecimientos de la vida comunitaria que Jesús está viviendo
con sus discípulos.
En este caso no olvidemos una pregunta de Pedro cuando
le pregunta a Jesús qué ganarán los discípulos por haberlo dejado todo y haber
seguido a Jesús: (Mt 19,27). Hay una petición
de recompensa. Este es el texto que precede a esta parábola.
Después, tras el tercer anuncio de la pasión, muerte y
resurrección de Jesús, se produce la petición de dos discípulos, a través de su
madre, de ocupar los puestos de honor en el reino del propio Jesús (Mt
20,20-23). Hay una reivindicación de
mérito, o mejor dicho, una pretensión
de ocupar el primer lugar.
Esta pretensión de los dos hermanos, los hijos de
Zebedeo, que junto con Pedro y Andrés son los primeros llamados en el Evangelio
según San Mateo (Mt 4,18-22), suscita el descontento y la protesta de los demás
miembros de la comunidad, que se indignan con ellos y discuten (Mt 20,24-28).
Esta parábola queda así enmarcada entre las dos frases
que hablan de los últimos que se convierten en primeros y de los primeros que
se convierten en últimos (19,30 y 20,16): esta dinámica también se aplica
dentro de la comunidad cristiana.
Hay quienes creen tener derechos de preferencia y
poder disfrutar de una mayor cercanía con Jesús y de un mayor honor que los
demás; hay quienes pretenden tener un lugar privilegiado; y surge una pregunta
sobre el sentido del gesto de radicalidad cristiana que supone dejarlo todo y
ponerse a seguir a Jesús. ¿Hay alguna ganancia en todo esto?
En definitiva, una interpretación legítima es la de
ver en la parábola un llamamiento que Jesús dirige a su comunidad y a los
principios que deben animarla, advirtiendo contra las dinámicas que resultan
destructivas.
La parábola se divide en dos partes: una que comienza
al amanecer, a primera hora de la mañana, y la segunda que comienza al caer la
tarde.
En la primera parte, a diferentes horas del día, desde
las seis de la mañana hasta las 17 (la undécima hora), el dueño sale a
contratar jornaleros para su viña, probablemente para la vendimia. Con los
primeros acuerda un denario al día. A otros a los que llama más tarde les dice
que les dará lo que sea justo. Y el lector empieza a pensar en qué podrá ser
ese «justo».
Sin duda, piensa, será un salario que tenga en cuenta el hecho de que estos han
trabajado menos que los primeros.
En la parábola llama la atención el comportamiento del
dueño de la viña, que sigue buscando jornaleros incluso cuando el trabajo del
día ya está terminando. Incluso al final de la tarde, cuando no tiene sentido
contratar más jornaleros (¿qué sentido tiene contratar a alguien que apenas
trabajará una hora?), da trabajo a quienes no lo tienen: «¿Por qué estáis aquí todo el día
sin hacer nada?».
Este dueño en
busca de jornaleros es imagen de un Dios que desea el encuentro con los
hombres, que va en busca de los hombres y se involucra con ellos. La motivación
de esta búsqueda no radica en urgencias laborales —de las que el texto no
habla—, sino única y exclusivamente en la voluntad del dueño.
Así pues, si la primera parte de la parábola se centra
en la contratación de quienes deberán ir a trabajar, la segunda parte se
refiere al momento del pago. Dice el Deuteronomio: «Darás al jornalero su salario el
mismo día, antes de que se ponga el sol» (Dt 24,15).
El pago comienza por los últimos, y es esto lo que
permite que los primeros den rienda suelta a su protesta. ¿Que el pago comience
por los últimos —hecho que no se explica en el texto— es tal vez una alusión a
la opción preferencial por los últimos que caracteriza al Dios bíblico? No lo
sabemos.
Sabemos, sin embargo, que así los primeros ven el pago
concedido a los últimos. Ven y se enteran. Ver que a los últimos se les da el
salario que se les había prometido suscita una expectativa en el corazón de los
primeros: nosotros tendremos un salario mayor. A lo que sigue la decepción,
porque se les da el mismo salario que a los últimos. Han cambiado la expectativa
de su corazón: ya no esperan recibir lo que habían acordado, sino que esperan
recibir más que los demás, que han trabajado menos. Y murmuran.
El amo muestra entonces su justicia: es irreprochable
desde el punto de vista del derecho, porque ha respetado el contrato de pago
con los primeros, y porque es un derecho inalienable del amo dar a los últimos
una medida análoga a la de los primeros. No se ha vulnerado el derecho. «Amigo,
no te hago ninguna injusticia».
Pero quizá el problema sea otro: «¿Eres envidioso
porque yo soy bueno?». Lo que resulta insoportable para los primeros es
la igualdad de los salarios; más aún, en el fondo, la igualdad de las personas:
ellos tenían todo el derecho, según su lógica, a esperar más. Pero tú —le
reprochan al amo—, «los has hecho iguales a nosotros», es decir, los has tratado
como a nosotros.
Lo que la parábola pone en el punto de mira es la
degeneración del derecho en privilegio, en pretensión. El gesto del amo se
percibe como escandaloso, anómalo, injusto, contrario a las costumbres,
inadmisible, inaceptable.
Y aquí surge lo propio de esta parábola, que vislumbra
la salida de las lógicas férreas de correspondencia entre trabajo y paga,
prestación y retribución, y deja entrever un mundo marcado por la gratuidad, la
liberalidad, la generosidad, por relaciones marcadas no solo por el derecho,
sino también por la gracia, por la gratuidad; no solo por el rigor de lo
debido, sino también por lo inesperado de lo gratuito.
Un mundo, en una palabra, en el que no es el mérito el
elemento que debe decidir la jerarquía de las personas, sino la bondad de Dios.
El punto culminante de la parábola está, evidentemente, en esa revelación: «Yo
soy bueno». Y dado que en Mt 19,17, unos versículos antes, se decía que
«uno
solo es bueno», en referencia a Dios, resulta evidente la alusión
teológica de nuestra parábola.
El texto nos interroga sobre lo que constituye el
núcleo de nuestra vida con Dios: ¿la relación o el rendimiento? Concebir el
propio servicio a Dios como un rendimiento lleva a medirlo y a compararlo con
el servicio de los demás, entrando así en una relación de competencia.
Si, en cambio, existe la relación con el Señor,
entonces incluso el peso de la jornada de trabajo es un «yugo suave y ligero» (cf.
Mt 11,30) y la bondad del Señor hacia todos es motivo de agradecimiento, no de
protesta. Ni tampoco de envidia.
Los trabajadores de la primera hora quedan
desenmascarados como envidiosos. Y la envidia se define como tener «la
mirada maliciosa» (Mt 20,15). La etimología es esclarecedora: in-videre
significa «ver en contra», y expresa la mirada hosca de quien se pregunta:
«¿por
qué él sí y yo no?», «¿por qué a él, si yo merecía más?».
La envidia nos ciega. Si es la intolerancia hacia
nuestras propias limitaciones que nos impiden alcanzar ese estatus que vemos
realizado en otros, debe corregirse aprendiendo a desear lo posible.
En la envidia no solo ya no se ve al Dios
misericordioso, sino que tampoco se ven ya los hermanos y se abandona la solidaridad
con los demás, iguales a nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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