¡Qué gracia! - San Mateo 20,1-16 -
Tras la parábola del siervo malvado que no sabe devolver la misericordia y el perdón que ha recibido (cf. Mt 18,21-35), he aquí otra sobre la escandalosa misericordia de Dios. Escandalosa porque no es meritocrática, es decir, no es un sentimiento ni una acción de Dios que llegue a los seres humanos en función de sus méritos; no se puede conquistar y mucho menos comprar, sino que solo puede acogerse como un don: es gratuita, por eso también se la llama «gracia».
Dios concede la gracia en su infinita libertad y en su
infinito amor, y nadie puede pretender recompensas, ni mucho menos privilegios,
por elección o vocación.
Jesús anuncia esta buena nueva en una parábola narrada
en tres escenas y completada con un comentario final:
1.- a diferentes
horas, desde el amanecer hasta bien entrada la tarde, el dueño de la viña sale
a contratar trabajadores;
2.- al atardecer
paga a los trabajadores;
3.- por último, el
dueño justifica su comportamiento.
El protagonista de la primera escena es «un
hombre, un dueño de casa», al que más adelante también se denomina «dueño
de la viña», que actúa desde la mañana hasta la noche, saliendo de casa
para ir a la plaza a buscar trabajadores para su viña, como era costumbre en
aquellos tiempos.
Desde el amanecer, es decir, desde las seis, se dirige
a la plaza y llama a los jornaleros, firmando un contrato con ellos: les
pagará, por toda la jornada, un denario, según las tarifas del mercado de
aquella época. Luego vuelve a salir hacia las nueve y contrata a otros
jornaleros, prometiéndoles: «Os daré lo que sea justo». Hace lo
mismo hacia el mediodía, hacia las tres e incluso hacia las cinco de la tarde.
A los que encuentra en la plaza casi al final del día les pregunta por qué se
quedan ahí sin hacer nada, y ellos responden: «Nadie nos ha contratado por jornada»,
es decir, «nos hemos quedado sin trabajo».
El patrón hace muchas llamadas, no excluye a nadie,
ofrece trabajo a todas horas: sale de casa nada menos que cinco veces, incluso
a última hora de la tarde, cuando se acerca el atardecer y solo queda una hora
útil para trabajar.
De esta primera escena se desprende que todos los que
estaban en la plaza del mercado han sido llamados por el patrón y que, al caer
la tarde, ya no hay desempleados. Cabe señalar también que esta contratación la
lleva a cabo el propio patrón, no uno de sus administradores: esto es muy
extraño, porque los propietarios no solían entrar en contacto directo con los
trabajadores, que a menudo estaban sucios, vestidos con ropas indecentes y, en
cualquier caso, de aspecto tosco.
Pero tal comportamiento denota la solicitud de este
patrón, que quiere ver a la cara a quienes trabajan en su viña y desea
formalizar él mismo los contratos con sus jornaleros.
Llega la noche y los trabajadores regresan de la viña.
El dueño, un hombre justo y también generoso, observa fielmente la ley: «No explotarás
al jornalero pobre y necesitado… Le darás su salario el mismo día, antes de que
se ponga el sol, porque es pobre y lo espera con impaciencia. No clames al
Señor contra ti: ¡sería grande tu pecado!» (Dt 24,14-15).
El dueño llama, pues, al administrador y le ordena que
pague a los trabajadores, empezando por los últimos y terminando por los
primeros contratados.
El orden de los llamados se invierte, y esto hace que
los primeros puedan ver qué salario ha pagado el dueño a quienes han trabajado
menos que ellos. El administrador, siguiendo la orden recibida, comienza por
dar un denario a los trabajadores de la última hora. Los que han trabajado
desde primera hora de la mañana piensan entonces que deben recibir un salario
más alto: ¡han trabajado más horas, por lo que merecen más! Se crea en ellos
una expectativa que pronto se ve defraudada. De hecho, el texto señala
lacónicamente: «… pero también ellos recibieron cada uno una moneda», ni más ni
menos que los demás.
Si hasta ahora se habían descrito casi exclusivamente
acciones, con la excepción de la rápida alusión al pensamiento que se les pasó
por la mente a los trabajadores contratados a primera hora de la mañana, en la
última escena Jesús, mostrando toda su habilidad como narrador y conocedor del
corazón humano, se detiene a considerar los sentimientos de los personajes.
Los jornaleros de la primera hora pasan de un
pensamiento fugaz a compararse con los demás trabajadores: de ahí surge la ira
por haber sido tratados como los demás, y su expectativa frustrada les empuja
finalmente a murmurar.
Murmurar, ese terrible uso de la palabra, por
desgracia tan familiar y habitual en la Iglesia y en nuestras comunidades;
tantas veces nos hemos detenido en este auténtico cáncer de las relaciones
humanas…
Estos trabajadores se quejan, exponiendo con ira al patrón el resultado de sus conversaciones a escondidas: «Hemos trabajado desde la mañana hasta la noche, hemos sudado la gota gorda durante doce horas, hemos soportado el peso del calor, bajo el sol abrasador, mientras que estos últimos han llegado cuando el día ya casi había terminado, han trabajado solo una hora, en el frescor del atardecer, y sin embargo tú los has puesto a la misma altura que nosotros».
Esto, en última instancia, es lo que no pueden
soportar: «a ellos se les ha tratado igual que a nosotros»; ¡los primeros
en ser llamados y los últimos en serlo son todos iguales! A sus ojos, esto les
parece una injusticia, una actitud que no ve ni reconoce los méritos. En consecuencia,
consideran que el patrón es injusto y, por tanto, insoportable.
Estos nos representan bien: de hecho, cuando queremos
afirmar lo que nos parece justicia, nos sentimos llenos de autoridad, alzamos
la voz para expresar, incluso con dureza, nuestra convicción. «¡La
justicia ante todo!», decimos, y ni siquiera se nos pasa por la cabeza
que nuestra justicia pueda ser limitada y que puedan existir otros criterios de
justicia.
Cuando los demás emiten juicios de justicia sobre
nosotros, los percibimos como duros; cuando, en cambio, podemos apelar a la
justicia para juzgar, nos sentimos fuertes, alzamos la voz…
Ante ese murmullo, el dueño de la viña interviene con
firmeza, dirigiéndose a uno de los que protestan. En primer lugar, lo llama «amigo»,
término utilizado en la parábola del banquete nupcial para referirse al hombre
que carecía del traje para la fiesta (cf. Mt 22,12), y que incluso Jesús empleó
para referirse a Judas en el momento de la traición (cf. Mt 26,50).
La reprimenda se introduce, por tanto, de manera
amistosa, quizá no exenta de cierta ironía. El dueño recuerda además que ha
respetado la remuneración acordada, por lo que no ha cometido ningún agravio,
no ha sido injusto. Pero no quiere insistir demasiado, por lo que despide al
que murmura sin ninguna palabra de condena: «Toma tu dinero y vete».
Pero luego continúa, con la intención de poner el
énfasis en su propia generosidad: «Yo quiero dar también a este último lo mismo
que a ti: ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío?».
Este concepto de justicia, que Jesús atribuye a Dios,
escandaliza a los devotos que se afanan en contar sus acciones para poder
enumerar sus méritos. «¡Trabajo, gano, luego exijo!»: esta
forma vulgar de expresarse se rige por una lógica que nos habita y que debemos
esforzarnos por erradicar de nuestro corazón.
A nuestro lado hay personas menos afortunadas por
nacimiento o por su historia; hay personas débiles que no trabajan como nosotros
porque no pueden; hay quienes no tienen trabajo o a quienes la enfermedad ha
hecho menos productivos. Estos no son desechos que hay que olvidar o, peor aún,
abandonar: son nuestros hermanos y hermanas, carne de nuestra carne, y debemos
pensar también en ellos, a imagen del señor de la viña que, en su generosidad
misericordiosa, no quiere que otro ser humano regrese a casa, con su familia,
sin lo necesario para vivir.
Por último, el dueño de la viña pone al descubierto un
riesgo presente en la actitud de quien se compara con los demás: «¿O
acaso
tu ojo es malo porque yo soy bueno?». Con esta sencilla pregunta esboza
el mecanismo de la envidia, término que deriva de in-videre, es decir, «no querer ver» la felicidad, el bien
y la alegría del otro, como si esto pusiera en peligro la nuestra.
Los celos y la envidia pueden surgir en nuestro
corazón —porque «del corazón humano nace… el ojo malo» (Mc 7,21-22)—, pero hay
que combatirlas para llegar, poco a poco, a través del ejercicio de la escucha
del otro, de la com-pasión y de la empatía hacia él, a alegrarnos cuando el
otro se beneficia de nuestra bondad, que es siempre también la bondad de Dios.
Que la misericordia infinita del Señor, que nos es
concedida de manera totalmente gratuita, sea compartida entre nosotros, todos
sus amados y amadas, sin hacer ninguna comparación, sino entrando en su lógica,
revelada de una vez por todas por Jesús: «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis»
(Mt 10,8).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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