Porque el perdón forma parte de los sentimientos de Cristo - San Mateo 18,
15-20 -
En el capítulo 18 del Evangelio según San Mateo, Jesús dirige a los discípulos un discurso sobre algunas exigencias fundamentales para quienes viven juntos en su Nombre: en este relato escuchamos sus palabras sobre el difícil arte de la corrección fraterna.
En toda forma de vida en común llega el momento en que alguien comete un pecado: puede tratarse de una ofensa infligida personalmente a otra persona o de un pecado manifiesto a los ojos de todos.
¿Cómo tratar a quien se ha manchado con tal culpa?
En primer lugar, hay que darse cuenta del pecado: no hay que fingir que no ha pasado nada, en nombre de la tranquilidad o, peor aún, de una complicidad malsana con quien ha caído.
Cada uno de nosotros es, en efecto, guardián del otro (cf. Gn 4,9) y ha recibido de Dios la responsabilidad de apartarlo de sus caminos perversos: «Si no hablas para apartar al malvado de su camino, él morirá por su iniquidad; pero a ti te pediré cuentas de su muerte» (Ez 33,8).
Es en este sentido que Jesús dice: «Si tu hermano comete una falta, ve y repréndelo a solas; si te escucha, habrás ganado a tu hermano», porque, por utilizar de nuevo las palabras del profeta, «se apartará de su mala conducta y tendrá vida» (Ez 33,11).
Tener el valor de dirigir al hermano una palabra franca, cara a cara y en el momento oportuno, nos libera del riesgo de albergar rencor hacia él, de murmurar contra él dirigiéndonos a un tercero, de sentirnos mejores que él, al fijarnos en la paja que hay en su ojo sin darnos cuenta de la viga que hay en el nuestro (cf. Mt 7,3).
Y también puede abrirnos a la capacidad de aceptar a nuestra vez la corrección, cuando seamos nosotros quienes caigamos en el error.
La corrección, como advierte también el Apóstol, debe hacerse con dulzura y paciencia (cf. Gál 6,1; 1 Tes 5,14; 2 Tim 2,25), sin ser demasiado duro con el culpable con la excusa de hacer su bien.
Esta es la intención que anima las palabras siguientes de Jesús, quien muestra un discernimiento inspirado en la misericordia y la gradualidad: «Si tu hermano no te escucha, lleva contigo a una o dos personas, para que “todo se resuelva por el testimonio de dos o tres testigos” (Dt 19,15); si tampoco les escucha, díselo a la ekklesía», a la iglesia local.
Así, la corrección fraterna puede convertirse en un acontecimiento eclesial, al servicio de ese amor que es la única ley de la comunidad cristiana: el amor consciente de que el pecado de un miembro contamina a todo el cuerpo, el amor de quien no quiere que se pierda ni una sola oveja (cf. Mt 18,9-14)…
Por último, puede suceder que, a pesar de todo esto, el hermano persevere en sus caminos de muerte; entonces —dice Jesús— «que sea para ti como un pagano y un publicano», es decir, que sea excluido de la comunidad. Este acto de «excomunión», realizado con tristeza, se limita a dar fe de la voluntad del hermano de separarse de la comunión…
Pero incluso sobre esta decisión extrema reina la misericordia que el Señor Jesús enseñó y exigió a quienes creen en Él. Esto se deduce de lo que añade: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».
De este modo, confía a todos sus discípulos la responsabilidad que antes había encomendado únicamente a Pedro (cf. Mt 16,19), la de excluir y readmitir dentro de la comunidad cristiana. ¿Y con qué criterio?
El del perdón desbordante, concedido al hermano «hasta setenta veces siete» (Mt 18,22), como Jesús aclarará inmediatamente después al mismo Pedro; de lo contrario, ¿cómo podríamos pedir con corazón sincero al Padre: «perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12)?
Por eso es significativo que, entre la enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna y sus palabras sobre el perdón, se sitúe la exhortación a orar de común acuerdo en su Nombre, garantía de una respuesta segura por parte del Padre que está en los cielos.
Sí, cuando hay unanimidad en la oración, cuando nos esforzamos por tener en nosotros los sentimientos de Cristo (cf. Fil 2,5), entonces Él mismo está presente y juzga en medio de su comunidad.
«Donde dos o tres se reúnen en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos», nos aseguró Jesús: pero ¿sabemos orar con unanimidad antes de tomar una decisión respecto a «un hermano por quien Cristo murió» (1 Cor 8,11)?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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