martes, 25 de agosto de 2026

¿Qué haces de tu hermano? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿Qué haces de tu hermano? - San Mateo 18, 15-20 - 

Estas palabras de Jesús se comprenden mejor en su contexto: el pasaje anterior narra el amor del Padre por cada una de sus ovejas y su búsqueda de cada oveja perdida, mientras que los pasajes siguientes se centran en la necesidad del perdón fraterno e ilimitado. 

Esta búsqueda del Padre de cada uno de los «pequeños» para que no se pierda y la acogida hacia el hermano en cualquier circunstancia, sea cual sea la deuda que pueda tener con nosotros, iluminan este pasaje y se expresan aquí en la exhortación de Jesús a procurar «ganarse al hermano». 

Sí, la corrección fraterna es necesaria, no porque lo exija alguna ley o algún código moral, sino porque el pecado siempre siembra la muerte en la vida de quien lo comete, siempre lo convierte en un enfermo que necesita cuidados, siempre lo lleva por caminos de muerte. 

Por eso hay que corregir al hermano que peca, si nos importa su vida, su bienestar y su sanación. 

Pero preguntémonos: ¿considero al hermano y a la hermana que pecan un bien precioso que hay que salvar, que hay que «ganar»? ¿Considero una ganancia para mí el hecho de que el otro, por muy pecador que sea y por mucho daño que me haya hecho, se corrija y siga con vida? 

La corrección del hermano o de la hermana que han pecado no está motivada, pues, por un deseo de vengar el amor propio herido por la ofensa ajena, ni mucho menos por la voluntad de respetar alguna ley moral, ni por la obsesiva voluntad de observar minuciosamente cualquier conjunto de preceptos, ni siquiera por la voluntad de humillar, señalándole su error, a ese hermano o a esa hermana, sino que está motivada únicamente por el deseo de que ese hermano, esa hermana, vivan, se curen de su mal interior, vuelvan a sentirse bien, a vivir bien y a estar en la alegría, ya que el pecado, junto con la muerte, produce también una profunda tristeza, un profundo mal de vivir. 

Así, sustraerse a la corrección fraterna en nombre de una falsa humildad (¿cómo puedo corregir al otro si yo también soy pecador?) o en nombre del deseo de vivir en paz (¿y cómo reaccionará el otro ante mi corrección?) no son más que formas de enmascarar el hecho de que la vida de ese hermano, de esa hermana, no es tan importante para mí, y puedo dejarla sumida en su ambiente mortífero. 

De este modo se lleva a la ruina tanto a ese hermano como a la comunidad, pues el mal tiende a volverse contagioso. 

Y no solo eso, sino que si el mal no es puesto de manifiesto por quien podría hacerlo, si no se corrige ni se señala como tal, puede surgir en la comunidad tal confusión que, por ignorancia, las personas más débiles puedan considerar el mal como un bien que hay que imitar, y así los pequeños se escandalizan y la enfermedad se vuelve generalizada. 

Por eso Jesús dice que se puede llegar incluso a distanciarse del hermano y de la hermana que no quieren corregirse, no por mala voluntad hacia ellos, sino para evitar que la propia comunidad corra, por culpa de ellos, un grave peligro. 

Pero ¿me importan de verdad la vida de mi hermano y de mi hermana, así como la de la comunidad eclesial a la que pertenezco? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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