martes, 25 de agosto de 2026

No le debes nada a tu hermano salvo tu perdón - San Mateo 18, 15-20 -

No le debes nada a tu hermano salvo tu perdón - San Mateo 18, 15-20 - 

Este pasaje evangélico forma parte del capítulo 18 del primer Evangelio, que contiene el llamado «discurso eclesial» o «comunitario». Un discurso que nos permite conocer de primera mano algunas de las dificultades que se presentaban en las comunidades judeocristianas en los años ochenta del siglo I d. C., pero que también nos adentra en las complejas y sutiles dinámicas de una comunidad eclesial, en la que los principales problemas suelen ser de carácter relacional. 

En una comunidad hay fuertes y débiles, «pequeños» (Mt 18,6.10), es decir, creyentes sencillos que pueden sufrir escándalos y tropezar en su camino de seguimiento a causa de comportamientos demasiado descuidados por parte de quienes son más fuertes o, en cualquier caso, están movidos por una conciencia de fe diferente y más libre. 

Sin duda, una preocupación que debe estar presente en la comunidad cristiana y, sobre todo, en sus pastores, es que quien se extravía no llegue a perderse. La parábola de la oveja perdida revela esta preocupación (Mt 18,12-14). 

Inmediatamente después de narrar esta breve parábola, Jesús habla del comportamiento intracomunitario hacia el hermano que peca. Encontramos aquí el eco de una práctica disciplinaria que intentaba regular y resolver situaciones comunitarias dañadas por pecados cometidos dentro de la comunidad. 

Los versículos 15-17 se presentan como una especie de guía, de norma de conducta hacia el pecador. Se trata de indicaciones que tienen su origen en la experiencia vivida, en situaciones que han surgido y que han planteado interrogantes a los responsables de las comunidades, lo que ha llevado a la elaboración de un proceso disciplinario inspirado en la gradualidad, la discreción y el respeto. 

Pero también en la firmeza. La repetición, cinco veces en tres versículos, de proposiciones condicionales («si tu hermano… si te escucha… si no te escucha… si no les escucha… si tampoco escucha a la asamblea») expresa la reflexión eclesial sobre casos que se han producido y que han llevado a las comunidades a dotarse de normas, límites y procedimientos para frenar comportamientos que, de haber degenerado o haberse convertido en costumbre, habrían arruinado a la comunidad, haciendo imposible la vida eclesial. 

Sí, porque incluso una comunidad eclesial tiene límites, posibilidades limitadas, debilidades y no es omnipotente. Ante los casos que puedan darse, encontramos indicaciones precisas de comportamiento que, una vez más, reflejan la experiencia adquirida en las comunidades eclesiales: «Ve y amonéstalo a solas, tú y él… Llévate contigo a una o dos personas… Dilo a la comunidad… Que sea para ti como el pagano y el publicano». 

En primer lugar, hay que precisar que, en el v. 15, probablemente la lectura preferible sea «Si tu hermano peca», omitiendo ese «contra ti». Se trata, es decir, de una falta pública, no personal, no dirigida de manera particular contra el otro. 

Si se tratara de una falta personal, contra un hermano concreto, no habría otro camino que el perdón sin límites (cf. Mt 18,21-22). 

En este caso, en cambio, es necesario llevar a cabo una corrección fraterna que puede llegar incluso a una medida drástica. 

La corrección fraterna es una acción que exige un profundo sentido de la fe: la madurez en la fe consiste en sentirse herido por el pecado en sí mismo, no solo por la ofensa personal. Hay que dejarse mover por la responsabilidad hacia el cuerpo comunitario, hacia el tercero que va más allá del «yo» y del «» de los posibles sujetos en conflicto, y tender hacia el bien de la comunidad. 

Y aquí San Mateo nos muestra cómo incluso una comunidad que se toma muy en serio el destino de la oveja perdida (Mt 18,12-14) y que ha aprendido bien la lección de Jesús sobre el perdón y trata de resolver los conflictos mediante la práctica del perdón (cf. Mt 18,21-22), debe recurrir también a procedimientos de exclusión cuando cualquier otra vía se haya revelado inviable. 

Y los versículos 15-17 exponen precisamente los caminos a seguir. Si bien aquí tenemos un orden de la corrección fraterna, la necesidad de tal actuación está presente en otros pasajes del Nuevo Testamento, por ejemplo, allí donde se habla de corregir a los desobedientes (cf. 2 Tes 3,15) y de amonestar a los indisciplinados, aquellos que se comportan sin normas ni orden (cf. 1 Tes 5,14). 

Ahora bien, ¿en qué consiste la corrección fraterna? 

El verbo griego que se utiliza a menudo en el Nuevo Testamento indica «centrar la mente» en el otro para ayudarle a descubrir sus errores y a evitarlos: se trata, por tanto, de una atención amorosa, de velar por el otro para corregir sus posibles errores. 

El latín corrigere indica «dirigir juntos» (cum-regere) y denota el carácter compartido y relacional de la corrección, en la que uno ayuda al otro a dirigir su vida de una manera más conforme a la humanidad y a la santidad. 

El verbo «amonestar» deriva del latín ad-monere, en el que monere significa «recordar»: la amonestación consiste en hacer recordar lo que se ha olvidado, en devolver a la realidad a quien se ha alejado de ella. Del resto, a menudo el pecado no es más que el olvido de Dios y de su voluntad. Una voluntad que el pecador conoce, pero de la que se aleja. 

He aquí, pues, los tres grados o las tres etapas de la corrección fraterna. 

En primer lugar, la corrección personal, «entre tú y él solamente», para que, si el hermano escucha y se arrepiente, el problema quede resuelto sin la incómoda intervención de terceros. 

Si, por el contrario, no hay escucha, la corrección debe tener lugar en presencia de dos o tres testigos, tal y como exige Dt 19,15, tanto para garantizar el derecho del acusado como porque más testigos pueden dar fe de «cada palabra» pronunciada en la conversación entre el pecador y quien lo corrige. 

Si ni siquiera en este caso hay escucha, entonces «dilo a la Iglesia»: la última instancia es la comunidad eclesial, la asamblea local. La corrección debe entonces llevarse a cabo en el contexto más amplio de toda la comunidad. 

Tanto en la relación cara a cara, como ante algunos testigos o ante la asamblea, el elemento decisivo y determinante de la corrección es relacional: la capacidad de escuchar. 

Es decir, la libertad interior, la humildad y la apertura que reconocen la bondad de la amonestación y corrección que se nos dirige y que nos lleva a renunciar a defendernos contraatacando o negando y rechazando la reprimenda. 

Y si incluso la última instancia de la corrección se topa con la falta de escucha, entonces el pecador «sea para ti como el pagano y el publicano» (Mt 18,17). Se trata de una fórmula de exclusión en la que se concede a la comunidad ese poder de desatar y atar que se le había confiado a Pedro (Mt 16,19). Donde «desatar y atar» significan perdonar y excluir, permitir y prohibir. 

La comunidad, la asamblea eclesial, está dotada del poder de admisión y de exclusión, pero sin duda la excomunión es una extrema ratio (cf. 1 Cor 5,4-5), mientras que el verdadero y gran poder es el del perdón. 

La corrección fraterna es necesaria para no albergar rencor en el propio corazón contra el otro: de hecho, si no se corrige al hermano pecador, se acabará odiándolo. 

La corrección no es, por tanto, solo por el bien del hermano que la recibe, sino también por el bien de quien la ejerce. Dice el Antiguo Testamento: «No odiarás a tu hermano en tu corazón, sino que reprenderás abiertamente a tu prójimo, para que no cargues con un pecado contra él» (Lv 19,17). Quien, pudiendo hacerlo, no corrige a su hermano, peca contra él. 

La corrección tiene por objeto que el hermano vuelva a integrarse en la relación de la alianza: por eso es necesario reactivar el movimiento de la escucha, creando un contexto de confianza. 

La corrección no debe realizarse como un juicio, sino como un servicio a la verdad y al amor al hermano. Es un acontecimiento pneumatico, fruto del Espíritu (cf. Gál 6,1), se dirige al pecador no como a un enemigo, sino como a un hermano (cf. 2 Tes 3,15) y puede así lograr que un hermano que se estaba descarriando vuelva al camino de la vida (cf. St 5,19-20; Sal 51,15). 

Pero, como muestra el pasaje de San Mateo, también puede resultar impotente al chocar contra el muro de la falta de escucha y del rechazo. ¿Qué hacer cuando se llega a ese punto? 

Los versículos 19-20 dicen que hay algo que se puede y se debe hacer siempre, incluso cuando ha fracasado todo intento de corrección: la oración en común. O mejor dicho, se trata de ponerse de acuerdo para orar juntos ante cualquier conflicto, encontrando en el nombre del Señor el punto para superar las tensiones y el lugar en el que aún es posible encontrarse.Y por eso se da prioridad al plano relacional de recuperar la armonía. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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