domingo, 2 de agosto de 2026

Y tú, Iglesia, ¿qué dices de ti misma?

Y tú, Iglesia, ¿qué dices de ti misma? 

Llegará un momento —¿no estamos ya en él?— en el que las identidades construidas como muros mostrarán sus grietas. 

Llegará un momento en el que lo que se ha llamado «pureza» se revelará como lo que a menudo ha sido: miedo al contacto, temor a la alteridad, defensa ansiosa de una frontera. 

Entonces se comprenderá que ninguna identidad nace inocente, porque toda identidad se construye eligiendo, separando, nombrando lo que está dentro y lo que queda fuera. Toda pertenencia conlleva un umbral; cada «nosotros» guarda, en su seno, un «ellos» excluido. 

Y, sin embargo, el Espíritu no habita solo dentro de los recintos. 

El Espíritu gime fuera de las puertas, atraviesa los campos impuros, habla lenguas imprevistas, se posa sobre cuerpos que la norma no había convocado. 

Allí donde la institución ve contaminación, el Misterio puede abrir la revelación. 

Allí donde la doctrina teme la confusión, puede germinar un sentido nuevo. 

Porque la contaminación no es necesariamente una pérdida: puede ser una visita, una herida fecunda, una transgresión capaz de revelar a la identidad su verdad más profunda. 

¡Ay de quien confunda el Misterio con su fórmula, la vida de Dios con su definición, el eco de la Palabra con la posesión de la verdad! 

El dogma nace como palabra de custodia, como intento de expresar, dentro de la historia, aquello que trasciende la historia. 

Pero cuando la custodia se convierte en control, cuando la definición pretende encerrar lo que es inagotable, entonces el dogma corre el riesgo de transformarse en un dique contra la propia revelación. 

Lo que debía señalar el fuego se convierte en ceniza ordenada; lo que debía orientar el camino se convierte en una frontera infranqueable. 

El camino de la evolución del dogma es también un camino de identificación: la Iglesia, al pronunciar lo que cree, se reconoce a sí misma, da forma a su propia memoria, protege el núcleo de su propia narración. 

Pero toda identificación implica una elección, y toda elección produce un margen. 

Definir significa iluminar un rostro, pero también dejar en la sombra otros rostros posibles. Decir «esto es» significa a menudo declarar, implícitamente, «esto no es». 

Es aquí donde la identidad eclesial se enfrenta a su tentación: creer que la separación es fidelidad, que la exclusión es garantía, que la frontera es más sagrada que el paso. 

Pero el Misterio no se deja administrar como un territorio. 

El Misterio no es una propiedad custodiada por manos autorizadas, ni un depósito inerte que hay que defender contra el viento de la historia. 

El Misterio es excedente, promesa, abismo que llama. 

Cada vez que una comunidad pretende agotar sus posibilidades reveladoras, no defiende a Dios: defiende su propia imagen de Dios. No custodia la trascendencia: protege su propio miedo a ser transformada. 

Por eso, la contaminación puede convertirse en profecía. 

Rompe el ídolo de la identidad cerrada y recuerda a la fe que la revelación nunca coincide plenamente con sus sedimentaciones históricas. 

La contaminación introduce en la identidad una pregunta, una fisura, una posibilidad imprevista. 

Contaminarse no significa disolverse, sino dejarse convertir por el encuentro. 

Significa aceptar que el otro no es solo una amenaza, sino un lugar teológico; no solo una diferencia que hay que rechazar, sino una palabra capaz de devolver a la propia identidad una verdad olvidada. 

Bienaventurada la identidad que no teme ser atravesada. 

Bienaventurada la comunidad que no confunde la fidelidad con la inmovilidad. 

Bienaventurada la Iglesia que, en lugar de levantar nuevas piedras en las fronteras, aprende a reconocer la voz del Viviente también en los lugares no autorizados. 

Porque el Misterio que se revela no queda prisionero de nuestros enunciados: los atraviesa, los inquieta, los supera. Él sigue hablando, y a menudo habla precisamente allí donde la doctrina había aprendido a callar. 

Entonces, la tarea no consistirá en abolir toda forma, ni en despreciar toda palabra recibida. 

La tarea consistirá en purificarlas de la pretensión de posesión. 

Consistirá en transformar el dogma de muro en umbral, de cierre en orientación, de definición absoluta en memoria viva de un encuentro que siempre es más grande de lo que podemos decir. 

Será reconocer que la verdad no teme el contacto, porque lo que está verdaderamente vivo no se conserva aislándose, sino atravesando la historia sin dejar de generar. 

Y se alzará una voz en el desierto de las certezas cerradas: no llaméis impureza a lo que puede convertirse en revelación; no llaméis traición a lo que puede ser conversión; no llaméis confusión a lo que abre una brecha al Misterio. 

Porque la identidad que no acoge la contaminación se convierte en una estatua de sal, en la memoria endurecida de un camino interrumpido. 

Pero la identidad que se deja herir por el otro puede renacer como promesa, puede descubrir que no es un recinto que hay que defender, sino una tienda que hay que desplazar, una palabra que hay que custodiar en su continuo suceder, un nombre que recibe un nuevo sentido cada vez que se atreve a encontrarse con lo que no había previsto. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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