El vacío de la fe (un relato biográfico a modo de confesión) - San Mateo 21, 33-43 -
Y en ese momento - aunque no es seguro que llegue -, lo que haces es preguntarte de qué estaba hecha esa cosa a la que llamabas fe.
No se trata de que antes creyeras y luego, de repente,
dejaras de creer; es algo diferente: es que antes podías creer o no creer, pero
tenías Algo entre las manos y, de repente, ya no.
Estoy hablando de manos vacías, nada a lo que rezar y
nada que decir. Justo lo contrario de Job: él luchó, de principio a fin, ¡qué
suerte la suya!
El verdadero drama es cuando sientes claramente que
puede existir la hipótesis de un gran, terrible e infinito vacío. Y sientes esa
terrible soledad que te arranca de todo aquello que hasta ese momento creías
eterno.
Y si empiezas a creer de verdad en la posible
existencia del vacío, ocurre que ya no consigues llenarlo con nada, ni con
oraciones, ni siquiera con blasfemias. Nada. De un día para otro, las oraciones
se arrugan y no vuelan, y ya ni siquiera te desesperas, solo lo aceptas.
En ese momento te parece que el amo de la Historia no
solo «se fue lejos», como
dice la parábola, dejando un vacío terrible, sino que te invade una especie de
seguridad, un pequeño despertar: el amo nunca ha existido. Solo está la viña. Y
con ella, y solo con ella, debes medirte.
Fuera de la parábola, solo existe esta vida que
vivimos y tocamos, y ningún amo que se haya ido ni nadie que vaya a volver.
Ningún amo al que esperar, ningún amo, nada de nada. Solo la viña.
¿Por qué antes el vacío no era tan vacío? Porque
siempre ha habido alguien que se ha encargado de llenarlo. Porque un hombre con
un vacío en su interior es un caso perdido, si se deja llenar hasta el
siguiente vacío.
Un vacío que hay que llenar crea adicción: así nacen y
se mantienen las religiones (por eso el dueño de la viña se marchó, para acabar con toda religión, con toda
adicción).
Todas las religiones, incluso las laicas, utilizan el
vacío: lo llenan de ángeles de la guarda, luego de oraciones, luego de caridad,
luego de estructuras, luego de teorías refinadas, luego de libros, luego de la
ilusión del bienestar y luego del paraíso… para cada vacío se elige un
contenido adecuado.
Cualquier religión tiene sentido precisamente por la seguridad que logra garantizar con sus ritos y sus teorías. Rellenos. Y se puede vivir toda una vida creyendo que se cree, llenos de algo que llamamos Dios.
En cambio, Jesús pide desechar, no llenar. Empezar de
nuevo precisamente desde lo que la religión desecha y siempre desechará: el
Vacío es quedarse con las manos vacías de los rellenos religiosos.
Jesús nos pide que nos tomemos en serio a este dueño
de la viña que «se marchó lejos»
y que vivamos con esta Ausencia en el corazón; nos pide que no lo llenemos con
nada. Sino que miremos esa viña vacía porque es allí donde se juega todo, en
ese espacio.
El juego de la fe implica el Vacío. Implica
enfrentarse seriamente a una Ausencia que es verdaderamente dramática. Con un
Dios que no interviene, con Palabras que no hay, con oraciones gélidas y
vacías, con desiertos y dudas. La fe implica el Vacío, por eso se marcha el
dueño de la viña.
Por eso la religión no tiene fe. Porque toda religión
llena los vacíos con certezas.
En cambio: permanecer ante la vida con un vacío en el
interior e interrogarla. Intentar aprender de la viña.
Porque lo que el dueño de la viña realmente quiere es
convertir a cada viñador en dueño. También a mí y a ti, que estás leyendo esto.
Pero no al estilo de esos jornaleros que se convierten en el Dios violento y despiadado
en el que creen, productos perfectos de religiones sin dudas, sino jornaleros
que aprenden del Ausente su estilo.
Hay que vaciar la vida para no caer de nuevo en la
tentación de convertir a Dios en un ídolo, en un relleno, en una seguridad tranquilizadora;
la viña está vacía porque ese vacío es la oportunidad de convertirnos en jornaleros
divinos.
Si aprendemos a recoger esas piedras que las
religiones descartan: ante todo, el amor por la tierra, por esta tierra tal y
como es, sin huidas precipitadas al cielo: había un hombre que poseía un terreno.
La fe es enamorarse, poseer con amor un pedazo de
tierra que se nos ha confiado, tal y como el Señor ama a su creación y a sus
criaturas. Convertir en piedra angular el mundo, la tierra, el cuerpo, a
nosotros mismos. No descartar lo que somos, la tierra en la que vivimos, sino
poseerla con amor y devoción.
Y plantó allí una viña. Porque es divino el acto de sembrar, de inclinarse suavemente sobre lo que otros llaman desierto. Porque es divino aprender de la acción de la semilla y no pretender intervenciones desde arriba. Es divino quien prefiere el cuidado y la espera, quien es capaz de ver los frutos encerrados en una semilla.
La rodeó con un seto. Lo que las
religiones descartan y de lo que hay que partir de nuevo es la capacidad de
defender la vida renunciando a la falsa seguridad de la violencia, de la
arrogancia, de sentirse siempre seguro y sin dudas.
Se necesita mucha fe para inclinarse ante la
fragilidad, la propia y la ajena, y protegerla. Se necesita mucha fe para
acoger al otro y protegerlo, para aceptar que necesitamos la mirada del hermano
porque la nuestra no basta. No somos los únicos herederos de la verdad, como
querrían los jornaleros asesinos.
Hay que volver a partir de esas piedras que las
religiones, demasiado seguras de sí mismas, descartan: cavó allí un hoyo para el lagar y construyó una torre: es
la capacidad de saborear el fruto antes de la cosecha.
Ese lagar y esa torre en medio de un campo sin frutos
son el signo de un Sueño, la confianza de un Dios que cree en la capacidad
humana de dar fruto. La fe que necesitamos es esta mirada llena de confianza en
el hombre, una mirada libre de miedo.
Y se
marchó lejos. Porque quien tiene fe no es el hombre, sino Dios,
quien con su partida consagra su confianza en nosotros; es esta, y es suya, la
fe que nos salva, la fe en nuestra capacidad de comprender que el sentido
profundo de la vida no es llenar ese vacío con certezas fáciles, sino
mantenerlo abierto, un espacio vital para aprender a actuar con el mismo estilo
que Dios.
Estamos en la viña esperando el regreso de un Dios que
pide espacio en nuestra carne. Nosotros somos el signo de la presencia del
Señor en la viña del mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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