Un nuevo comienzo - San Mateo 21, 33-43 -
¿Qué os parece? Preguntaba Jesús a la multitud sobre la parábola de los dos hijos.
¿Qué hará
el dueño? Pregunta a aquellos que en su corazón ya han decidido
matar al hijo del dueño de la viña que han arrendado.
A Dios le importa nuestro juicio. Nos hace partícipes,
quiere conocer nuestra opinión.
Siempre espera compartir su perspectiva, su juicio, su
sentimiento más profundo.
Espera convertir nuestros corazones, argumentando, utilizando metáforas y parábolas para no ser demasiado directo.
La parábola es sombría, dolorosa, sangrienta, amarga y
violenta. Quizás la más sombría de todas.
Casi insoportable.
El núcleo del relato se centra en el hijo, no en el
castigo de los jornaleros asesinos: Jesús está diciendo a su audiencia que, si
los siervos son la prefiguración, el hijo es el cumplimiento. Y que él es el
hijo enviado por Dios para cobrar lo que se le debe.
El final no es un abandono, sino un nuevo comienzo.
Esa muerte que parece destruirlo todo no es más que el
trampolín hacia una nueva vida, hacia una redención inesperada.
Ya es evidente para todos que el destino del profeta
de Nazaret está sellado: sus gestos ostentosos y sus palabras demasiado
sinceras y directas han despertado la ira de los jefes de los sacerdotes. Como
todos los idealistas, hay que silenciar a este galileo impulsivo a toda costa,
antes de que provoque disturbios y de que los romanos, irritados, retiren la
relativa autonomía concedida a la capital.
Jesús lo sabe, no es ningún idiota. Sabe muy bien que
ha firmado su propia sentencia de muerte. Pero quiere llegar hasta el final:
por nada del mundo cambiará su idea de Dios.
Y les está diciendo a sus asesinos que su muerte, la
muerte del Hijo, se inscribe en la continuidad de la muerte de los profetas, a
menudo asesinados precisamente por los hombres religiosos de su tiempo (Mt
23,29).
Jesús no pone fin a las contradicciones de la
historia. Se sitúa en medio de ellas.
Las asume. Se ve arrollado por ellas. Las redime y las
rescata. Las fecunda con vida.
De esto habla la difícil parábola de los labradores
asesinos.
La idea de disfrutar de los frutos de la viña sin pagar nada a cambio me parece una constante de nuestra inquieta y, a veces, incomprensible humanidad.
Así es nuestro mundo: quiere la herencia sin tener
nada que ver con el Padre.
Disfruta de los frutos de la viña y no reconoce al
propietario lo que le corresponde.
Ni siquiera el hecho de que no seamos los dueños de la
Creación.
Es más: nos gustaría poder gestionar la viña sin
rendir cuentas a nadie.
Es la impresión que tengo cuando veo nuestro mundo
occidental, el europeo en particular, que ha dejado a Dios a la puerta.
Imagen de una humanidad que no reconoce a su Creador,
ni sus propios límites, esta trágica parábola es la síntesis de la historia
entre Dios e Israel, entre Dios y la humanidad. El hombre no reconoce a su
Creador, se sustituye a él: he aquí el pecado fundamental, la trágica
fragilidad del ser humano, creer que es autosuficiente, no en el sentido noble
y verdadero de ser autónomo, sino en ese sentido enfermizo de no tener que
rendir cuentas, desconociendo sus propios límites.
Queremos un mundo equilibrado, fraterno, significativo
e interesante, pero sin involucrar a quien este mundo lo quiso, lo concibió y
lo creó.
El mundo no nos pertenece y tampoco nos pertenece la
vida, sino que se nos ha regalado y podemos hacerla florecer.
Me gustaría decir unas palabras más sobre la paciencia
de Dios, que, llegado un momento, se agota.
Porque su intervención punitiva, históricamente, ha
sido utilizada a menudo por nosotros, los cristianos, y por los predicadores,
concretamente, como arma contundente, como amenaza velada.
Del tipo: «Dios
es muy querido y muy bueno, pero si te pasas de la raya, ¡te envía una
desgracia que recordarás durante siglos!» Obviamente, la Palabra no
dice nada de eso en absoluto.
Dios nos ama y es paciente, claro, es cierto. Pero,
como ya hemos visto, si nos empeñamos en ir en dirección contraria al camino
que Él nos indica, ¡es muy probable que caigamos por un precipicio!
Por lo tanto, ante la brevedad de la vida y la
superficialidad con la que corremos el riesgo de afrontarla, más vale
tomárnosla en serio con buen humor.
Pero, ante la evidencia, Jesús sigue intentando que su
audiencia cambie de opinión.
El entusiasmo de la multitud en Galilea ha dado paso a
la indiferencia y la hostilidad.
¿Quién se cree que es este carpintero que se ha
erigido en profeta?
Es Jesús quien pregunta a la audiencia, ajena a lo que
ocurre, qué debería haber hecho el dueño de la viña tras el asesinato de su
hijo.
Pide a la multitud que emita un veredicto.
La escena es escalofriante, porque la audiencia aún no
ha comprendido que se está hablando de ellos. Están decretando su atroz
castigo.
Jesús habla como si se dirigiera a sí mismo, indeciso
sobre qué hacer, con la voz quebrada por la emoción: ¿qué hacer?
Al ser humano no le importa un Dios así, no lo quiere:
prefiere un Dios distante y altivo, todopoderoso y frío, a quien apaciguar o
convencer. A quien manipular y utilizar.
¿Qué
hacer?
La audiencia se caldea. Ahora grita: ¡Muerte! ¡Venganza! ¡Sangre! ¡Hay que matar a los jornaleros!
Absurdo. No saben que Jesús está hablando precisamente
de ellos.
Es cierto: no tiene sentido que el dueño tenga que
sufrir el asesinato de su propio hijo.
Ahora, el Señor suspira y los mira, largamente.
No, no lo hará así.
No habrá venganza, ni sangre, ni muerte. Salvo la
suya.
Quizá los arrendatarios, al ver la magnitud del amor
del dueño, al ver su obstinada voluntad de salvación, lo comprendan y cambien.
Quizá también nosotros, al ver la magnitud del amor de
Dios, que no solo nos ha regalado una espléndida viña para cultivar, sino que
lo da todo por el hombre, sepamos dar fruto en nuestras decisiones, sepamos
florecer y vendimiar el vino nuevo de la hermosa vida del Evangelio.
Quizá.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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