Una parábola… también eclesial - San Mateo 21, 33-43 -
Tras entrar en la ciudad santa de Jerusalén entre vítores (cf. Mt 21,1-11) y llevar a cabo el gesto de expulsar a los comerciantes del Templo (cf. Mt 21,12-17), Jesús regresa al Templo para anunciar, mediante parábolas, la llegada del Reino de los Cielos.
Esta es, en realidad una alegoría, dirigida a aquellos
sacerdotes y ancianos del pueblo que habían acudido a cuestionar a Jesús,
interrogándole sobre su autoridad y sobre el origen de su misión (cf. Mt
21,23-27).
Una vez más, Jesús repite la invitación: «¡Escuchad!»,
repite esta orden tantas veces proclamada por Moisés y los profetas. Se trata
de dejar de limitarse a oír, para aprender a escuchar con atención una palabra
que viene del Señor, a acoger en el corazón esta palabra con el fin de provocar
un cambio y llevar a cabo lo que el Señor pide a quien está y quiere estar en
alianza con Él.
He aquí, pues, otra parábola que evoca una viña. Los profetas
habían vislumbrado en el amor entre el viñador y la viña una narración del amor
entre Dios y su pueblo, y habían recurrido a la imagen de la viña para expresar
la relación de alianza: una historia tormentosa, pero llena de amor, entre el
Señor y su propiedad, su tesoro.
Isaías, en particular, había cantado «el
canto de amor del amante por su viña» (Is 5,1ss), narrando la historia
de un viticultor que había labrado la tierra, la había limpiado de piedras y
había plantado en ella cepas de vid escogidas. Incluso la había adornado con
una torre en la que había colocado un lagar. Habiendo dedicado tanto cuidado a
ella, esperaba de ella uvas buenas y hermosas; sin embargo, aquella viña se
había vuelto silvestre y producía racimos de uvas incomestibles.
Esta imagen era muy conocida por Jesús y por sus
oyentes, por lo que, tan pronto como Jesús comienza la parábola diciendo que «un
dueño había plantado una viña», los presentes comprenden de inmediato
de qué se trata: es una historia sobre Dios e Israel, su viña.
Este canto, que expresa la esperanza de Dios y, al mismo tiempo, la incapacidad del pueblo para comprender su amor - por lo tanto, un canto de acusación contra Israel -, ha sido conservado y transmitido precisamente por Israel.
El pueblo de la Antigua Alianza no ha eliminado de las
Escrituras las reprimendas y los juicios de Dios contra él: debemos tener esto
presente cuando leemos esta parábola y, fácilmente, nos sentimos tentados a
señalar con el dedo a este pueblo, hasta el punto de gloriarnos de ser nosotros
el pueblo del Señor al que se le ha dado la viña quitada a otros.
Hay que tener cuidado, porque esta parábola que Mateo
incluye en el Evangelio dirigido a los cristianos se refiere sin duda a los
líderes religiosos de Israel, ¡pero también se refiere a los líderes que hay en
la Iglesia y se refiere incluso a nosotros!
Este propietario de la viña, que la plantó y la dotó
de todo lo necesario para que diera fruto, la confía a unos labradores para que
la cultiven en su ausencia: la viña sigue siendo de su propiedad, pero está
confiada a otros hombres durante todo el tiempo en que el Señor se mantiene a
distancia y se aleja de ella.
Pero llega la hora de la vendimia, un día concreto en
el que las uvas están maduras, a principios de otoño, y entonces el dueño envía
a algunos de sus siervos a los labradores para recoger la cosecha con la que
elaborar el vino. ¡Porque la cosecha sigue siendo suya, al igual que la viña es
suya!
Mientras tanto, en esos jornaleros ha surgido la
tentación de convertirse ellos mismos en los dueños de la viña, porque el dueño
ha tardado mucho tiempo en regresar. Esta es la tentación de quien ha sido
puesto por el Señor como el primero, como el más grande, como trabajador en su
viña: dominar la viña, considerarla como propiedad personal, sustituyendo a
aquel a quien, en cambio, solo debe representar en el servicio.
Así, esos jornaleros, ante la llegada de los siervos enviados por el dueño, reaccionan con un rechazo violento. Golpean a algunos y matan y apedrean a otros, para hacerlos desaparecer. El Señor, sin embargo, tiene paciencia, sigue esperando el fruto de la viña y envía a otros siervos, en mayor número que en la primera misión. Pero también estos son tratados de la misma manera, sufriendo rechazo y desprecio.
El Señor, pues, en su amplitud de miras, en su paciencia,
hace un último intento. Como aún tiene esperanza, decide enviar a su hijo, que
tiene más autoridad que los siervos. Su profunda esperanza es que, al ver a su
amado hijo, los labradores sientan que tienen ante sí al propio señor y, por
tanto, mostrándole respeto, le entreguen el fruto de su viña.
¿Ingenuidad de este dueño? No, por su parte hay la
voluntad de mantener la alianza con los labradores a quienes ha confiado la
viña. ¿Qué ocurre, en cambio? Esos labradores, «al ver al hijo», aumentan
aún más su deseo de ser dueños, de tener poder sobre la viña, por lo que dicen
entre sí: «Este es el heredero. ¡Vamos, matémoslo y la herencia será nuestra!».
En primer lugar, excluyen al hijo de su viña, lo agarran y lo echan fuera;
luego lo matan; primero lo llevan «fuera», fuera de la viña, fuera de
la ciudad (cf. Lc 4,29; Mc 15,20; Mt 27,31; Hch 7,58), y luego lo eliminan.
Jesús cuenta esta parábola en vísperas de su Pasión;
la cuenta precisamente para aquellos que la pondrán en práctica contra Él,
hasta el punto de expulsarlo de la ciudad y crucificarlo. Así, Mateo nos
muestra que Jesús es consciente de ser el Hijo enviado por el Padre a la viña
de Israel; sabe lo que le espera como fin de su misión en este mundo y no elude
esta paradoja humana inscrita en la historia: ¡en un mundo injusto, el justo
solo puede ser rechazado hasta ser eliminado!
Jesús sabe que el Padre no le ha enviado al mundo para
que sufra una muerte violenta; sabe que el Padre, como el dueño de la viña, le
ha enviado porque tenía esperanza, porque espera ser acogido. Y aunque este sea
el doloroso final que le espera, Jesús sabe que la última palabra le
corresponde, en cualquier caso, al Padre.
Al conocer las Sagradas Escrituras y orarlas, sabe, de
hecho, que - como está escrito - la piedra que precisamente los constructores
(este es el término con el que se denominaban a sí mismos los líderes
religiosos del Templo) habrían descartado, apartada de la construcción, Dios la
habría elegido y colocado como piedra angular, haciendo que toda la
construcción se apoyara en ella. Jesús cree y se adhiere a este plan de Dios,
profetizado y cantado en el salmo 118.
Esta parábola resuena sin duda como un juicio de Dios: pero no sobre el pueblo de Israel, sino sobre aquellos líderes del pueblo que han rechazado y condenado a Jesús.
Mateo, de hecho, registra inmediatamente su reacción:
intentan capturarlo, pero temen a la multitud; por eso deciden posponer su plan
unos días, a la espera de una situación más propicia (por la noche y en
Getsemaní, donde no habrá la multitud de sus seguidores; cf. Mt 26,47-56). De
hecho, han comprendido que esa parábola los identifica precisamente a ellos
como los labradores asesinos.
Pero la parábola dice que este será también el juicio
sobre la Iglesia, sobre todo sobre sus líderes. La viña les ha sido quitada a
esos líderes de Israel y entregada a una nueva colectividad humana: la
comunidad de los pobres de espíritu, de los mansos que, según la promesa del
Señor, heredarán la tierra (cf. Mt 5,5; Sal 37,11), a ese pueblo humilde y
pobre constituido por el Señor como heredero para siempre (cf. Sof 3,12-13; Is
60,21; Jer 30,3).
Ciertamente, en su seno seguirá habiendo pastores,
líderes, los primeros, pero deben tener cuidado de no ser como los labradores
de la parábola. Su tentación, de hecho, es la de ocupar todo el espacio
eclesial, absolutizando sus proyectos y exigiendo obediencia a sí mismos; su
tentación es la de sustituirse al Señor, quizá simplemente situándose en el
centro, sintiéndose no siervos de los siervos, sino amos.
También en la Iglesia puede ocurrir lo mismo que en la
parábola. Y, aunque en ella no se manifieste la violencia física (¡como, sin
embargo, ha ocurrido lamentablemente en otras épocas históricas!), hoy quizá se
practique la violencia de la falta de escucha, del rechazo, de la marginación,
de la calumnia, del desprecio, de la manipulación y del abuso…
Estas son las tentaciones de los jornaleros malvados,
pero también, aquí y ahora, de cualquiera que, en el ámbito eclesial, en la
viña, ejerza autoridad. No descarguemos, pues, la acusación de esta parábola
sobre Israel, sino que pensemos en nosotros mismos, hoy, en las viñas de nuestras
Iglesias.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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