martes, 22 de septiembre de 2026

¿Y qué hará Dios ante la ceguera homicida? - San Mateo 21, 33-43 -´.

¿Y qué hará Dios ante la ceguera homicida? - San Mateo 21, 33-43 -

Esta parábola se presenta como una alegoría en la que se pueden identificar los personajes literarios con los protagonistas a los que se alude.

 

Dios es el señor y dueño de la viña; es más, es quien la plantó, quien la creó, la fundó y le dio vida. Él poseía un terreno y allí plantó una viña. A la viña – Israel -, elegida y amada por Dios, se envían en repetidas ocasiones los profetas, quienes suelen encontrarse con rechazo, oposición, contestación, violencia y muerte sangrienta. Con una obstinación que nos sorprende, Dios sigue enviando a otros hombres a la viña.

 

Pero aún más debería impactarnos y escandalizarnos la traición de los responsables de la viña, movidos por la codicia de poseer: poseer la viña, erigirse en amos de la comunidad y, por ende, en amos de las personas, hasta el punto de hacerles daño e impedirles vivir.

 

La traición cometida por los responsables es, ante todo, una traición a la humanidad: su comportamiento es violento, inhumano, homicida; es prevaricación y abuso; es pérdida del sentido de la medida, desconexión de la realidad, pérdida de la propia dignidad, embruteciéndose hasta llegar a la violencia y la violación de la dignidad ajena con una absoluta falta de respeto que llega hasta el asesinato.

 

Es la falta de escrúpulos de quienes ocupan el espacio eclesial y, sin remordimientos, ofenden y maltratan, comportándose no como siervos, sino como amos. No son muy diferentes los tonos que utiliza el tercer evangelista para hablar de los responsables de las comunidades, que en sí mismos serían siervos, y que se convierten en prevaricadores al comenzar, según dice Lc 12,45, «a golpear a los siervos y a las siervas, a comer, a beber y a emborracharse».

 

He aquí el contraste entre el comportamiento de Dios, que confía y sigue creyendo en el bien y en practicarlo, y un comportamiento que es completamente indiferente a la intención y a la espera de aquel que envía a quienes deben recoger los frutos.

 

He aquí la distorsión que se produce en el espacio de la espera: un espacio que podría ser de libertad y de crecimiento, y que se convierte en lugar de perversión, de violencia, de maldad.

 

Pero al final de los envíos lo absurdo del comportamiento del dueño de la viña - es decir, Dios - se manifiesta al máximo con el envío del Hijo, acompañado además de un pensamiento: «Respetarán a mi hijo».


¿Por qué, se pregunta el lector, estos personajes que ya han recorrido el camino hacia la perversión de su humanidad deberían respetar al hijo?

 

Al golpear al hijo, se golpeará más directamente al padre y al dueño de la viña. Es más, y aquí surge la diferencia abismal entre el pensamiento del dueño de la viña y el de los labradores. Su pensamiento es de amos: «Matémoslo y nos quedaremos con su herencia» (Mt 21,38).

 

Poco importa que todo esto sea poco verosímil, poco racional y poco lógico. En la vida cotidiana son infinitos los comportamientos motivados por la irracionalidad, la ilógica, por motivaciones que se deben a una psique a veces perversa y que, en cualquier caso, tienen su origen en el fondo oscuro e impenetrable de ese corazón humano que es un abismo insondable. Es más, a menudo es tal la codicia de posesión que quien está sometido a ella se vuelve ciego, y en sus actos refleja su ceguera.

 

El hecho de que ese hijo sea arrojado fuera de la viña y asesinado es una evidente alusión a la muerte de Jesús, que tuvo lugar fuera de las murallas de la ciudad, fuera de la puerta de la ciudad (Hb 13,12). Se trata, pues, de la alegoría de la historia de Dios con su pueblo hasta el envío del Hijo, tras los numerosos envíos de profetas.

 

Jesús, tras narrar esta parábola, pide a sus interlocutores que den su opinión sobre ella, sobre lo que hará el dueño de la viña cuando venga. Y ellos dan una respuesta vehemente, una respuesta despiadada que se inscribe en la misma lógica de la violencia de la que se habla en la parábola.

 

Jesús, en cambio, les remite a las Escrituras y les pregunta si nunca han leído el texto del Salmo 118 sobre la piedra desechada que se ha convertido en piedra angular. Es decir, les remite a la acción de Dios, que se hará evidente en la muerte del propio Jesús, cuando el Mesías, piedra desechada por los hombres, pero resucitada por Dios, se haya convertido en piedra angular.

 

Jesús muestra que la acción humana y la acción de Dios son diferentes, son distintas, siguen caminos divergentes: una, la acción humana, produce desechos; la otra, la de Dios, se sirve del desecho para convertirlo en material de construcción, es más, en piedra angular.

 

La acción de Dios, que hace del desecho humano el fundamento de la historia de la salvación (cf. Mt 21,42), se ve contradicha por la acción humana que crea desechos y produce marginados.

 

Esta es la acción de Dios: «Dios elige lo que en el mundo es vil y despreciado» (1 Cor 1,28). Esta es la escandalosa acción mesiánica, y esta es llamada a ser la acción de los mesiánicos, los «cristianos».

 

Pero esa acción que genera desechos, que crea primeros y segundos, que crea últimos y marginados, que produce perdedores mientras exalta a los ganadores, puede darse también en el ámbito eclesial, en el ámbito comunitario.

 

Y esto también es una forma de violencia que debe ser reconocida y denunciada. Para que, al arrojar luz y claridad, se pueda restablecer un clima de paz. En uno mismo y en las relaciones recíprocas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Fui forastero y me acogisteis - San Mateo 25, 35 -.

Fui forastero y me acogisteis - San Mateo 25, 35 - Escuchad, pueblos, pues el tiempo de lo superfluo ha llegado a su fin y la hora de lo es...