¿Y qué hará Dios ante la ceguera homicida? - San Mateo 21, 33-43 -
Esta parábola se presenta como una alegoría en la que se pueden identificar los personajes literarios con los protagonistas a los que se alude.
Dios es el señor y dueño de la viña; es más, es quien
la plantó, quien la creó, la fundó y le dio vida. Él poseía un terreno y allí
plantó una viña. A la viña – Israel -, elegida y amada por Dios, se envían en
repetidas ocasiones los profetas, quienes suelen encontrarse con rechazo,
oposición, contestación, violencia y muerte sangrienta. Con una obstinación que
nos sorprende, Dios sigue enviando a otros hombres a la viña.
Pero aún más debería impactarnos y escandalizarnos la
traición de los responsables de la viña, movidos por la codicia de poseer:
poseer la viña, erigirse en amos de la comunidad y, por ende, en amos de las
personas, hasta el punto de hacerles daño e impedirles vivir.
La traición cometida por los responsables es, ante
todo, una traición a la humanidad: su comportamiento es violento, inhumano,
homicida; es prevaricación y abuso; es pérdida del sentido de la medida,
desconexión de la realidad, pérdida de la propia dignidad, embruteciéndose
hasta llegar a la violencia y la violación de la dignidad ajena con una
absoluta falta de respeto que llega hasta el asesinato.
Es la falta de escrúpulos de quienes ocupan el espacio
eclesial y, sin remordimientos, ofenden y maltratan, comportándose no como
siervos, sino como amos. No son muy diferentes los tonos que utiliza el tercer
evangelista para hablar de los responsables de las comunidades, que en sí mismos
serían siervos, y que se
convierten en prevaricadores al comenzar, según dice Lc 12,45, «a
golpear a los siervos y a las siervas, a comer, a beber y a emborracharse».
He aquí el contraste entre el comportamiento de Dios,
que confía y sigue creyendo en el bien y en practicarlo, y un comportamiento
que es completamente indiferente a la intención y a la espera de aquel que
envía a quienes deben recoger los frutos.
He aquí la distorsión que se produce en el espacio de
la espera: un espacio que podría ser de libertad y de crecimiento, y que se
convierte en lugar de perversión, de violencia, de maldad.
Pero al final de los envíos lo absurdo del comportamiento
del dueño de la viña - es decir, Dios - se manifiesta al máximo con el envío
del Hijo, acompañado además de un pensamiento: «Respetarán a mi hijo».
¿Por qué, se pregunta el lector, estos personajes que ya han recorrido el camino hacia la perversión de su humanidad deberían respetar al hijo?
Al golpear al hijo, se golpeará más directamente al
padre y al dueño de la viña. Es más, y aquí surge la diferencia abismal entre
el pensamiento del dueño de la viña y el de los labradores. Su pensamiento es
de amos: «Matémoslo y nos quedaremos con su herencia» (Mt 21,38).
Poco importa que todo esto sea poco verosímil, poco
racional y poco lógico. En la vida cotidiana son infinitos los comportamientos
motivados por la irracionalidad, la ilógica, por motivaciones que se deben a
una psique a veces perversa y que, en cualquier caso, tienen su origen en el
fondo oscuro e impenetrable de ese corazón humano que es un abismo insondable.
Es más, a menudo es tal la codicia de posesión que quien está sometido a ella
se vuelve ciego, y en sus actos refleja su ceguera.
El hecho de que ese hijo sea arrojado fuera de la viña
y asesinado es una evidente alusión a la muerte de Jesús, que tuvo lugar fuera
de las murallas de la ciudad, fuera de la puerta de la ciudad (Hb 13,12). Se
trata, pues, de la alegoría de la historia de Dios con su pueblo hasta el envío
del Hijo, tras los numerosos envíos de profetas.
Jesús, tras narrar esta parábola, pide a sus
interlocutores que den su opinión sobre ella, sobre lo que hará el dueño de la
viña cuando venga. Y ellos dan una respuesta vehemente, una respuesta
despiadada que se inscribe en la misma lógica de la violencia de la que se
habla en la parábola.
Jesús, en cambio, les remite a las Escrituras y les
pregunta si nunca han leído el texto del Salmo 118 sobre la piedra desechada que se ha
convertido en piedra angular. Es decir, les remite a la acción de Dios,
que se hará evidente en la muerte del propio Jesús, cuando el Mesías, piedra
desechada por los hombres, pero resucitada por Dios, se haya convertido en
piedra angular.
Jesús muestra que la acción humana y la acción de Dios
son diferentes, son distintas, siguen caminos divergentes: una, la acción
humana, produce desechos; la otra, la de Dios, se sirve del desecho para
convertirlo en material de construcción, es más, en piedra angular.
La acción de Dios, que hace del desecho humano el
fundamento de la historia de la salvación (cf. Mt 21,42), se ve contradicha por
la acción humana que crea desechos y produce marginados.
Esta es la acción de Dios: «Dios elige lo que en el mundo es
vil y despreciado» (1 Cor 1,28). Esta es la escandalosa acción mesiánica, y esta es llamada a ser la
acción de los mesiánicos, los «cristianos».
Pero esa acción que genera desechos, que crea primeros
y segundos, que crea últimos y marginados, que produce perdedores mientras
exalta a los ganadores, puede darse también en el ámbito eclesial, en el ámbito
comunitario.
Y esto también es una forma de violencia que debe ser
reconocida y denunciada. Para que, al arrojar luz y claridad, se pueda
restablecer un clima de paz. En uno mismo y en las relaciones recíprocas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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