martes, 22 de septiembre de 2026

Érase una vez un hombre...

Un hombre 

es asaltado por unos bandidos.

 

Es un samaritano, un extranjero, quien le socorre.

 

Quién sabe si el desafortunado asaltado de la parábola evangélica haya cambiado de opinión sobre lo que pensaba hasta entonces de los samaritanos, o si, al menos, haya dado las gracias a ese samaritano que le socorrió, salvándole la vida…

 

No lo sabemos.

 

En cambio, sabemos cómo empieza la parábola: Un hombre.

 

Ahí está la clave.

 

Aquí dentro estoy yo,

 

estás tú,

 

estamos nosotros,

 

están los demás.

 

Estamos todos.


 

Un hombre es,

 

un salteador, el autor de la ofensa.

 

Un hombre es,

 

la víctima que la ha sufrido.

 

Un hombre es,

 

alguien que lo ha visto y no se ha detenido, pasando de largo.

 

Un hombre es,

 

antes de ser un samaritano o un ciudadano o un inmigrante o…

 

Un hombre es,

 

cada uno de nosotros, antes de ser un espectador o alguien que olvida lo que ocurre.

 

Un hombre.

 

¿O es estamos perdiendo el principio, la conciencia de la humanidad, lo que constituye el fundamento de toda nuestra historia?


Y, sin embargo, es lo que Jesús pone al principio, al inicio de su relato: Un hombre.

 


Un hombre.

 

Que la parábola del samaritano, luego,

de todo hombre de la historia, no mencione su nombre,

sino que lo defina por categoría:

un sacerdote,

un levita,

un bandido,

un samaritano,

un posadero…

nos sirve de espejo.

 

Porque refleja lo que nosotros, incluso hoy, tantas veces no queremos ver y, de hecho, no vemos: Un hombre.

 

Un hombre.

 

Quizá sea también desde aquí desde donde debamos volver a empezar: a re-humanizarnos.

 

Volver a ser humanos.

 

Porque cada uno de nosotros, antes que cualquier categoría, es "Un hombre".

 

Y el hombre abatido, antes de ser un judío, un ciudadano nacional, es Un hombre.

 

Y el hombre que salva, antes de ser un samaritano, un ciudadano regular o un irregular, es Un hombre.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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