Un hombre
es
asaltado por unos bandidos.
Es un
samaritano, un extranjero, quien le socorre.
Quién
sabe si el desafortunado asaltado de la parábola evangélica haya cambiado de
opinión sobre lo que pensaba hasta entonces de los samaritanos, o si, al menos,
haya dado las gracias a ese samaritano que le socorrió, salvándole la vida…
No lo
sabemos.
En cambio, sabemos cómo empieza la parábola: Un hombre.
Ahí
está la clave.
Aquí
dentro estoy yo,
estás
tú,
estamos
nosotros,
están
los demás.
Estamos
todos.
Un hombre es,
un
salteador, el autor de la ofensa.
Un hombre es,
la
víctima que la ha sufrido.
Un hombre es,
alguien
que lo ha visto y no se ha detenido, pasando de largo.
Un hombre es,
antes
de ser un samaritano o un ciudadano o un inmigrante o…
Un hombre es,
cada
uno de nosotros, antes de ser un espectador o alguien que olvida lo que ocurre.
Un hombre.
¿O es estamos
perdiendo el principio, la conciencia de la humanidad, lo que constituye el
fundamento de toda nuestra historia?
Y, sin
embargo, es lo que Jesús pone al principio, al inicio de su relato: Un hombre.
Un hombre.
Que la
parábola del samaritano, luego,
de
todo hombre de la historia, no mencione su nombre,
sino
que lo defina por categoría:
un sacerdote,
un levita,
un bandido,
un samaritano,
un
posadero…
nos
sirve de espejo.
Porque refleja
lo que nosotros, incluso hoy, tantas veces no queremos ver y, de hecho, no vemos: Un hombre.
Un hombre.
Quizá sea también desde aquí desde donde debamos
volver a empezar: a re-humanizarnos.
Volver a ser humanos.
Porque cada
uno de nosotros, antes que cualquier categoría, es "Un hombre".
Y el hombre abatido, antes de ser un judío, un
ciudadano nacional, es Un hombre.
Y el hombre que salva, antes de ser un samaritano, un ciudadano
regular o un irregular, es Un hombre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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