Evangelio: una llamada a poner los ojos en lo esencial
Hay una hora de la vida en la que los ruidos se apagan y las cosas se muestran tal y como son.
Las palabras pierden sus defensas, las costumbres dejan de parecer inevitables y, en el silencio, se distingue mejor lo que proviene del Misterio de lo que los hombres han construido en su nombre.
Al leer el Evangelio en esta hora interior, llama la atención la libertad de Jesús: una libertad serena y radical, que no necesita imponerse, porque nace de una mirada clara.
Jesús no se deja aprisionar por las leyes elaboradas por los hombres de religión, ni por las circunstancias que pretenden imponer gestos, distancias y palabras ya establecidas.
Donde otros ven una norma que defender, Él ve a una persona.
Donde otros miden la corrección de un rito, Él escucha una herida, un hambre, un deseo de ser acogido.
Jesús no pide a quien tiene delante que se someta primero a las formalidades de la tradición; le devuelve la dignidad, lo acoge tal y como es, le abre un espacio en el que pueda respirar.
Su libertad proviene del amor.
Su mirada se dirige directamente al rostro con el que se encuentra, sin detenerse en las etiquetas que le han colgado.
Jesús desea que cada persona se sienta alcanzada, reconocida, por fin en casa. Por eso acoge a todos con misericordia: no con una benevolencia distraída, sino con una cercanía capaz de adentrarse en las zonas más oscuras de la existencia sin temer su sombra.
Y es precisamente hacia aquellos a quienes las tradiciones humanas han alejado donde esta atención se hace más intensa.
Los hombres del poder religioso han convertido a menudo los comportamientos, las fragilidades y las diferencias en sentencias; han llamado pecado a lo que no comprendían, separando a las personas del Misterio justo en el momento en que pretendían custodiar su presencia.
Jesús, en cambio, traspasa esas fronteras. Va al encuentro de quienes han sido estigmatizados, se sienta junto a quienes se consideran impuros, toca a quienes nadie quiere tocar.
Ha venido para acercar a todos al Padre, sin excluir a nadie.
Por eso se adentra en los márgenes, allí donde la noche parece más densa y el abandono más definitivo.
Busca a quienes han sido dejados fuera, se acerca a quienes han aprendido a esconderse, abraza a quienes ya no se atreven a esperar un abrazo.
En su misericordia, el Padre no se presenta como el guardián de un umbral, sino como aquel que sale al encuentro de sus hijos y vuelve a abrir la casa.
Pero una libertad así no surge de la improvisación.
Requiere un largo trabajo en lo más profundo de uno mismo, allí donde las voces del miedo y de la obediencia ciega siguen hablando incluso cuando todo calla.
Es necesario adentrarse en las tradiciones recibidas, indagar en sus raíces, distinguir la sabiduría de los engaños y la fe de los artificios con los que el poder se protege a sí mismo.
No todo lo antiguo es sagrado; no todo lo que se repite conduce a la vida.
Solo quien reconoce y rompe las cadenas construidas por los hombres puede adentrarse en la noche del mundo sin añadirle más oscuridad.
Solo quien ha aprendido a ser libre puede acercarse a los demás sin dominarlos, desatar nudos sin imponer nuevos lazos, pronunciar palabras que no juzgan, sino que abren caminos.
La libertad de Jesús es esta luz discreta: no deslumbra, no humilla, no excluye.
Su luz permanece encendida junto a cada rostro, hasta que cada uno pueda reencontrar el camino del Padre y descubrir que nunca ha sido olvidado.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario