Tu mirada me hace bien
Hay una forma de mirar que no se limita a posar la mirada en alguien.
Es una atención que traspasa la distancia, una mirada
que parece venir de lejos y, sin embargo, llega hasta lo más íntimo de la
persona.
De hecho, la presencia física no siempre basta para
demostrar interés: se puede estar al lado de alguien sin encontrarse realmente
con él, compartir los mismos espacios sin darse cuenta de sus preguntas, de sus
heridas, de sus deseos.
Por el contrario, se puede estar lejos y seguir
velando por la vida del otro con una solicitud discreta, capaz de acompañar sus
pasos sin retenerlos.
Sentir sobre uno mismo una mirada interesada es una de
las experiencias existenciales más profundas y, al mismo tiempo, más sencillas.
En esa mirada recibimos un mensaje silencioso: «Tu
vida importa. Lo que vives me concierne».
No es control, no es curiosidad, no es intromisión. Es reconocimiento. Quien nos mira así no pretende ocupar el centro de nuestra existencia, sino que nos ayuda a percibir su valor.
Por eso, una mirada auténticamente afectuosa infunde
alegría. No la alegría superficial de quien olvida las dificultades, sino la
más tenaz de quien sabe que no tiene que atravesarlas solo.
Que nos miren desde lejos y sentir que alguien sigue
con respeto los movimientos de nuestra vida significa tener una certeza: hay
una presencia que no hace ruido, y sin embargo permanece.
Su fuerza consiste precisamente en no imponerse. Vela
sin vigilar, anima sin dirigir, espera sin abandonar.
Una mirada físicamente ausente pero espiritualmente
presente es, en el fondo, una forma de confianza. Le dice al otro: «Creo
que puedes caminar con tus propias piernas, y me quedo aquí sin sustituirte».
Esta es la diferencia entre la posesión y el cuidado.
La posesión teme la distancia e intenta reducirla; el
cuidado, en cambio, sabe habitarla. Acepta que el otro tenga su propio ritmo,
su propio camino e incluso sus propios errores, sin dejar de ofrecerle un lugar
interior en el que sentirse acogido.
Acompañar a alguien con la mirada de la conciencia es
un gesto exigente. Requiere recordar al otro incluso cuando no está ante
nosotros, preguntarnos por el bien posible para él sin convertir esta pregunta
en una exigencia.
Puede hacerlo quien ha aprendido a amar, es decir,
quien ha descubierto que el amor no consiste en retener, sino en generar
libertad.
Y a menudo esta capacidad surge de haber sido, en
primer lugar, destinatarios de una mirada bondadosa.
De hecho, en la infancia, incluso antes de las
palabras, aprendemos a conocernos a través de los ojos de quienes nos cuidan.
El padre, la madre, los hermanos y hermanas, los
abuelos y otras figuras significativas conforman el primer entramado afectivo
en el que descubrimos si el mundo es un lugar en el que se puede confiar y si
somos dignos de atención.
Un niño acogido por una mirada estable puede alejarse,
explorar, caerse y volver a empezar, porque lleva dentro de sí el recuerdo de
un posible regreso.
En este sentido, podemos decir que también somos la
mirada que hemos recibido, o la que nos ha faltado.
La mirada de los demás se convierte poco a poco en la
forma en que nos miramos a nosotros mismos.
Si nos han observado con confianza, aprendemos a
reconocer posibilidades incluso en nuestras fragilidades; si nos han acogido
sin tener que demostrar continuamente nuestro valor, nos resultará más fácil
relacionarnos con los demás sin utilizarlos como espejos o como jueces.
La calidad de las primeras relaciones no determina
mecánicamente todas las decisiones futuras, pero deja una huella profunda en
nuestra forma de amar, de pedir ayuda y de afrontar la separación.
La ausencia de una mirada amorosa puede dejar un vacío
difícil de nombrar.
Quien no se ha sentido visto corre el riesgo de
encerrarse en sí mismo para protegerse o de mendigar confirmaciones, confiando
a los demás la tarea imposible de llenar cada vacío. Puede confundir la
atención con la aprobación, la cercanía con la dependencia, el amor con el
miedo a que le abandonen.
Detrás de muchos gestos de dureza o de complacencia se esconde a veces la misma pregunta: ¿alguien se da cuenta realmente de nosotros?
Pero la herida no es una condena. La historia que
hemos recibido ejerce una influencia poderosa, pero no tiene la última palabra.
A lo largo de la vida podemos encontrarnos con
personas capaces de ofrecernos una atención nueva; podemos aprender a reconocer
nuestras carencias sin vergüenza y a ocuparnos de ellas; podemos incluso educar
nuestra mirada, haciéndola menos impaciente y más acogedora.
A veces basta con una amistad fiel, una relación
educativa, un proceso de escucha o una comunidad auténtica para que la imagen
de uno mismo comience a recomponerse, poco a poco.
Quien ha experimentado la fuerza de ser mirado con
amor puede, a su vez, convertirse en una presencia que protege.
No hacen falta gestos extraordinarios.
Significa recordar a una persona con el paso del
tiempo, preguntarle cómo está y escuchar de verdad la respuesta; darse cuenta
de un cambio, respetar un silencio, animar sin adular. Significa también seguir
viendo la dignidad del otro cuando él mismo tiene dificultades para
reconocerla.
Quizá amar sea precisamente esto: acoger a alguien en
nuestro mundo interior sin aprisionarlo, dejar que la distancia no se convierta
en indiferencia y que la cercanía no se transforme en posesión.
La mirada que viene de lejos no elimina la soledad,
sino que la hace habitable; no resuelve la vida del otro, sino que le ofrece un
rumbo de confianza.
Cuando recibimos una mirada así, algo en nuestro
interior se relaja: podemos salir al mundo sin sentirnos dispersos, porque
sabemos que tenemos un lugar en la mirada de alguien.
Y cuando aprendemos a ofrecerla, esa misma luz se multiplica.
Y nos convertimos para los demás en aquello que un día nos sostuvo, o
quizá en aquello que hubiéramos deseado recibir: una presencia sobria, fiel,
capaz de decir sin palabras que ninguna vida es invisible.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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