martes, 20 de octubre de 2026

“Amarás”: ese es tu presente y tu futuro - San Mateo 22, 34-40 -.

“Amarás”: ese es tu presente y tu futuro - San Mateo 22, 34-40 -

Devolvamos a Dios lo que es de Dios. 

Intentémoslo.

 

De Él hemos recibido la vida, este magnífico planeta que debemos cuidar y cultivar, pero, sobre todo, de Dios recibimos el amor.

 

Es Él quien inventó el amor. Es Él quien nos ama, sin importar nada, sin condiciones. Por eso somos capaces de cambiar.

 

Un amor verdadero, constante, liberador.

 

No un amor superficial, caprichoso, que nos llena de culpa.

 

Soy amado. Tú eres amado.

 

A esto nos lleva la experiencia de la fe. Allí nos lleva el Señor Jesús, el Maestro. Porque, en serio, toda nuestra vida gira en torno a sabernos amados, a dejarnos amar, a amar.

 

De esto depende todo lo demás: nuestra moral, la pastoral, el sueño de una Iglesia que sea profecía de una humanidad reconciliada. De la experiencia de descubrirnos amados y de la elección de amar.

 

El amor, en el fondo, es lo que buscamos en todas las cosas, en cada mirada, en cada situación, aunque nos cueste entender qué es lo que hace posible que el amor perdure.

 

Es una paradoja que experimentamos continuamente: en nosotros es fuerte el deseo de amar y de ser amados y, sin embargo, nos cuesta encontrar una situación en la que el amor perdure.

 

Peor aún: en el frágil mundo en el que vivimos, el propio concepto de amor se ha vuelto ambiguo.

 

Idealizado y degradado, malvendido y absolutizado, reducido a una experiencia fugaz, lúdica, egocéntrica.

 

Exijo amor, pero estoy poco dispuesto a amar. Confundo la emoción con el sentimiento. No acepto mis límites. Un poco infantil, un poco víctima, me compadezco de mí mismo porque nadie me ama, pero no estoy dispuesto a dar el primer paso, de forma desinteresada, sin poner condiciones.

 

Tomémonoslo con calma, pues, porque no sabemos muy bien en qué consiste el amor. 

 

Las diez palabras, traducidas de forma impropia en nuestra lengua como diez mandamientos, eran las indicaciones que el Dios liberador de esclavos había dado al pueblo de Israel y a nosotros como guía para un camino hacia la plenitud y la felicidad.

 

El seto que bordea el camino hacia la felicidad, como dice el Talmud.

 

Pero los devotos las consideraban demasiado sujetas a interpretación, asustados como estamos, sobre todo nosotros, los creyentes, por el exigente don de la libertad. Así que, con el paso de los años, se había añadido una maraña de normas, minuciosas y a veces incomprensibles, que liberaban al devoto de la ardua tarea de discernir.

 

Bastaba con obedecer y observar los preceptos. Poco importaba si, al hacerlo, se traicionaba la intención divina.

 

Las normas que había que respetar habían llegado a ser 613, lo que ya suponía una dificultad incluso solo para recordarlas todas. Así, la pregunta de cuáles eran las más importantes resonaba a menudo en las escuelas de los rabinos.

 

¿Qué preceptos son más importantes?

 

Todos, respondían los fariseos, los pretorianos de la fe.

 

Solo los de Moisés, argumentaban los saduceos, conservadores impenitentes.

 

Jesús responde como solían hacerlo otros rabinos, en aquella época más famosos que Él: amar a Dios y amar al prójimo.

 

El primer mandamiento es una oración, el Shemá, en la que se invitaba al pueblo de Israel a amar a Dios con todas sus fuerzas, con todo su corazón y con toda su mente. El segundo es el amor al prójimo como a uno mismo.

 

¿Se puede ordenar que se ame? No, claro que no.

 

Existe un mandamiento anterior al primero, el mandamiento cero que se deriva de toda la Escritura: déjate amar. Entonces nuestro amor se convierte en una respuesta. La respuesta. Ama con todo, dice la oración. Con todo lo que eres, con todo lo que puedes, lo mejor que puedas.

 

Si te descubres amado, puedes amar de verdad a Dios. Puedes atreverte a darlo todo de ti mismo. Como querría hacerlo quien está enamorado. Porque, al ser amado, te vuelves capaz de amar.

 

Ama con emoción y pasión, ama con fuerza y concreción, ama con inteligencia.

 

Ama lo mejor que puedas.

 

Porque puedes amar con el amor con el que eres amado. 

 


En San Mateo, Jesús dice que el segundo mandamiento es similar al primero.

 

Ahora Dios y el hermano se sitúan en el mismo plano. Sin dicotomías, sin jerarquías, ni ambigüedades. El amor que descubres en ti te basta para amar todo y a todos. A Dios y a los demás.

 

Porque el amor no se divide, sino que se multiplica y se amplifica.

 

Amas a Dios al encontrar su mirada en la de los hermanos.

 

Amas a los hermanos con el amor que has descubierto que tienes en el corazón.

 

Ya no existe, en Dios, el riesgo de odiar a los demás en su nombre, de inventarse enemigos.

Es imposible, a los ojos de Dios. Ahora lo humano y lo divino se funden en un mismo corazón, el de Cristo.

 

Es más: solo soy capaz de amar a los demás con el amor que me viene de Dios si, a la luz de la infinita ternura y compasión del Señor, aprendo a amarme a mí mismo reconociendo mis sombras y acogiendo la luz que se me ha regalado.

 

No soy el enano de mis miedos.

 

Ni el gigante de mi narcisismo y de mis ambiciones.

 

Yo soy yo. Chispa de la presencia de Dios, capaz de reconocer y hacer florecer el alma si me oriento hacia el absoluto que soy y que me llena.

 

Entonces amo a los demás no porque sean especialmente amables o simpáticos, sino porque son amados por Dios, que solo ve en nosotros la obra maestra que tenía en mente cuando nos creó.

 

Sí, qué bonito es seguir estos mandamientos. Qué bonito es amar.

 

Y desde aquí comenzamos nuestra semana. Desde esta perspectiva afrontamos las ansiedades y los miedos de la pandemia que se asoma a nuestra vida cotidiana. Desde aquí arriba podemos releer nuestras vidas y hacerlas más ligeras.

 

Es el corazón el que cambia la mirada. Es la mirada la que ve las situaciones y las acoge, sin hundirse en la ansiedad si no consigue gestionarlas y resolverlas.

 

De la conciencia de descubrirse amados, de la elección de amar, depende todo lo demás.


Déjate amar.

 

Elige amar con el Amor con el que eres amado.

 

Lo mejor que puedas.

 

He aquí nuestro precepto.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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