“Amarás”: ese es tu presente y tu futuro - San Mateo 22, 34-40 -
Devolvamos a Dios lo que es de Dios.
Intentémoslo.
De Él hemos recibido la vida, este magnífico planeta
que debemos cuidar y cultivar, pero, sobre todo, de Dios recibimos el amor.
Es Él quien inventó el amor. Es Él quien nos ama, sin
importar nada, sin condiciones. Por eso somos capaces de cambiar.
Un amor verdadero, constante, liberador.
No un amor superficial, caprichoso, que nos llena de
culpa.
Soy amado. Tú eres amado.
A esto nos lleva la experiencia de la fe. Allí nos
lleva el Señor Jesús, el Maestro. Porque, en serio, toda nuestra vida gira en
torno a sabernos amados, a dejarnos amar, a amar.
De esto depende todo lo demás: nuestra moral, la
pastoral, el sueño de una Iglesia que sea profecía de una humanidad
reconciliada. De la experiencia de descubrirnos amados y de la elección de
amar.
El amor, en el fondo, es lo que buscamos en todas las
cosas, en cada mirada, en cada situación, aunque nos cueste entender qué es lo
que hace posible que el amor perdure.
Es una paradoja que experimentamos continuamente: en
nosotros es fuerte el deseo de amar y de ser amados y, sin embargo, nos cuesta
encontrar una situación en la que el amor perdure.
Peor aún: en el frágil mundo en el que vivimos, el
propio concepto de amor se
ha vuelto ambiguo.
Idealizado y degradado, malvendido y absolutizado,
reducido a una experiencia fugaz, lúdica, egocéntrica.
Exijo amor, pero estoy poco dispuesto a amar. Confundo
la emoción con el sentimiento. No acepto mis límites. Un poco infantil, un poco
víctima, me compadezco de mí mismo porque nadie me ama, pero no estoy dispuesto
a dar el primer paso, de forma desinteresada, sin poner condiciones.
Tomémonoslo con calma, pues, porque no sabemos muy
bien en qué consiste el amor.
Las diez palabras, traducidas de forma impropia en nuestra lengua como diez mandamientos, eran las indicaciones que el Dios liberador de esclavos había dado al pueblo de Israel y a nosotros como guía para un camino hacia la plenitud y la felicidad.
El seto
que bordea el camino hacia la felicidad, como dice
el Talmud.
Pero los devotos las consideraban demasiado sujetas a
interpretación, asustados como estamos, sobre todo nosotros, los creyentes, por
el exigente don de la libertad. Así que, con el paso de los años, se había
añadido una maraña de normas, minuciosas y a veces incomprensibles, que
liberaban al devoto de la ardua tarea de discernir.
Bastaba con obedecer y observar los preceptos. Poco
importaba si, al hacerlo, se traicionaba la intención divina.
Las normas que había que respetar habían llegado a ser
613, lo que ya suponía una dificultad incluso solo para recordarlas todas. Así,
la pregunta de cuáles eran las más importantes resonaba a menudo en las
escuelas de los rabinos.
¿Qué preceptos son más importantes?
Todos, respondían los fariseos, los pretorianos de la fe.
Solo los
de Moisés, argumentaban los
saduceos, conservadores impenitentes.
Jesús responde como solían hacerlo otros rabinos, en
aquella época más famosos que Él: amar a Dios y amar al prójimo.
El primer mandamiento es una oración, el Shemá, en la que se invitaba al
pueblo de Israel a amar a Dios con todas sus fuerzas, con todo su corazón y con
toda su mente. El segundo es el amor al prójimo como a uno mismo.
¿Se puede ordenar
que se ame? No, claro que no.
Existe un mandamiento anterior al primero, el
mandamiento cero que se
deriva de toda la Escritura: déjate
amar. Entonces nuestro amor se convierte en una respuesta. La respuesta. Ama con todo, dice la oración. Con todo
lo que eres, con todo lo que puedes, lo mejor que puedas.
Si te descubres amado, puedes amar de verdad a Dios.
Puedes atreverte a darlo todo de ti mismo. Como querría hacerlo quien está
enamorado. Porque, al ser amado, te vuelves capaz de amar.
Ama con emoción y pasión, ama con fuerza y concreción,
ama con inteligencia.
Ama lo mejor que puedas.
Porque puedes amar con el amor con el que eres amado.
En San Mateo, Jesús dice que el segundo mandamiento es similar al primero.
Ahora Dios y el hermano se sitúan en el mismo plano.
Sin dicotomías, sin jerarquías, ni ambigüedades. El amor que descubres en ti te
basta para amar todo y a todos. A Dios y a los demás.
Porque el amor no se divide, sino que se multiplica y
se amplifica.
Amas a Dios al encontrar su mirada en la de los
hermanos.
Amas a los hermanos con el amor que has descubierto
que tienes en el corazón.
Ya no existe, en Dios, el riesgo de odiar a los demás
en su nombre, de inventarse enemigos.
Es imposible, a los ojos de Dios. Ahora lo humano y lo
divino se funden en un mismo corazón, el de Cristo.
Es más: solo soy capaz de amar a los demás con el amor
que me viene de Dios si, a la luz de la infinita ternura y compasión del Señor,
aprendo a amarme a mí mismo reconociendo mis sombras y acogiendo la luz que se
me ha regalado.
No soy el enano de mis miedos.
Ni el gigante de mi narcisismo y de mis ambiciones.
Yo soy yo. Chispa de la presencia de Dios, capaz de
reconocer y hacer florecer el alma si me oriento hacia el absoluto que soy y
que me llena.
Entonces amo a los demás no porque sean especialmente
amables o simpáticos, sino porque son amados por Dios, que solo ve en nosotros
la obra maestra que tenía en mente cuando nos creó.
Sí, qué bonito es seguir estos mandamientos. Qué
bonito es amar.
Y desde aquí comenzamos nuestra semana. Desde esta
perspectiva afrontamos las ansiedades y los miedos de la pandemia que se asoma
a nuestra vida cotidiana. Desde aquí arriba podemos releer nuestras vidas y
hacerlas más ligeras.
Es el corazón el que cambia la mirada. Es la mirada la
que ve las situaciones y las acoge, sin hundirse en la ansiedad si no consigue
gestionarlas y resolverlas.
De la conciencia de descubrirse amados, de la elección
de amar, depende todo lo demás.
Déjate amar.
Elige amar con el Amor con el que eres amado.
Lo mejor que puedas.
He aquí nuestro precepto.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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