La jerarquía de las verdades: “amarás” - San Mateo 22, 34-40 -
El Evangelio sitúa el mandamiento del amor en el centro de la vida del creyente. Es más, el amor como mandamiento. Y esto forma parte de la respuesta que Jesús da a la pregunta que, aunque en sí misma legítima y habitual en aquella época, se formula, sin embargo, con una intención perversa (Mt 22,35). La respuesta de Jesús responde a la pregunta sobre qué es lo central, lo esencial, lo indispensable en la vida de fe.
El creyente debería plantearse siempre esta pregunta,
porque el paso del tiempo corre el riesgo de hacernos perder la perspectiva de
las cosas, la justa proporción de los problemas, y de hacernos perder en los
detalles. Y el confusionismo, como se sabe, se esconde en los detalles…
La pregunta dirigida a Jesús revela que hay un orden
en la voluntad de Dios, al igual que existe una jerarquía de valores en las
realidades que vivimos. En nuestra vida existe la necesidad de ir a lo
esencial, de encontrar un centro, un punto de síntesis, una realidad que dé
unidad y sentido a lo que hacemos y sin la cual nuestra vida se disipa, se
pierde en futilidades convertidas en motivos de vida.
La pregunta formulada por el doctor de la Ley es
también para nosotros un destello de lucidez: ¿qué es, entre tantas cosas que
atribuimos a la voluntad de Dios, a lo sagrado, lo verdaderamente decisivo? ¿Y
qué, en cambio, puede dejarse de lado?
Esto forma parte del proceso de una reforma, tanto a
nivel personal como eclesial y comunitario. De lo contrario, los elementos
periféricos pueden adquirir una centralidad que pervierte toda la vida.
La reforma es discernimiento entre la verdad y la
costumbre: porque el riesgo que a menudo se da en la Iglesia es el de
absolutizar lo que es relativo y sustituir la verdad por elementos
particulares, por detalles. Una operación, precisamente, diabólica. Al fijarse
siempre y solo en un árbol, se acaba por no ver ya el bosque y, así, no se
conoce ni el bosque ni el árbol, ni el detalle ni el conjunto.
En cuanto al hecho de que la respuesta de Jesús hable
de un primer y un segundo mandamiento, esto no significa solo que exista un
orden entre los mandamientos, pues luego Jesús añade que los dos mandamientos
son similares: «El segundo, es decir, amar al prójimo, es similar al primero, es decir,
amar a Dios con todo el ser» (cf. Mt 22,39).
Entre los dos mandamientos existe reciprocidad, como
en un espejo. El amor al
prójimo es espejo del amor a Dios. Existe con-sustancialidad entre ambos. San Juan
lo expresará muy bien: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no
puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20).
El amor al prójimo, que depende del amor a Dios con
toda la propia alma, implica un esfuerzo por salir de uno mismo que lleva a
amar incluso a quien, a los ojos humanos, es un enemigo, pero que, a los ojos
de Dios, sigue siendo una criatura a su imagen y semejanza, un hijo suyo, un
hermano mío. Así, el amor al prójimo se convierte en narración sacramental del
amor de Dios por el hombre y en testimonio del amor humano por Dios.
¿Por qué el amor al prójimo es el segundo mandamiento?
San Mateo habla del mandamiento de amar a Dios como el
«primero»
(Mt 22,38; cf. Mc 12,29) y del de amar al prójimo como el «segundo» (Mt 22,38; cf.
Mc 12,31). En San Lucas ya no se hace mención alguna al primero y al segundo:
este orden de los mandamientos desaparece y ambos quedan plenamente unificados
(Lc 10,27).
Pero, de manera más radical, el carácter «segundo»
del mandamiento de amar al prójimo está relacionado, ante todo, con su propia
condición de mandamiento. Y
en esto coincide con el mandamiento de amar a Dios.
El mandamiento expresa la prioridad de Aquel que lo
formula y lo dona. ¿Y quién puede mandar el amor sino aquel que ama? ¿Sino el
que ama? Así, la experiencia de ser amados por Dios es la base del mandamiento
de amar tanto a Dios como al prójimo. Y es el fundamento de la posibilidad de
que el hombre lo cumpla.
Solo el alma amada por Dios puede acoger el
mandamiento del amor al prójimo hasta llevarlo a cumplimiento. La primera carta
de San Juan afirma: «Dios nos amó primero» (1 Jn 4,19).
El mandamiento, pues, no es solo una «orden»,
sino también la revelación de una
posibilidad. El mandamiento dice «debes», pero también dice, y de
forma prioritaria, «puedes». Es más, se basa en el «puedes». El mandamiento
se convierte así en luz en el camino del hombre, en una oferta de sentido y de
vida hecha por quien cree en la capacidad del hombre para ponerlo en práctica y
encontrar en él su propia alegría.
El mandamiento es testimonio de la confianza de Dios
en el hombre. Dios cree en el hombre y en su capacidad de amar, hasta tal punto
que el mandamiento resuena también como una promesa: «Amarás».
El mandamiento puede despertar en el hombre capacidades,
posibilidades y recursos de los que no era consciente. Ese «amarás»
(repetido dos veces en el pasaje de San Mateo) es un futuro, y dice que solo el
amor crea futuro.
Amarás: tu futuro está en amar. Al amar en el presente, te
abres un futuro que tiene sentido. Al amar, te das un futuro porque el amor
siempre tiene razón y se basta a sí mismo. Aunque no se comprenda, se
malinterprete o se desprecie. Y al abrirte un futuro, también puedes abrirlo
para los demás, siempre gracias al amor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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