Todo de-pende del amor a Dios y al prójimo - San Mateo 22, 34-40 -
Es la tercera controversia de Jesús en Jerusalén. Esta vez son los fariseos quienes, al comprobar que Jesús había dejado sin respuesta a los saduceos, lo ponen a prueba e intentan una vez más pillarlo en falta a través de uno de sus expertos en la Torá.
La pregunta que este le plantea a Jesús expresa una
preocupación frecuente en la tradición rabínica de la época. Si bien es cierto
que las palabras, los mandamientos por excelencia de Dios, eran diez (cf. Éx
20,1-17; Dt 5,6-21), los preceptos contenidos en la Torá eran, sin embargo,
muchísimos: 613 según la tradición de los maestros.
Pero, entre tantos mandamientos, ¿había algún precepto más
importante que los demás, uno que pudiera servir de guía para el creyente que
deseaba cumplir la voluntad de Dios?
Jesús, como Maestro conocedor de la Torá y, sobre
todo, versado en la oración de su pueblo, responde citando el Shemá Yisra’el (cf. Dt
6,4-9), es decir, la gran profesión de fe en el Señor Dios que el creyente
judío repite dos veces al día y que comienza con estas palabras: «¡Escucha,
Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor» (Dt 6,4).
Esta oración, que según la tradición judía es la
oración por excelencia, proclama ante todo que Dios es uno y único, y que
escucharle, conocerle gracias a la revelación, significa adherirse a Él y
amarle con todo el corazón, con toda la vida, con toda la mente. La dinámica es
clara: de la escucha a la fe, de la fe al conocimiento, del conocimiento al
amor.
Pero, ¿qué significa este mandamiento de amar a
Dios? ¿Cómo se puede amar a un Dios que no se ve, que no habla las lenguas
humanas, cuya presencia es esquiva?
Esta es una pregunta siempre actual, una pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse a sí mismo para discernir si está en la fe (cf. 2 Cor 13,5) y si «permanece en el amor» (1 Jn 4,16).
Porque amar a Dios también puede ser nuestra voluntad
de amar una realidad a la que llamamos Dios, pero que en realidad es un ídolo,
una proyección humana, una creación nuestra que amamos tanto más cuanto más es
obra nuestra.
¿Tenemos los seres humanos la posibilidad de evaluar
nuestro amor por Dios?
De hecho, no basta con cultivar o experimentar un
fuerte deseo, una nostalgia por aquel a quien llamamos Dios… Precisamente por
eso, nuestro amor por Dios solo puede nacer de haberlo escuchado primero.
He aquí la primacía de la escucha, expresada en la
primera palabra del Shemá: «¡Escucha!».
Es al escuchar a Dios, renovando la actitud de quien recibe y acoge su palabra,
como podemos renunciar a las imágenes de Dios que nos hemos forjado y, en
cambio, acoger de él el conocimiento de su rostro, porque él mismo nos descubre
el velo.
Por otra parte, sabemos bien cómo el creyente canta su
amor a Dios: «Te amo, Señor, mi fuerza, Señor, mi roca, mi defensa, mi libertador,
Dios mío, roca en la que me refugio, mi escudo, mi fuerza de salvación, mi
baluarte» (Sal 18,2-3); «Oh Dios, desde el alba te busco; mi ser
tiene sed de ti» (Sal 63,2), etc.
El lenguaje del amor humano puede expresar nuestro
amor por Dios, pero, en realidad, eso no basta para comprobar la verdad de
nuestro amor. Para amar verdaderamente al Dios vivo, es absolutamente necesario
hacer y vivir lo que Él quiere. No es posible un amor de deseo sin que ese amor
sea un ansia de cumplir la voluntad de Dios.
De nuevo son los salmos los que nos ayudan: «He aquí, Señor, mi compromiso: guardar, es decir, cumplir, tus mandamientos» (Sal 119,56); «Busco tus mandamientos» (Sal 119,94); «Tú sabes que amo tus mandamientos, Señor» (Sal 119,159)…
También nos lo repite San Juan, dando fe de estas
palabras de Jesús: «Si alguien me ama, guardará mi palabra» (Jn 14,23); «Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15,10).
Por lo tanto, amar a Dios sin límites, es decir, con
todo el corazón, con toda la vida, con toda la mente, significa entrar en un
conocimiento que puede ser incluso apasionado, penetrante, enloquecido por el
amor, pero que siempre debe vivirse como escucha y cumplimiento de su voluntad.
Para ello es necesario haber conocido el amor de Dios
hacia nosotros, su amor preveniente, que nunca merecemos: en consecuencia, se
le ama como respuesta a ese amor, como obediencia que no deriva de una ley,
sino de la contemplación del rostro de aquel que «es Amor» (1 Jn 4,8.16).
Precisamente porque el amor a Dios consiste en cumplir
su voluntad, el amor al prójimo es un mandamiento que se deriva directamente de
Él. En todas las culturas de la tierra se ha formulado la norma del amor al
prójimo, incluso por parte de quienes no conocen a Dios ni lo profesan. «Amarás
a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18): este era un precepto dado por
Dios a Israel, pero Jesús lo sitúa junto al primer mandamiento, como similar al
de la escucha y el amor a Dios.
Podríamos decir que la fe en Dios se manifiesta en el
amor al prójimo, a aquel a quien hacemos nuestro prójimo, a quien decidimos amar
cuando nos encontramos con Él (cf. Lc 10,29-37).
El amor al prójimo no es teórico, no es un amor general hacia toda la humanidad, sino que es concreto, y debemos decidir su forma cada vez de manera inteligente y creativa, tal y como exige el amor verdadero y auténtico hacia el otro.
La regla de oro, «Haz a los demás lo que quieres que te hagan
a ti» (cf. Mt 7,12; aunque también está presente en la sabiduría de los
pueblos), exige además que cada uno determine lo que debe hacerse como «amor
eficaz», asumiendo la responsabilidad del amor y también de los
posibles errores en este camino. Errores que, sin embargo, nunca serán tan
graves como el pecado de omisión, el de no hacer nada por amar…
En este punto, San Mateo, y solo él, recoge las
palabras de Jesús: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas»,
mientras que, según San Marcos, Jesús declara: «No hay otro mandamiento mayor que
estos» (Mc 12,31). Y así, según San Mateo, estos dos mandamientos,
leídos conjuntamente, se convierten en un resumen de toda la Ley (cf. Rom
13,8-10; Gál 5,14; Stg 2,8), mientras que el primero por sí solo no basta para
sintetizarla.
Por desgracia, tendemos fácilmente a contraponer los
dos mandamientos o a ponerlos en competencia, ¡pero ay de quien haga
distinciones nocivas! Los seres humanos solo tenemos una forma de amar de
verdad, y el amor al prójimo es el criterio para comprobar nuestro amor a Dios.
San Juan lo expresará de nuevo de manera admirable: «Quien
no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve»
(1 Jn 4,20). Y podríamos incluso parafrasearlo así: quien no sabe escuchar al
hermano que ve, no puede escuchar a Dios, a quien no ve; quien no sabe confiar
en el hermano que ve, no puede confiar en Dios, a quien no ve.
Este Evangelio debería resonar en nuestros oídos no
como un texto conocido y tan repetido que suponemos haberlo comprendido de una
vez por todas, sino que debería ser una ocasión para examinar cada día nuestra
capacidad de amar a Dios y al prójimo.
«Amarás»: en esta expresión reside
toda nuestra vocación, todo lo que diariamente podemos y debemos intentar
vivir. «Amarás»… Por eso San Agustín puede comentar: «El
amor a Dios es lo primero en el orden de los preceptos, el amor al prójimo es
lo primero en el orden de la práctica… Al amar al prójimo, purificas tu mirada
para poder ver a Dios» (Comentario al Evangelio según San Juan
17,8).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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