¡Bienaventurados!
A los que están tristes, Dios los consolará.
En
nuestra sociedad se hacen hincapié en los derechos
y se
pasan por alto los deberes.
Cada uno
piensa en sí mismo.
Tendemos
a buscar de inmediato
nuestra
propia satisfacción...
La consecuencia de ello es
la amarga soledad,
causa de
tristeza y angustia:
a veces
se elige por principio,
para
afirmarse por encima de todos;
otras
veces nos la imponen los demás,
que
marginan a quienes no pueden producir
o
consumir como corresponde.
Los afligidos - los hombres nuevos del
Evangelio -
saben, como Jesús,
obedecer hasta la muerte,
renunciando a la felicidad
de este mundo
para aceptar el precio
de la convivencia fraterna
con todos.
Intentemos no pasar de
largo apresuradamente ante quienes sufren,
compartiendo,
como buenos samaritanos,
los
momentos alegres y tristes de la vida.
Sabiendo
lo pesada que es la soledad
de quien
se siente anónimo o rechazado,
descubramos
la alegría de la acogida
y del
amor personal
(a través
de formas de acogida, escucha, hospitalidad,
la
disposición a echar una mano...).
Bienaventurados aquellos que sienten dolor
con un
ánimo profundamente religioso
y lloran por
las víctimas del mal y por los malvados:
estos
descubrirán
que el
sufrimiento libera el corazón
y lo hace
capaz del amor más elevado,
que el
bien al final vencerá al mal
y la vida
a la muerte.
Bienaventurado quien sabe cargar con las
cargas de su prójimo,
renunciando
de buen grado a todo tipo de felicidad
propagada
por esta sociedad de consumo.
Él se
asemeja al callado Simón de Cirene
sobrellevando samaritanamente el dolor del otro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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