¡Bienaventurados!
Los que son pobres ante Dios tienen
parte en su Reino.
El mundo
está lleno de gente
que tiene
un enorme afán por ganar dinero
y anhela
con todo su corazón
hacer
carrera y tener éxito.
Ser rico y famoso es
- el
sueño más hermoso,
- la
aspiración más elevada,
- la
cúspide de las capacidades humanas...
Los pobres de espíritu, en
cambio, - los hombres nuevos del Evangelio -
saben conformarse con lo
que tienen,
para procurarse lo
necesario trabajan honestamente
y, sobre todo, están
infinitamente agradecidos
a quienes velan por su
vida con esmero.
Intentemos no fijarnos
siempre, o antes que en nada más,
en la comida, la ropa, las
ganancias, el honor…;
vivamos libres frente a
los bienes de este mundo
y en solidaridad con los
verdaderos pobres;
desprendámonos de las
garras de la publicidad
y recuperemos
- el
gusto por las cosas sencillas,
- la
belleza de los sentimientos genuinos,
- el
valor de las perlas y los tesoros escondidos.
Bienaventurado quien no cae en la trampa
tendida por los Blackfridays y similares,
no ansía
aumentar sus riquezas,
sino que
se conforma con lo que tiene
y anhela
los bienes eternos.
Bienaventurado quien siente que todo lo
que tiene (poco o mucho)
proviene
del Padre; este está siempre contento,
porque
siempre recibe ayuda y siente a Dios cerca.
Bienaventurado quien se adapta a la cotidianidad
de los días,
sin soñar
con bonitos viajes imaginarios,
aprecia
la variedad del Reino de los Cielos y eso le basta.
Bienaventurado quien no se enaltece,
complacerse siempre y solo en sí mismo
y busca
la verdad y el bien que no tiene,
sacrifica
y vende todo
para
ganar el Reino.
Bienaventurado quien es libre frente a
los bienes
y a las
estructuras de este mundo,
los
utiliza para vivir con dignidad
y sabe
compartir lo que tiene,
¡sin
remordimientos ni ansiedades...!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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