Apuntes de humanidad y civilización a pie de calle
Un Centro de Escucha es también ese centro en se sale al encuentro de la vulnerabilidad, una visión del ser humano que no parte de la fuerza ni de la eficiencia, sino de su condición originaria de ser dependiente de atenciones y necesitado de cuidados.
Durante muchos años hemos escuchado una promesa
tranquilizadora: la tecnología liberaría a la humanidad del esfuerzo, de la
incertidumbre, de los errores y tal vez incluso de la fragilidad. Cada
innovación se ha presentado como un paso inevitable hacia un futuro mejor.
A pie de calle uno comprende que el problema no radica
en la velocidad de las máquinas, sino en el lugar que ocupa el ser humano en el
mundo que estas ayudan a construir.
La digitalización, tal y como la experimentamos a
diario en nuestra propia piel, no solo modifica las herramientas, sino que está
transformando la forma en que pensamos, trabajamos, aprendemos, nos comunicamos
e incluso cómo nos percibimos a nosotros mismos.
La existencia se va traduciendo progresivamente en
información y nuestros comportamientos se convierten en datos; las relaciones
se reducen a simples conexiones y los modelos estadísticos tienden a anticipar
nuestras decisiones.
Casi sin que nos demos cuenta, la persona corre el
riesgo de quedar reducida a una suma de huellas digitales que hay que
recopilar, clasificar y monetizar.
Es aquí donde se manifiesta uno de los nudos cruciales de nuestro tiempo.
Cuando todo se vuelve medible, lo que no se puede
cuantificar pierde valor.
La vulnerabilidad se percibe como ineficiencia.
La lentitud se considera un obstáculo.
La duda se interpreta como un defecto.
Pero son precisamente estas algunas de las dimensiones
pertenecen al corazón de la experiencia humana.
No se aprende sin cometer errores, ni se crece sin depender de los demás.
La vida está constantemente salpicada de momentos de
incertidumbre. La vulnerabilidad no es una debilidad accidental que haya que
eliminar. Es la estructura misma de la existencia humana.
Nacemos vulnerables, aprendemos gracias a nuestra
vulnerabilidad y construimos vínculos porque somos criaturas incompletas. Una
sociedad que pretende borrar la fragilidad acaba inevitablemente borrando
también la solidaridad.
El ideal contemporáneo del rendimiento tiende a
considerar al ser humano como un recurso que hay que optimizar. La lógica de la
eficiencia, nacida en los procesos productivos, invade progresivamente todos
los ámbitos de la vida. Se supervisa a los trabajadores, se evalúa a los
estudiantes,…, y los ciudadanos nos convertimos en usuarios.
La identidad personal corre el riesgo de coincidir con
el propio perfil digital. Pero una persona nunca coincide con su rendimiento.
Detrás de cada estadística hay biografías expuestas al
cansancio, historias marcadas por la precariedad, relaciones afectivas, miedos,
esperanzas y necesidades. Detrás de cada persona hay una vida que no puede
traducirse íntegramente en datos.
Cuando la dignidad es sustituida por el rendimiento,
algo esencial se rompe.
El verdadero riesgo de la era algorítmica no es la llegada de las máquinas. El riesgo es la interiorización de su mirada fría e inerte.
Porque se vuelve peligroso el momento en el que empezamos
a evaluarnos a nosotros mismos exclusivamente a través de parámetros de
productividad, eficiencia y éxito.
En ese momento, al ser humano ya no se le reconoce en
su singularidad irreductible, sino en su capacidad para generar rendimientos
medibles.
También por esta razón la alternativa del humanismo adquiere
hoy una relevancia decisiva. No como nostalgia de un mundo pretecnológico, ni
como rechazo a la innovación, sino como reafirmación de un principio sencillo:
la técnica debe permanecer al servicio de la persona y de la comunidad. Debe
reconocer la vulnerabilidad humana, no intentar borrarla.
En el debate público suelen prevalecer dos posturas
opuestas e igualmente limitadas.
Por un lado, los entusiastas de la tecnología,
convencidos de que cualquier problema puede resolverse mediante nuevas
herramientas digitales; incluso se cree que la muerte puede superarse.
Por otro lado, los profetas de la catástrofe, que ven
en la tecnología únicamente una amenaza.
Ambas visiones atribuyen a la tecnología un poder casi
absoluto. La realidad es diferente.
Ningún algoritmo decide por sí solo el destino de la sociedad. Detrás de cada tecnología actúan intereses económicos, decisiones políticas, visiones culturales y modelos antropológicos. La pregunta decisiva no es qué máquinas construiremos, sino qué idea del ser humano guiará su construcción.
Si se concibe al ser humano como un individuo aislado
y competitivo, las tecnologías reforzarán el aislamiento y la competencia. Si,
por el contrario, se le reconoce como un ser vulnerable e interdependiente, la
tecnología podrá convertirse en una herramienta de cooperación, inclusión y
cuidado mutuo.
Por eso vuelven a ocupar un lugar central palabras
como libertad, responsabilidad y bien común.
La libertad no consiste simplemente en elegir entre
opciones predeterminadas por una plataforma. Una libertad auténtica requiere la
capacidad de comprender los mecanismos que influyen en nuestras decisiones.
Requiere conciencia. Requiere educación crítica.
Un ciudadano al que sistemas opacos perfilan y
orientan constantemente puede sentirse libre mientras es guiado por caminos ya
establecidos.
Tampoco la responsabilidad puede delegarse en las máquinas. Los algoritmos procesan datos, pero no asumen obligaciones morales. No conocen la solidaridad. No responden de las consecuencias de sus propias acciones.
La responsabilidad sigue recayendo en las personas,
las instituciones y las organizaciones que diseñan, utilizan y regulan la tecnología.
Aún más importante es el concepto de bien común. En un
universo digital dominado por la concentración de poder y la extracción de
valor, el bien común corre el riesgo de desaparecer del horizonte.
Pero toda sociedad nace de la conciencia de que los
seres vulnerables eligen cooperar para protegerse mutuamente. El bien común es
la forma política de nuestra fragilidad compartida.
También la educación asume una función estratégica. No
basta con enseñar a utilizar las herramientas digitales. Es necesario aprender
a comprenderlas, criticarlas y gobernarlas.
Una población entrenada para hacer clic, pero incapaz
de cuestionar el poder tecnológico, es una población expuesta a nuevas formas
de dominio.
El reto de nuestro tiempo se refiere, en definitiva, a una elección de civilización. Podemos aceptar un modelo en el que el ser humano se convierte en una función de los sistemas tecnológicos, o bien podemos construir un orden digital orientado a la dignidad de la persona.
Lo que realmente está en juego no es la inteligencia
artificial. Es nuestra capacidad de seguir siendo humanos. No es el poder de
las máquinas, sino nuestra capacidad para custodiar lo que ninguna máquina puede
producir: justicia, compasión, solidaridad, responsabilidad y cuidado.
En una época que sueña con calcularlo todo, hay que
defender lo que escapa al cálculo.
La vulnerabilidad, lejos de ser un límite que superar,
representa la fuente de las relaciones, de la democracia y de la vida en común.
El humanismo digital solo será auténtico cuando sepa
reconocer esta verdad fundamental: el ser humano no es un dato, un perfil o un
algoritmo incompleto. Es un ser vulnerable que vive con los demás, gracias a
los demás y para los demás.
Y es precisamente esta fragilidad compartida la que
constituye el fundamento más profundo de todo futuro digno de ser llamado
humano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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