La oración por los difuntos
Con este recuerdo, nos encontramos en pleno otoño: los árboles pierden sus hojas, las nieblas matutinas tardan en disiparse, los días se acortan y la luz pierde su intensidad.
Pero hay rincones de tierra, los cementerios, que
parecen prados primaverales en flor.
Sí, porque desde hace siglos los habitantes de
nuestras tierras, una vez terminada la temporada de los frutos y sembrado el
trigo destinado a renacer en primavera, han querido que en estos primeros días
de noviembre se recordara a los difuntos.
Fueron los celtas quienes fijaron en esta época del
año el recuerdo de los difuntos, recuerdo que luego la Iglesia cristianizó,
convirtiéndolo en una de las celebraciones más vivas y concurridas, no solo en
siglos pasados y en el campo, sino aún hoy y en las ciudades más anónimas, a
pesar de que la cultura dominante tiende a apartar la muerte.
Al acoger este recuerdo, esta respuesta humana a la
«gran pregunta» que se le plantea a cada hombre, la Iglesia lo ha proyectado a
la luz de la fe pascual que proclama la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos, y por eso ha querido que le preceda la fiesta de Todos los Santos, casi
como para indicar que los santos arrastran consigo a los difuntos, les toman de
la mano para recordarnos a todos que no nos salvamos por nosotros mismos.
Y es al atardecer de la fiesta de Todos los Santos cuando
los cristianos no solo recuerdan a los difuntos, sino que acuden al cementerio
a visitarlos, como para encontrarse con ellos y manifestarles su cariño
cubriendo de flores sus tumbas: un afecto que, en esta ocasión, es capaz
incluso de asumir el mal que se haya podido percibir en la vida de los seres
queridos y de envolverlo en una gran compasión que abraza las sombras propias y
ajenas.
Para muchos de nosotros, allí bajo tierra están nuestras raíces: el padre, la madre, todos aquellos que nos han precedido y nos han transmitido la vida, la fe cristiana y ese legado cultural, ese entramado de valores sobre el que, a pesar de las muchas contradicciones, intentamos fundamentar nuestra vida cotidiana.
Este recuerdo de los difuntos es para los cristianos
una gran celebración de la resurrección: lo que se ha confesado, creído y
cantado en la celebración de cada funeral se repite aquí, en un único día, por
todos los difuntos.
La muerte ya no es la última realidad para los
hombres, y quienes ya han fallecido, al dirigirse hacia Cristo, no son
rechazados por Él, sino que resucitan para la vida eterna, la vida para siempre
con Él, el Resucitado y Viviente.
Sí, existe esta palabra de Jesús, esta promesa suya en
el Evangelio de Juan que hoy musito en mi corazón para vencer toda tristeza y
todo temor: «¡Al que venga a mí, no lo rechazaré!» (cf. Jn 6,37 ss.).
El cristiano es aquel que acude al Hijo cada día,
aunque su vida se vea empañada por el pecado y las caídas; es aquel que se
aleja y vuelve, que cae y se levanta, que retoma con confianza el camino del
seguimiento.
Y Jesús no lo rechaza; al contrario, al abrazarlo en
su amor, le concede el perdón de los pecados y lo conduce definitivamente a la
vida eterna.
La muerte es un paso, una Pascua, un éxodo de este mundo hacia el Padre: para los creyentes ya no es un enigma, sino un misterio, porque está inscrita de una vez por todas en la muerte de Jesús, el Hijo de Dios, que supo hacer de ella, de manera auténtica y total, un acto de ofrenda al Padre.
El cristiano, que por vocación muere con Cristo (cf.
Rom 6,8) y está sepultado con Cristo en su muerte, precisamente al morir lleva
a plenitud su obediencia como criatura y, en Cristo, es transfigurado,
resucitado por las energías de vida eterna del Espíritu Santo.
Es en esta conciencia, en esta visión que deriva
únicamente de la fe, donde la muerte acaba por aparecer como «hermana», por
transfigurarse en un acto en el que se devuelve a Dios, por amor y en libertad,
lo que Él mismo nos ha donado: la vida y la comunión.
Por eso, la Iglesia de la tierra, al recordar a los fieles
difuntos, se une a la Iglesia del cielo y, en una gran intercesión, invoca
misericordia para quienes han fallecido y se encuentran ante Dios en el juicio
para dar cuenta de todas sus obras (cf. Ap 20,12).
La oración por los difuntos es un acto de auténtica
intercesión, de amor y caridad hacia quienes han alcanzado la patria celestial;
es un acto que se debe a quienes mueren, porque la solidaridad con ellos no
debe interrumpirse, sino vivirse aún como communio
sanctorum, «comunión de los santos», es decir, de hombres y mujeres pobres acogidos
en la casa del Padre y sentados en el banquete del Reino.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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