¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -
«¿De quién son
esta imagen y esta inscripción?»
La pregunta queda suspendida en un entrecruzamiento de
miradas, permanece en espera, por un instante, sobre la palma abierta de una
mano, sobre el círculo perfecto de una moneda, sobre la imagen de un emperador,
sobre la inscripción. De César.
La respuesta no puede hacerse esperar, porque es lo
más explícito del relato, lo más elemental: esa moneda remite sin vacilaciones
a su dueño. La moneda es sincera, se expresa a sí misma con una fidelidad casi
conmovedora. Dentro del perímetro de esa moneda, el mundo es claro, despiadado
tal vez, injusto quizá, pero claro.
Y creo que Jesús utiliza la moneda solo por eso, por
esa inmediatez entre lo que representa y el perfil del hombre al que remite.
Solo por eso. Por lo que esta no es una página que justifique la separación
entre los intereses temporales y los espirituales, ninguna reflexión sobre el
mundo económico, sobre el uso del dinero, ninguna distinción entre César y
Dios… esta no es una página que hable de monedas, sino, una vez más, de la
Verdad.
Y lo hace partiendo de una moneda, porque, nos guste o
no, la moneda es lo único que es explícitamente verdadero en este pasaje
evangélico. La moneda es clara, remite sin duda al César. El verdadero problema
es la hipocresía y la falsedad de todo lo demás.
Mucho más complejo resulta desvelar «de quién son» las palabras que
los discípulos tejen con vergonzosa complicidad ante los ojos de Jesús. ¿De
quién son esas palabras que hablan de verdad y franqueza? ¿De quién son esas
palabras que dicen reconocer a un maestro y amar su libertad?
No son de quien las pronuncia. Ahí radica el drama.
Porque quienes les dan voz son discípulos de los fariseos que permanecen en la
sombra, que no se exponen, que no se arriesgan en la relación.
Es verdadero todo aquello que se expone, desnudo y
crucificado, y que tiene el valor de llevar las heridas del rechazo. Solo es
verdadera una palabra que se encarna.
Me imagino a esos jóvenes discípulos convencidos de
ser portavoces de sabidurías astutas que, con las manos abiertas, deben
reconocer que esa moneda es más verdadera que sus maestros. Me imagino a esos
jóvenes discípulos mirando esa moneda y comprendiendo, con dolor, que han sido
utilizados por las personas a las que admiraban. Me imagino la vergüenza de esos
discípulos y la humillación al contemplar esa moneda que demostraba tener una
coherencia aterradora.
Y también César - esto les costaba admitirlo - era más
sincero que los líderes religiosos a quienes tanto admiraban. Cuántas veces las
palabras aparentemente devotas de ciertos círculos eclesiásticos ocultan
intereses hipócritas… mejor César, que se juega el pellejo.
Esta no es una página sobre la separación de poderes,
sino sobre la verdad y el esfuerzo que supone soportar su peso.
Las palabras que utilizan los discípulos de los
fariseos son espléndidas, perfectas, exactas. Pero no son ciertas. Esbozan un
perfil de Jesús que ninguno de sus discípulos habría sabido escribir con tanta
precisión: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino según la
verdad. Tú no temes a nadie, porque no haces distinciones…»
Una línea de pensamiento perfecta, dogmáticamente
irreprochable, pero falsa. Porque quien pronuncia esas palabras, o mejor dicho,
quien ha puesto esas palabras en boca de esos jóvenes, ni siquiera intenta
vivir lo que proclama.
No es una cuestión de coherencia, sino de fe. La fe es
admitir que no soy lo que digo, que el Evangelio que proclamo es mucho más que
yo mismo, pero poder jurar ante cualquiera que creo hasta lo más profundo de mi
ser en lo que digo.
Y de no haber utilizado nunca deliberadamente el
encanto del Evangelio para intereses personales. Esto es lo que podemos llamar verdad.
En el Evangelio de hoy, mucho más sincera que los
fariseos y sus discípulos es esa moneda que remite sin vacilaciones a César,
porque la verdad es un vínculo, es una pertenencia; la verdad no es un
contenido, sino un rostro.
Una trayectoria que deja claro de quiénes somos hijos.
Jesús es la Verdad no solo porque dice cosas verdaderas, sino, sobre todo,
porque su vida en el mundo fue una referencia constante al Padre. Porque creía
en lo que decía. Porque vivió y murió en nombre de esas palabras.
«¿De quién soy?», soy del
Padre que acuñó el mundo a su imagen y semejanza; soy del Padre porque todo lo
que veo me habla de Él, todo lleva su imagen y su inscripción, sobre todo el
hombre, tan complejo y fascinante.
Dejad que la moneda remita a César y hable de un mundo
que se puede vender y comprar, pero no olvidéis nunca que también César es de
Dios. Y que esa moneda está fundida con metales que, en su origen, hablaban del
Creador.
No olvidéis nunca cuestionar la vida y dejar que ella
hable. El rostro de Dios surgirá allí donde la pertenencia se disuelve en
gestos de cuidado. Donde el «¿de quién soy?» se
convierte en la búsqueda de ser amado por alguien, se convierte en una oración
que expresa nuestra sed de amor.
«¿De quién
soy yo?», ¿de quién llevo la inscripción, de quién soy imagen?
«¿De quién
soy yo?» lloro cuando no me siento amado por nadie.
«¿De quién
soy?» ¿De quién son las personas que mueren solas? ¿De quién son aquellas
lágrimas, estos ataúdes sin nombre? ¿De quién son aquellas puestas de sol que
te dejan sin aliento? ¿De quién son los sueños y las derrotas? ¿De quién son
las risas y de quién son las lágrimas? ¿De quién son las palabras? ¿De quién
son estas vidas que se esconden, aman, mueren, esperan? ¿De quién son y en dónde
están las personas fallecidas que tanto echo de menos?
Ésta No es una página sobre la separación de poderes,
sino, al contrario, sobre la unificación de lo real. Sobre la necesidad que
tenemos de pertenecer a alguien y cuando no tenemos a nadie en quien confiar.
¿De quién soy yo? Pero también… ¿quién soy yo para las personas que confían
en mí?
¿Siento que soy realmente pobre? ¿Que no tengo nada
propio, pero que puedo intentar, cada día, vivir hasta el fondo esta pobreza
tan dura que, como un vacío, nos remite al Único que nos espera?
No tenemos nada porque, si comprendemos que somos
suyos… ya somos Todo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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