Ciudadano del Reino y con los pies en la tierra- San Mateo 22, 15-21 -
En los últimos días antes de ser capturado y sufrir la
muerte en la cruz, Jesús se enfrentó en Jerusalén a quienes serían sus
acusadores durante el juicio. Algunas de estas controversias quedan recogidas
en el Evangelio según San Mateo: la controversia con los fariseos y los
herodianos sobre el tributo a César (cf. Mt 22,15-22), la controversia con los
saduceos sobre la resurrección de los muertos (cf. Mt 22,23-33), las
controversias con los fariseos sobre el mandamiento más importante y sobre el
señorío del Mesías respecto a David (cf. Mt 22,34-46), y, por último, un ataque
concreto de Jesús contra estos adversarios suyos, que se extiende a lo largo de
todo un capítulo (cf. Mt 23).
Este relato de la primera controversia se refiere al
pago del tributo a César. No hay que olvidar, sin embargo, que Jesús ya se
había enfrentado anteriormente a un problema similar. En el capítulo 17 (vv.
24-27) se narra que, en Cafarnaúm, los recaudadores del impuesto del Templo se
acercan a Pedro y le preguntan: «¿Vuestro maestro no paga el impuesto?».
Pedro responde: «¡Sí!», porque Jesús no eludía los preceptos de la Torá que
ordenaban este tributo (cf. Éx 30,11-16).
Luego, al entrar en casa, Jesús pregunta a Pedro: «¿Qué
te parece, Simón? ¿De quién recaudan los reyes de la tierra los impuestos y los
tributos?». Y Pedro responde: «A los súbditos, no a los familiares».
Entonces Jesús replica: «Por lo tanto, los hijos están exentos. Pero,
para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y saca el primer pez que
salga; ábrele la boca y encontrarás allí una moneda de plata. Tómala y
entrégasela en nombre mío y en el tuyo».
Es un texto importante, porque nos revela, en primer
lugar, que Jesús, al ser el Hijo, y al ser los discípulos sus hermanos - y, por
tanto, también hijos de Dios -, no deben pagar tributos a intermediarios entre
Dios y ellos; además, da testimonio de que Jesús nunca quiere escandalizar ni
poner obstáculos, por lo que hace lo que no es malo y lo que se puede hacer
pensando en el bien del otro.
Este relato nos da testimonio, en cualquier caso, de
la obediencia de Jesús a la Ley: Él no es un rebelde, no es un detractor de la
Ley, y solo cuando esta es pervertida por los seres humanos - desautorizando
así la intención del Legislador, el Señor, y convirtiendo a la humanidad en
esclava de los preceptos -, entonces puede ser invalidada y no obedecida. En
definitiva, también aquí son válidas las palabras de Jesús: «El
sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc
2,27).
Jesús paga los impuestos, tal y como Pedro les había
dicho a aquellos recaudadores. Pero aquí los fariseos y los herodianos quieren
tenderle una trampa a Jesús, conspirando contra Él.
Por otra parte, los partidarios de Herodes, el rey de
Judea puesto en el poder por los romanos - y, por tanto, colaboracionistas con
el Imperio -, exigían que los judíos pagaran impuestos a César, a diferencia de
los fariseos, que tenían una postura variada al respecto dentro de su propio
grupo.
Algunos eran intransigentes y, aunque no participaran
en la lucha armada de los zelotes, pensaban que, al menos, no se debían pagar
tributos a la autoridad ocupante e idólatra. Otros, en cambio, aceptaban el
sistema tributario impuesto como un mal menor. En este caso, aunque partían de
posiciones antitéticas, los líderes de los fariseos y los herodianos llegan a
un acuerdo contra Jesús y envían a unos fariseos anónimos a interrogarlo.
Estos elogian a Jesús: reconocen su capacidad para
decir la verdad en cualquier situación, la coherencia entre lo que dice y lo
que hace, que no tiene una mirada partidista ni temerosa, y que habla sin tener
en cuenta la posición de nadie.
Pero he aquí que, tras esta captatio benevolentiae, llega el intento de tenderle una
trampa: «Maestro, ¿es lícito o no pagar el tributo al César?». Si Jesús
respondiera negativamente, demostraría ser un opositor al emperador, un enemigo
de Roma; si, por el contrario, respondiera afirmativamente, podría ser
considerado uno de los colaboracionistas del imperio, odiado por la gente
sencilla.
Pero Jesús, en lugar de responder directamente,
desconcierta a sus interlocutores: primero pone al descubierto su malicia e
hipocresía, preguntándoles por qué quieren tentarlo; luego les pide que le
muestren una moneda y les pregunta por la efigie grabada en ella y por la
inscripción. Estos responden, obviamente, que la imagen y la inscripción son de
César, y entonces Jesús pronuncia la famosa frase: «Dad pues a César lo que es de César y a Dios lo
que es de Dios».
Una frase lapidaria, que ha atravesado los siglos y a
la que se recurre a menudo cuando surgen tensiones entre lo que se le debe a
Dios y las obligaciones hacia los poderes de este mundo.
En verdad, esta palabra de Jesús debe entenderse, ante
todo, en profundidad y leerse en primer lugar en la situación concreta del
propio Jesús, sin aplicarla de manera literal a la actualidad. ¿Cómo no
recordar, en cambio, el abuso que los cristianos hemos hecho de este dicho?
Es a partir de esta palabra de Jesús que se elaboró en
Occidente la «teoría de las dos espadas», según la cual la Iglesia, que
ostenta el poder de Dios, aunque respete a César, ejerce una jurisdicción
superior sobre los poderes de este mundo, que deben someterse a ella: se trata
de la teocracia medieval, según la cual la Iglesia ostenta el poder absoluto y
el rey, un poder subordinado.
En cuanto a Oriente, cabe recordar la postura
simétrica y contraria, el llamado cesaropapismo, que considera al emperador, el
basileús, como obispo de los
obispos y jefe supremo de la Iglesia en la tierra.
Ahora bien, la frase de Jesús no alude en absoluto a
estas ni a otras posiciones similares, y cuando en la época moderna la
separación entre Iglesia y Estado se ha hecho efectiva en la sociedad, ya sea
por imposición del Estado o por negociación (los concordatos), en realidad el
problema no se ha resuelto: el poder mundano a veces quiere confinar a la
Iglesia al ámbito de lo privado; otras veces, la Iglesia quiere difundir la
religión civil que conviene al Estado, recibiendo a cambio de este protección y
favores.
La famosa frase de Jesús debe, por tanto,
reinterpretarse siempre a partir de algunas anotaciones muy sencillas.
Al decir: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo
que es de Dios», Jesús se mantiene alejado tanto de una politización de
Dios como de una sacralización del poder político. César no es ni Dios ni
divino, como indicaba, en cambio, la inscripción de la moneda: «Tiberio
César, hijo del divino Augusto, Augusto»; al mismo tiempo, Dios no
puede ocupar el lugar de César a través de la institución religiosa. Nos
encontraríamos ante dos formas de idolatría que desmienten el auténtico señorío
de Dios, ofendiéndolo o pervirtiéndolo.
César no puede reclamar para sí la adoración, no puede
pretender legislar en contra de las convicciones del cristiano, quien en este
caso tiene el deber de obedecer a Dios antes que al poder político (cf. Hch
5,29), sino que tiene una tarea bien definida: ordenar la sociedad, para que
pueda vivir según la lógica de la libertad y del bien común.
Podríamos decir que los deberes para con Dios se
anuncian a todos, en todas partes y en todo momento, pero lo que se le debe a
César - los impuestos y tributos - debe pagarse sin falta.
Todo cristiano, al igual que todo hijo de Israel, está
en alianza con el Señor y lleva en su mano la inscripción: «Yo
pertenezco al Señor» (cf. Is 44,5), y, sin embargo, vive en la polis, reconociendo la autoridad
política y obedeciéndole en lo que no contradice la voluntad y el señorío de
Dios.
La moneda lleva grabada la efigie de César, pero el
hombre lleva grabada la imagen de Dios (cf. Gn 1,27), por lo que debe «devolverse»
íntegramente a Dios y obedecerle; a César, en cambio, debe devolverle lo que le
pertenece, ¡no su propio corazón!
Sin duda, con esta palabra Jesús no pretendía resolver
nuestras disputas y nuestras luchas políticas, porque eso es responsabilidad
nuestra, que nace de un discernimiento que debemos llevar a cabo por nosotros
mismos, tal y como él mismo advirtió: «¿Por qué no juzgáis, por qué no discernís
por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57).
Jesús no fue ni quiso ser un Mesías político; y si
confesó ser Rey, añadió inmediatamente que no lo era como los reyes de este
mundo (cf. Jn 18,36). No fue, pues, un César contra César, sino que respetó y
pidió que se respetara la autoridad establecida y se honraran sus derechos, en
cuanto autoridad humana necesaria, siempre sometida a la complejidad de la
realidad social y política de una época concreta.
Por eso San Pablo pedirá a los cristianos que se
sometan a las autoridades civiles (cf. Rom 13,1-7; Tit 3,1), y lo mismo hará San
Pedro: «Comportaos como hombres libres, […] como siervos de Dios. Honrad a
todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, respetad al emperador»
(1 P 2,16-17). Estas directrices apostólicas - no hay que olvidarlo - se dan en
una época de persecución de los cristianos por parte del Imperio romano…
El cristiano debe, por tanto, ser un ciudadano leal y
capaz de cumplir con su deber para con el Estado, pero será siervo de Dios,
nunca siervo de los hombres ni de los poderes humanos; y, sobre todo, se
sentirá llamado a una ciudadanía en el Reino de Dios, en los cielos (cf. Fil
3,20).
El cristiano será fiel a la tierra, sin exenciones ni
evasiones de la historia, sin invocar espiritualizaciones o huidas «angelicales»,
sino que actuará en el mundo según la voluntad del Señor, buscando el bien
común, la libertad, la justicia, la reconciliación y la paz.
Devolver a Dios lo que es de Dios significa devolverle
una humanidad que no solo lleva su imagen indeleble, sino que se ha hecho
semejante a Él: ¡este devolverle la humanidad semejante a él es el camino de la
humanización!
Con esta controversia se acerca para Jesús el drama de
la pasión, ya inminente, y el proceso político, en el que Jesús será acusado de
«incitar
al pueblo y de impedir que se paguen los tributos a César» (cf. Lc
23,2). A estas alturas, los enemigos de Jesús, que no logran derribarlo con una
trampa, están decididos a acusarlo falsamente, con el fin de eliminarlo para
siempre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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