miércoles, 7 de octubre de 2026

¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -

¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -

 

El pasaje evangélico del «impuesto a César», es la primera de tres discusiones en las que Jesús es arrastrado por sus adversarios, que intentan tenderle una trampa. Si bien la primera (Mt 22,15-21) es de carácter político, la segunda y la tercera son de carácter religioso y versan sobre la fe en la resurrección (Mt 22,23-33) y sobre cuál es el mandamiento más importante (Mt 22,34-40).

 

La atención, así como la de las interpretaciones que se le han dado a lo largo de los siglos, se ha centrado normalmente en las palabras de Jesús sobre dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; pero, la primera parte y la mayor parte del texto están ocupadas por comentarios que ponen de relieve las intenciones perversas de los adversarios de Jesús y sus maquinaciones.

 

En primer lugar, se habla de una «reunión» por parte de los fariseos. Se reúnen para trazar un plan de acción con el objetivo preciso de atrapar a Jesús con una palabra. Quieren engañarlo induciéndolo a pronunciar palabras sobre cuya base pueda ser acusado. Para hacer caer a Jesús en la trampa con sus propias palabras se necesitan palabras que actúen como trampas.

 

Así, ese instrumento tan vital y propiamente humano que es la palabra, que es el camino que tenemos para crear espacios alternativos a la violencia, se distorsiona hasta convertirse en su contrario y se transforma en instrumento de violencia.

 

Los adversarios de Jesús eligen la mentira. La suya es una decisión lúcida, una manipulación intencionada, estudiada y perseguida: «Se reunieron para deliberar sobre cómo tenderle una trampa con una palabra» (Mt 22,15). La expresión «reunirse para deliberar» define una reunión que es conspiración.

 

La falsedad se manifiesta después cuando los fariseos envían a algunos discípulos junto con los herodianos para tenderle una trampa a Jesús. ¿Cómo? Con una captatio benevolentiae. Con palabras de adulación, palabras que dicen lo contrario de lo que los que hablan sienten y piensan. Con palabras que sonríen, mientras el corazón expresa odio.

 

Pero Jesús intuye la maldad que se esconde tras esas palabras corteses y, de inmediato, con una seguridad que puede sorprender, denuncia la hipocresía de quienes dicen una cosa mientras piensan otra, y de quienes formulan una pregunta no por deseo de saber, sino con la intención de pillar en falta y poder acusar.

 

A esto se le llama manipulación y abuso. Por lo tanto, pronuncian palabras que, según sus intenciones, deberían hacer que Jesús se mostrara benévolo hacia ellos e inducirlo a aceptar como inocente la pregunta que le plantean.

 

Lo llaman «Maestro», pero incluso esto es falso, porque para ellos Jesús no es un Maestro; de ´Él no quieren aprender. Así pues, proclaman su veracidad, hacen una especie de confesión de fe en que Él enseña según la verdad el camino de Dios: por dos veces, en pocas palabras, aparecen los términos verdad, veraz, y la veracidad es precisamente lo que les falta. Pero, precisamente, el énfasis en la verdad delata al mentiroso, al igual que el énfasis en el valor delata al cobarde.

 

Los interlocutores de Jesús proclaman luego su libertad, su independencia de juicio, su no tener en cuenta a nadie. Dicen cosas ciertas sobre Jesús: a menudo se miente diciendo cosas ciertas, o al menos, cosas que se ajustan a la realidad.

 

Y también la pregunta que plantean es legítima. Pero la intención es igualmente clara: si Jesús responde diciendo que hay que negarse a pagar el impuesto a los ocupantes romanos, puede ser acusado ante el gobernador; si, por el contrario, responde que hay que pagarlo, se hace impopular ante el pueblo.

 

El texto evangélico, al presentar el procedimiento engañoso y manipulador de los adversarios de Jesús, nos pone frente al riesgo de la hipocresía y nos advierte de él. Esta tiene muchas facetas: casi a diario nos topamos con medias verdades, con pequeñas mentiras, con cosas dichas solo en parte, con comunicaciones muy detalladas sobre asuntos secundarios y reticentes sobre otros más importantes.

 

La disimulación, la simulación, ocultar cuidadosamente algunas cosas que se pretende hacer y mencionar solo otras más aceptables, decir lo que el otro cree que quiere oír y no decirle lo que resultaría más comprometedor, no son más que formas de esta penosa rutina de la mentira.

 

Pero he aquí que el texto dice que Jesús «conoce» su «maldad», esa disposición negativa que se opone a la justicia y a la bondad, y que se manifiesta al negar la verdad y la sinceridad. Jesús es un hombre de fe, pero no da crédito a cada palabra y sabe que incluso los discursos repletos de afirmaciones que, tomadas aisladamente, son ciertas, en realidad resultan ser mentiras.

 

Y así, Jesús arremete contra su hipocresía, contra su simulación, contra el hecho de que se pongan una máscara, contra que no se tomen en serio la vida, las relaciones y, en definitiva, ni siquiera a sí mismos. El mentiroso, aquel que dice intencionadamente lo contrario de lo que piensa, es una apariencia de hombre, alguien que renuncia a su propia dignidad, alguien que no se respeta a sí mismo.

 

Jesús denuncia esta imperdonable ligereza que es cobardía: el hipócrita se esconde tras una máscara y así puede burlarse de los demás. Y Jesús plantea la pregunta que a menudo pone en crisis nuestras maquinaciones: «¿Por qué?». «¿Por qué me tentáis?», pregunta Jesús. ¿Por qué todo esto?

 

Y tal vez nos baste con dejar que esta pregunta resuene en lo más profundo de nuestro ser para encontrar una rendija por la que escapar de las trampas en las que la mentira nos aprisiona. Si bien la mentira nos hace sentir dueños de la realidad y de los demás, a menudo llega a esclavizarnos y nos pone a su merced. En las garras de la mentira se puede llegar a perder el control de las propias acciones y caer en la confusión.

 

Una pregunta que suena sencilla y incisiva puede, en cambio, abrirnos el camino hacia el redescubrimiento de la luz. Jesús parece querer hacer esto con sus adversarios. Y cuando estos le muestran la moneda de plata, es decir, la moneda que llevaba la efigie de Tiberio Augusto con la inscripción “Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto, Pontífice Máximo”, no muestra ninguna reticencia a manipular la moneda, no demoniza el dinero y afirma la licitud de pagar el tributo, pero añade - y aquí radica la originalidad de Jesús - que hay que dar a Dios lo que es de Dios.

 

He aquí la libertad de Jesús, su creatividad, su inteligencia, su capacidad para inventar esta respuesta que no responde a ninguna pregunta que se le hubiera formulado. La respuesta de Jesús, por un lado, evita la politización de la imagen de Dios y, por otro, se opone a la sacralización del poder político.

 

De hecho, Jesús se distancia de los zelotes, que consideraban a Dios como el único «César» legítimo, y critica la sacralización del poder político desmitificando a César. En ambos casos nos enfrentamos a tentaciones idólatras.

 

En el primer caso, la tentación es dar a Dios lo que corresponde al César, a la entidad estatal, cayendo en posturas religiosas totalitarias y no dialógicas, que no respetan la «laicidad» del Estado y del poder político; en el segundo, la tentación es dar al César lo que corresponde a Dios, en el marco de una absolutización del poder político.

 

Si el tema de la imagen remite naturalmente al hombre creado por Dios y capax Dei, el tema de la inscripción se encuentra en un pasaje de Isaías en el que se designa la pertenencia del hombre a Dios. Los convertidos a la fe en el Dios de Israel llevarán en la mano la inscripción «Del Señor» y dirán: «Yo pertenezco al Señor» (Is 44,5). Las palabras de Jesús nos impulsan así también a plantearnos la pregunta: ¿a quién pertenezco? ¿Quién es mi Señor?

 

He aquí, pues, que los adversarios de Jesús, al oír su respuesta, se quedaron asombrados y se marcharon (Mt 22,22). Pero tras el asombro, que es un momento espontáneo e incipiente, se requiere una elección, una reflexión, para que el asombro se convierta en conversión y en descubrimiento de la verdad. Y esta es también la tarea del lector.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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