¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -
El pasaje evangélico del «impuesto a César», es la
primera de tres discusiones en las que Jesús es arrastrado por sus adversarios,
que intentan tenderle una trampa. Si bien la primera (Mt 22,15-21) es de
carácter político, la segunda y la tercera son de carácter religioso y versan sobre
la fe en la resurrección (Mt 22,23-33) y sobre cuál es el mandamiento más
importante (Mt 22,34-40).
La atención, así como la de las interpretaciones que
se le han dado a lo largo de los siglos, se ha centrado normalmente en las
palabras de Jesús sobre dar al César lo que es del César y a Dios lo
que es de Dios; pero, la primera parte y la mayor parte del texto están
ocupadas por comentarios que ponen de relieve las intenciones perversas de los
adversarios de Jesús y sus maquinaciones.
En primer lugar, se habla de una «reunión» por parte de los
fariseos. Se reúnen para trazar un plan de acción con el objetivo preciso de
atrapar a Jesús con una palabra. Quieren engañarlo induciéndolo a pronunciar
palabras sobre cuya base pueda ser acusado. Para hacer caer a Jesús en la
trampa con sus propias palabras se necesitan palabras que actúen como trampas.
Así, ese instrumento tan vital y propiamente humano
que es la palabra, que es el camino que tenemos para crear espacios
alternativos a la violencia, se distorsiona hasta convertirse en su contrario y
se transforma en instrumento de violencia.
Los adversarios de Jesús eligen la mentira. La suya es una decisión lúcida, una
manipulación intencionada, estudiada y perseguida: «Se reunieron para deliberar sobre
cómo tenderle una trampa con una palabra» (Mt 22,15). La expresión «reunirse
para deliberar» define una reunión que es conspiración.
La falsedad se manifiesta después cuando los fariseos
envían a algunos discípulos junto con los herodianos para tenderle una trampa a
Jesús. ¿Cómo? Con una captatio
benevolentiae. Con palabras de adulación, palabras que dicen lo
contrario de lo que los que hablan sienten y piensan. Con palabras que sonríen,
mientras el corazón expresa odio.
Pero Jesús intuye la maldad que se esconde tras esas
palabras corteses y, de inmediato, con una seguridad que puede sorprender,
denuncia la hipocresía de quienes dicen una cosa mientras piensan otra, y de
quienes formulan una pregunta no por deseo de saber, sino con la intención de
pillar en falta y poder acusar.
A esto se le llama manipulación y abuso. Por lo tanto,
pronuncian palabras que, según sus intenciones, deberían hacer que Jesús se
mostrara benévolo hacia ellos e inducirlo a aceptar como inocente la pregunta
que le plantean.
Lo llaman «Maestro», pero incluso esto es
falso, porque para ellos Jesús no es un Maestro; de ´Él no quieren aprender.
Así pues, proclaman su veracidad, hacen una especie de confesión de fe en que Él
enseña según la verdad el camino de Dios: por dos veces, en pocas palabras,
aparecen los términos verdad,
veraz, y la veracidad es
precisamente lo que les falta. Pero, precisamente, el énfasis en la verdad
delata al mentiroso, al igual que el énfasis en el valor delata al cobarde.
Los interlocutores de Jesús proclaman luego su
libertad, su independencia de juicio, su no tener en cuenta a nadie. Dicen
cosas ciertas sobre Jesús: a menudo se miente diciendo cosas ciertas, o al menos,
cosas que se ajustan a la realidad.
Y también la pregunta que plantean es legítima. Pero
la intención es igualmente clara: si Jesús responde diciendo que hay que
negarse a pagar el impuesto a los ocupantes romanos, puede ser acusado ante el
gobernador; si, por el contrario, responde que hay que pagarlo, se hace
impopular ante el pueblo.
El texto evangélico, al presentar el procedimiento
engañoso y manipulador de los adversarios de Jesús, nos pone frente al riesgo
de la hipocresía y nos
advierte de él. Esta tiene muchas facetas: casi a diario nos topamos con medias
verdades, con pequeñas mentiras, con cosas dichas solo en parte, con
comunicaciones muy detalladas sobre asuntos secundarios y reticentes sobre
otros más importantes.
La disimulación, la simulación, ocultar cuidadosamente
algunas cosas que se pretende hacer y mencionar solo otras más aceptables,
decir lo que el otro cree que quiere oír y no decirle lo que resultaría más
comprometedor, no son más que formas de esta penosa rutina de la mentira.
Pero he aquí que el texto dice que Jesús «conoce»
su «maldad»,
esa disposición negativa que se opone a la justicia y a la bondad, y que se
manifiesta al negar la verdad y la sinceridad. Jesús es un hombre de fe, pero
no da crédito a cada palabra y sabe que incluso los discursos repletos de
afirmaciones que, tomadas aisladamente, son ciertas, en realidad resultan ser
mentiras.
Y así, Jesús arremete contra su hipocresía, contra su
simulación, contra el hecho de que se pongan una máscara, contra que no se
tomen en serio la vida, las relaciones y, en definitiva, ni siquiera a sí
mismos. El mentiroso, aquel que dice intencionadamente lo contrario de lo que
piensa, es una apariencia de hombre, alguien que renuncia a su propia dignidad,
alguien que no se respeta a sí mismo.
Jesús denuncia esta imperdonable ligereza que es
cobardía: el hipócrita se esconde tras una máscara y así puede burlarse de los
demás. Y Jesús plantea la pregunta que a menudo pone en crisis nuestras
maquinaciones: «¿Por qué?». «¿Por qué me tentáis?», pregunta Jesús. ¿Por qué
todo esto?
Y tal vez nos baste con dejar que esta pregunta
resuene en lo más profundo de nuestro ser para encontrar una rendija por la que
escapar de las trampas en las que la mentira nos aprisiona. Si bien la mentira
nos hace sentir dueños de la realidad y de los demás, a menudo llega a
esclavizarnos y nos pone a su merced. En las garras de la mentira se puede
llegar a perder el control de las propias acciones y caer en la confusión.
Una pregunta que suena sencilla y incisiva puede, en
cambio, abrirnos el camino hacia el redescubrimiento de la luz. Jesús parece
querer hacer esto con sus adversarios. Y cuando estos le muestran la moneda de
plata, es decir, la moneda que llevaba la efigie de Tiberio Augusto con la inscripción
“Tiberio César, Augusto, hijo del divino
Augusto, Pontífice Máximo”, no muestra ninguna reticencia a manipular la
moneda, no demoniza el dinero y afirma la licitud de pagar el tributo, pero
añade - y aquí radica la originalidad de Jesús - que hay que dar a
Dios lo que es de Dios.
He aquí la libertad de Jesús, su creatividad, su
inteligencia, su capacidad para inventar esta respuesta que no responde a
ninguna pregunta que se le hubiera formulado. La respuesta de Jesús, por un
lado, evita la politización de la imagen de Dios y, por otro, se opone a la
sacralización del poder político.
De hecho, Jesús se distancia de los zelotes, que
consideraban a Dios como el único «César» legítimo, y critica la
sacralización del poder político desmitificando a César. En ambos casos nos
enfrentamos a tentaciones idólatras.
En el primer caso, la tentación es dar a Dios lo que
corresponde al César, a la entidad estatal, cayendo en posturas religiosas
totalitarias y no dialógicas, que no respetan la «laicidad» del Estado y
del poder político; en el segundo, la tentación es dar al César lo que
corresponde a Dios, en el marco de una absolutización del poder político.
Si el tema de la imagen remite naturalmente al hombre
creado por Dios y capax Dei, el tema de la inscripción se encuentra en un pasaje
de Isaías en el que se designa la pertenencia del hombre a Dios. Los
convertidos a la fe en el Dios de Israel llevarán en la mano la inscripción «Del
Señor» y dirán: «Yo pertenezco al Señor» (Is 44,5).
Las palabras de Jesús nos impulsan así también a plantearnos la pregunta: ¿a quién pertenezco? ¿Quién es mi Señor?
He aquí, pues, que los adversarios de Jesús, al oír su
respuesta, se quedaron asombrados y se marcharon (Mt 22,22). Pero tras el
asombro, que es un momento espontáneo e incipiente, se requiere una elección,
una reflexión, para que el asombro se convierta en conversión y en
descubrimiento de la verdad. Y esta es también la tarea del lector.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario