martes, 20 de octubre de 2026

Desazón.

Desazón 

Algunas plazas europeas de estos días cuentan historias diferentes. 

También las protestas adquieren todo un carácter político: la contestación al Gobierno, a la corrupción y a la responsabilidad de quienes ejercen el poder. O son también reivindicaciones sociales y económicas: el coste de la vida, el trabajo, el derecho a la vivienda y la dificultad para llegar a fin de mes. 

De hecho, sería simplista interpretar estas manifestaciones únicamente como protestas políticas, contestaciones ideológicas o estallidos de malestar social. Seguramente también están presentes estos elementos: las condiciones de la precariedad, la dificultad para imaginar un futuro, el coste de los alquileres, la guerra, las desigualdades… 

Pero quizá haya algo más profundo, que precede incluso a estas reivindicaciones y que corremos el riesgo de pasar por alto si nos limitamos a interpretar lo que ocurre en las calles a través de las categorías tradicionales de la política y la economía. 

Hay un malestar antropológico, incluso antes que social. 

Y quizá el mensaje más radical que las protestas están tratando de transmitirnos podría resumirse en una palabra: «Desazón». 

No se trata simplemente de que tengamos derecho a un trabajo, a una vivienda o… a una vida mejor. ¿Nuestra vida tiene valor? ¿Nuestra presencia cuenta? ¿Somos alguien incluso antes de ser algo? 

Antes de ser estudiantes a los que evaluar, trabajadores a los que contratar, consumidores a los que llegar, votantes a los que conquistar o usuarios a los que clasificar,…, somos personas. Personas que necesitan ser reconocidas, escuchadas y acogidas en su singularidad irreductible. 

Es un problema que, en realidad, afecta a toda la sociedad posmoderna. 

Vivimos en un sistema que tiende a reconocer a las personas en función de su funcionalidad: cuánto producen, cuánto rinden, cuánto consumen, cuán eficientes son, cuánto logran adaptarse. 

El valor del ser humano acaba así coincidiendo con su utilidad. 

Y cuando esta utilidad no se reconoce, o aún no es demostrable, la persona corre el riesgo de volverse invisible. 

Por eso, la duda que nos acosa hasta acorralarnos se convierte en la de nuestra propia existencia: ¿hay alguien que nos vea tal y como somos? ¿Alguien que nos haga sentir que estamos bien tal y como somos? ¿Que nos diga que la existencia es un hecho y no una meta que alcanzar, ante la cual a menudo nos sentimos impotentes? 

Es un mecanismo que conocemos bien a través de las dinámicas psicológicas y sociales que alimentan toda forma de discriminación: se deja de ver al otro en su individualidad y se le reduce a una categoría, a una etiqueta, a una función. 

Ya no se encuentra a una persona, sino a un ejemplar de un grupo, a un problema que hay que gestionar, a una presencia que hay que tolerar o contener. El reconocimiento se sustituye por la clasificación. 

¿Y no es acaso eso lo que corremos el riesgo de hacer también con los jóvenes? Los calificamos de frágiles, agresivos, manipulables, malcriados, incapaces de sacrificio, o los convertimos en una categoría sociológica que hay que estudiar y gestionar. 

En ambos casos, sin embargo, corremos el riesgo de no llegar a conocerlos de verdad. 

No, esto no significa justificar la violencia. Devastar una ciudad, agredir a las fuerzas del orden o destruir bienes públicos no se convierte en algo legítimo por el mero hecho de ser portador de un malestar. 

La libertad de manifestarse no exime de la responsabilidad de las propias acciones. 

Pero condenar la violencia no puede convertirse en una forma de eludir la pregunta que nos plantea la protesta, incluso en sus manifestaciones más contradictorias. 

También porque, en este caso, los violentos no parecen ser solo unos cuantos infiltrados que no deberían haber estado allí, sino una parte considerable de las propias manifestaciones. 

Y sí, la represión, por sí sola, es una respuesta errónea, no porque no sea necesario proteger la legalidad, sino porque, si se queda sola, confunde el síntoma con la enfermedad. 

Se pueden desalojar las plazas, identificar a los responsables, restablecer el orden público. 

Pero no se puede reprimir la necesidad de ser reconocidos. Y, sobre todo, no se puede responder únicamente con medidas de seguridad a una pregunta que atañe al sentido mismo de la vida. 

Quizá deberíamos tener el valor de dejarnos interrogar por esta violencia sobre qué estamos ofreciendo a las nuevas generaciones. 

No solo qué oportunidades económicas, sino qué idea del ser humano, qué imagen del futuro, qué posibilidad de sentirse parte de una comunidad. 

Porque no basta con prometer a los jóvenes un lugar en el sistema si ya no somos capaces de mostrarles que la vida vale infinitamente más que el lugar que ocupan en el sistema. 

La pregunta no es solo qué nos están pidiendo estos jóvenes. 

Es también qué hemos dejado de decirles nosotros, los adultos. 

Y quizá, antes de exigirles que aprendan a estar en su sitio, deberíamos volver a decirles que tienen un lugar en el mundo. 

No porque se lo hayan ganado, no porque sean útiles, no porque cumplan nuestras expectativas. Simplemente porque existen. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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