Et ubi es?
Es de noche. Reina el silencio en la casa. El despertador está programado para mañana. Todo lo que había que hacer ya está hecho. O casi. Mañana, Dios mediante, será otro día.
Pero justo ahora, en el momento en que el cuerpo se rinde al cansancio, algo dentro de mí se despierta.
Es una voz suave, casi tímida, que el ruido del día había ahogado. No pide nada urgente. Solo pregunta: «¿Y tú, dónde estás?».
En la vida adulta, resulta difícil mantener viva la atención en la vida espiritual. No por malicia, ni por superficialidad. Se trata de ir tirando, de sobrevivir, de cuidar la salud, de… Son decisiones necesarias, incluso nobles.
El reto surge cuando todo eso toma el control y llega a ocupar la casi totalidad de la vida cotidiana. Entonces, sin darnos cuenta, nos dejamos llevar.
Los días se llenan de nada… y la mente se acostumbra a moverse casi exclusivamente en una perspectiva plana…
El día se convierte en un espacio sin ventanas… se camina como se puede… se llega a ninguna parte… nunca se ve el cielo….
Hay estrellas que solo se ven cuando la ciudad apaga sus luces.
Del mismo modo, hay verdades sobre nosotros mismos que solo salen a la luz cuando el ruido se apaga.
De vez en cuando, a lo largo del camino de la vida, nos detenemos: una enfermedad, un duelo, un cumpleaños que pesa más que los demás, una noche de insomnio, un malestar...
Y en esa pausa nos damos cuenta del vacío que se ha creado dentro de nosotros, excavado lentamente por las situaciones en las que nos hemos visto envueltos y en las que aún estamos inmersos.
No es un vacío ruidoso. No grita.
Es más bien como una habitación de la casa en la que no hemos entrado desde hace años: sabemos que está ahí, conservamos vagamente la llave, pero la puerta ha permanecido cerrada tanto tiempo que casi hemos olvidado lo que contenía.
Algo, quizá hasta bastante, depende de lo que hayamos recibido y elegido durante los años anteriores. Si en aquella época, tan fértil y tan fecunda, no nos encaminaron hacia el descubrimiento del tesoro de la vida interior, si nadie nos enseñó a cuidar con intensidad nuestra conciencia, a cultivar el silencio, a tomar nuestras decisiones partiendo de la dimensión espiritual de la vida, entonces, más adelante, es fácil que cierto vacío tome el control.
Al igual que una planta sin raíces profundas, que ante el primer viento fuerte se inclina hacia donde sopla, así el alma no entrenada se deja arrastrar por las urgencias del momento.
Poco a poco, el nivel espiritual de la vida se va oscureciendo casi por completo.
No desaparece del todo, porque no puede desaparecer: permanece como la luna tras las nubes, presente pero invisible, capaz de iluminar solo a ratos, cuando el cielo interior se abre por un instante.
Cuando esto ocurre, tendemos a identificar el valor de nuestra vida con lo que poseemos o con lo que hemos hecho o con los cargos que hemos desempeñado o con los títulos que logramos…
Nos definimos a través de la posición que ocupamos, del papel que desempeñamos, de las veces y de los foros en los que fuimos consultados…
Y buscamos continuamente el aplauso de los demás, como si nuestra existencia necesitara ser confirmada, cada día, por una mirada externa, por un reconocimiento, por un re-conocimiento.
Pero los aplausos, como es sabido, terminan cuando se apagan las luces del escenario.
Y cuando este proceso de identificación se ha consumado por completo, cuando la vida espiritual se ha vaciado de todo significado, queda muy poco de nosotros.
Queda un papel sin rostro, un nombre sin historia, una vida llena de medallas y pobre en sentido.
Es la noche más oscura: no la que llega desde fuera de la ventana, sino la que se extiende en nuestro interior, en silencio.
Pero incluso en la noche más densa, algo sigue velando.
La conciencia no se resigna.
A lo largo de toda nuestra existencia nos envía señales: una inquietud que no sabemos explicar, un cansancio que el descanso no cura, una nostalgia repentina ante una puesta de sol, ante una música, ante el rostro de alguien…
Son señales inconfundibles de una identidad personal que se está asfixiando y que pide aire, pide espacio, pide ser tenida en cuenta.
Hay que aprender a escucharlas. No silenciarlas con la enésima anécdota de lo que fui, con un nuevo relato de lo que hice, con el ruido de una pantalla encendida hasta tarde…
Estas señales desean abrir una rendija, como el resquicio de luz bajo una puerta cerrada, para permitirnos reorientar el camino de la vida: desplazarlo de la cantidad a la calidad, de lo mucho a lo profundo, de la dimensión superficial a la dimensión espiritual.
Me gusta pensar, y lo hago de vez en cuando, que no se trata de menospreciar el pan de cada día sino de recordar que no solo de pan vive el hombre.
No se trata de añadir algo a nuestra vida, una actividad más, un deber más.
Se trata de convertirnos en personas diferentes.
Personas capaces de establecer nuevas relaciones, que ya no se basen en el intercambio y el interés propio, sino en la gratuidad y el encuentro.
Personas capaces de una mirada diferente hacia el mundo y hacia los demás: una mirada llena de amor y consideración, que no mide, no clasifica, no juzga, sino que acoge.
Es una mirada que abre espacios de creatividad y de escucha.
Quien aprende a escuchar y a mirar así descubre que el tiempo no es solo algo que hay que llenar, sino también algo en lo que hay que vivir; que el otro no es un competidor ni un espectador, sino un misterio que hay que custodiar; que la propia vida vale no por lo que acumula, sino por lo que da y por la calidad de la presencia que sabe ofrecer.
Todos estamos llamados a esta nueva mirada. A esa nueva escucha.
Nadie queda excluido, a ninguna edad.
Nunca es demasiado tarde para volver a abrir esa habitación cerrada, para desempolvar el tesoro olvidado de la vida interior.
Tal vez este sea precisamente el regalo de la noche: obligarnos a detenernos, a mirar hacia arriba, a adentrarnos en las profundidades, a reconocer en la oscuridad las estrellas que el día ocultaba.
Y a prepararnos, en silencio, para un amanecer diferente.
Señor, ahora que quiero dormir, vela Tú mi sueño.
Hasta mañana, Dios mediante.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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