El horror en directo: una pena de muerte en streaming
No se trata únicamente del destino de un hombre condenado por un crimen atroz. Uno no pasa página de las trece víctimas de Fort Hood, del dolor de sus familias, de la brutalidad de un acto que ha segado vidas inocentes.
Y es precisamente la gravedad de la culpa la que exige
que la respuesta del Estado esté por encima de la venganza.
Cuando una democracia decide convertir la muerte en un
espectáculo, ocurre algo más perturbador que una simple decisión judicial. Se
rompe un dique cultural y la justicia deja de ser un ejercicio de
responsabilidad para convertirse en una representación pública del poder. El
Estado no se limita a castigar: exhibe. No aplica la ley: pone en escena la
fuerza.
Es difícil no ver en esta decisión un signo de los
tiempos. En una época dominada por la audiencia, por la emoción inmediata, por
la búsqueda continua de consenso, incluso la pena corre el riesgo de
transformarse en contenido mediático. La muerte se convierte en un
acontecimiento que hay que ver. Una experiencia colectiva que se consume a
través de una pantalla.
Una sociedad que observa morir a un hombre pierde algo
de sí misma. Pierde la capacidad de reconocer el límite que debería separar la
justicia de la venganza. Pierde el sentido de la dignidad que pertenece a toda
persona, incluso a aquella que se ha manchado con los delitos más terribles.
La historia debería habernos enseñado que las
ejecuciones públicas no educan ni hacen que las comunidades sean más seguras.
Tampoco devuelven a las víctimas a sus seres queridos. Por el contrario,
alimentan la fascinación por la violencia, convierten al condenado en un
símbolo y proporcionan a la propaganda imágenes que pueden ser manipuladas e
instrumentalizadas.
No es casualidad que muchos observadores hayan
recordado cómo las ejecuciones públicas han sido durante siglos el lenguaje de
los regímenes autoritarios, de los poderes absolutos, de las sociedades que
buscaban en el terror una legitimación política.
Pero el aspecto más inquietante es otro. Este asunto
pone de manifiesto la profunda y generalizada crisis de la cultura occidental.
Durante décadas, Occidente ha reivindicado la centralidad de la persona, los
derechos humanos y la superioridad moral del Estado de derecho frente a la
barbarie.
Hoy corre el riesgo de perder ese patrimonio
precisamente en el momento en que debería defenderlo con mayor convicción.
La fuerza de la democracia no consiste en hacer lo que
hacen sus enemigos. Consiste en negarse a parecerse a ellos.
Y este es un punto decisivo también para nosotros,
porque pone de relieve la idea y el pensamiento que una comunidad política
tiene de sí misma. Muestra con gran y dramática claridad la diferencia que
existe entre una justicia que salvaguarda la dignidad del ser humano y un poder
que busca el consenso a través de la humillación del ser humano.
Cuando la muerte se convierte en un espectáculo, la
víctima no es solo el condenado. Lo que se pone en tela de juicio es la propia
civilización jurídica y la conciencia colectiva. Así es como la democracia
pierde su autoridad y su atractivo.
La cuestión nos concierne a todos, incluso a quienes
tienen ideas diferentes a las mías sobre la pena de muerte. Porque aquí no se debate
únicamente de la ejecución de una sentencia, sino del significado público de la
justicia. De lo que un Estado decide mostrar a sus ciudadanos como modelo
educativo, moral y civil.
Una sociedad madura no enseña que la fuerza genera justicia,
sino que la justicia debe saber poner un límite incluso a la fuerza. Si ese
límite se derrumba, no estamos presenciando el castigo de un criminal. Estamos
presenciando el debilitamiento de un principio que ha requerido siglos de
historia para construirse: la idea de que toda persona, incluso en el momento
de la culpa y la condena, nunca puede ser reducida a un objeto.
Este es el verdadero riesgo. No la muerte de un
hombre, sino la costumbre colectiva de contemplarla.
Porque cuando la dignidad humana se convierte en algo
negociable, ninguna democracia puede considerarse verdaderamente a salvo.
Y cuando Occidente opta por convertir la justicia en
un espectáculo, acaba renegando de la razón más profunda de su propia
civilización.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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