Sentado a la mesa de los pecadores...
Uno de los aspectos más sorprendentes de la vida de Jesús es la sencillez de sus gestos.
Él no manifiesta el Misterio a través de acciones
espectaculares o alejadas de la experiencia común, sino que lo hace visible en
las situaciones cotidianas: camina por las calles, se encuentra con la gente,
escucha sus preguntas, entra en las casas y comparte la comida.
Precisamente esta elección indica que lo sagrado no se
encuentra separado del mundo, guardado en un espacio inaccesible, sino que está
inmerso en lo profano, es decir, en el tejido concreto de la existencia humana.
Con Jesús presente en la historia, ya no es necesario
dirigir la mirada exclusivamente hacia arriba, como si el Misterio habitara
únicamente en un cielo lejano.
La encarnación anula la distancia: el Misterio entra
en el tiempo, asume la condición humana y se deja encontrar en los lugares
donde se desarrolla la vida.
La distinción entre lo sagrado y lo profano no
desaparece para que todo se vuelva indistinto, sino que se transforma: lo
sagrado se manifiesta en el mismo espacio que lo profano, lo atraviesa y revela
una profundidad inesperada.
Entre las imágenes evangélicas que mejor expresan esta
verdad se encuentra la de Jesús sentado a la mesa.
En los Evangelios lo encontramos a menudo mientras
comparte una comida con personas diversas, no siempre elegidas por Él y no
siempre bien dispuestas hacia Él.
La mesa se convierte así en un lugar abierto, en el
que se entrelazan la acogida y la desconfianza, la amistad y el juicio, la
escucha y el conflicto.
Jesús no elude esta complejidad: se adentra en ella,
porque es precisamente allí donde los seres humanos se revelan y pueden
aprender a conocerse.
En una ocasión concreta, Jesús es invitado por un fariseo, que se queda asombrado y lo juzga porque no ha cumplido el rito de lavarse las manos antes de la comida.
El gesto omitido provoca una reacción porque pone en
tela de juicio una forma de entender la pureza religiosa.
Jesús desplaza la atención de la observancia exterior
a la verdad interior de la persona: no basta con parecer puros si el corazón
permanece cerrado a la justicia, a la misericordia y al compartir.
La fe no puede reducirse a un conjunto de prácticas
que separan a unos de otros; debe convertirse en una forma auténtica de vida.
Jesús se sienta a la mesa porque la mesa es uno de los lugares más concretos de la existencia. En ella se nutre el cuerpo, pero también la relación; se comparten palabras, silencios, diferencias y expectativas. En torno a una comida se construye el conocimiento mutuo, porque cada uno tiene la oportunidad de contarse y de escuchar.
En este espacio cotidiano, Jesús muestra que el encuentro con Dios no nos aleja de las personas, sino que nos lleva hacia ellas. El diálogo, la hospitalidad y la disposición a dejarse interrogar se convierten en gestos en los que el misterio se hace perceptible.
Lo cotidiano, por tanto, no es un obstáculo para la
vida espiritual, ni un paréntesis carente de valor frente a los momentos
explícitamente religiosos.
Es el lugar privilegiado en el que podemos
experimentar lo sagrado. En los gestos repetidos de cada día —trabajar, comer,
encontrarnos, cuidar, perdonar— puede surgir una presencia que trasciende lo
que vemos de inmediato.
El Misterio no elimina la normalidad, sino que la habita y la transfigura desde dentro.
Por eso, cuanto más estamos realmente inmersos en lo cotidiano, más crece la posibilidad de conocer el Misterio.
No se trata de dejarse absorber por la rutina, sino de
vivirla con atención, profundidad y apertura.
Estar presentes en la realidad significa reconocer el
valor de las personas, acoger lo que sucede y vislumbrar en los detalles una
búsqueda de sentido.
La espiritualidad que propone Jesús no invita a huir
del mundo, sino a entrar en él plenamente, con una mirada capaz de ver más allá
de la superficie.
La mesa de Jesús se convierte entonces en el símbolo
de una fe encarnada: una fe que no teme lo concreto, que no levanta barreras y
que reconoce la presencia del Misterio en la relación.
Lo sagrado no está en otra parte, sino aquí, en la
historia que vivimos y en los encuentros que nos transforman.
Buscar el Misterio significa aprender a vivir la vida
con mayor conciencia, porque precisamente en su aparente sencillez, lo
cotidiano puede abrirse a la profundidad del Misterio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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