¿No hay derecho a pedir lo imposible?
Me dan pena… Sí, me dan pena ciertos análisis de los adultos.
Porque, y sin embargo, hay algo profundamente revelador en las movilizaciones juveniles que se extienden hoy por Europa.
No tanto por los episodios de tensión que ocupan los titulares de los informativos, sino por la pregunta que plantean a la sociedad adulta: ¿por qué son precisamente los más jóvenes los que sienten la necesidad de rebelarse, mientras que tantos adultos parecemos haber dejado incluso de indignarnos?
Desde hace años se nos dice que las nuevas generaciones son prisioneras de las pantallas, incapaces de entablar relaciones auténticas, encerradas en el mundo digital y virtual.
Pero cuando miles de estudiantes salen a las calles para defender la escuela pública, denunciar las desigualdades, reclamar paz, justicia climática o expresar solidaridad con los pueblos afectados por la guerra, descubrimos que la realidad es muy diferente.
Quizá los verdaderos prisioneros de las pantallas no sean los jóvenes, sino muchos de los que los observamos desde lo alto de un sillón frente al televisor o tras un teclado.
Nosotros, los que hemos acabado por considerar inevitables la precariedad laboral, la falta de financiación de la escuela, la devastación medioambiental, el creciente rearme y el aumento de las desigualdades.
Nosotros, los que hemos sustituido la esperanza por el comentario y la acción por la indignación a distancia.
A los jóvenes se les pide continuamente que se adapten a un futuro ya decidido por otros…Cuando se movilizan, se les tacha de ingenuos, manipulados o violentos. Rara vez se intenta escuchar lo que están diciendo.
Pero uno hasta ha comenzado a creer sinceramente que su malestar no surge de la nada.
Nace de la experiencia cotidiana de una sociedad que promete derechos y genera exclusión, que celebra el mérito mientras las condiciones de partida son cada vez más desiguales, que habla de futuro mientras sacrifica el presente de quienes deberían vivir ese futuro.
Incluso una lectura cristiana de la realidad debería considerar con mucho respeto esta inquietud.
El Evangelio no es una invitación a la aceptación pasiva del orden existente. Jesús no se limitó a predicar el consuelo individual. Atravesó conflictos, cuestionó los poderes religiosos y económicos, se puso del lado de los excluidos. El cristianismo nace como un movimiento de esperanza histórica incluso antes que como una promesa ultra-terrena.
Por eso resulta inquietante el intento de contraponer una supuesta juventud disciplinada, silenciosa y obediente a una juventud crítica y rebelde.
La fe cristiana no coincide con la sumisión. La paz no es lo mismo que el orden impuesto. La armonía no es lo mismo que el silencio de quienes sufren.
Los jóvenes, en cambio, nos recuerdan con su presencia en las plazas una verdad elemental: la sociedad se puede cambiar. No siempre tienen razón. No siempre encuentran las mejores formas de expresar su desacuerdo.
Pero poseen una cualidad que muchos adultos parece que ya hemos perdido: la convicción de que el mundo no está destinado a permanecer tal y como es.
Esta energía juvenil representa un recurso precioso que los adultos debemos contemplar con simpatía y atención.
Las protestas juveniles, las movilizaciones por la paz, la reivindicación de un trabajo digno y de una transición ecológica de la economía hablan el mismo idioma: el de la dignidad humana frente a la lógica del descarte.
El problema no es la rebelión de los jóvenes. El problema es la resignación de los adultos.
No es el conflicto social cuando surge de la exigencia de justicia. Es la indiferencia la que permite que las injusticias se consoliden. No es el deseo de cambiar el mundo. Es haber dejado de creer que se pueda cambiar.
En las inquietudes de los jóvenes se manifiesta el malestar profundo de una sociedad que necesita recuperar la esperanza, la participación y el protagonismo colectivo frente al declive del mundo que los adultos consideramos inevitable.
Gracias, pues, a los jóvenes que siguen perturbando la tranquilidad de nuestras conciencias. No porque sean perfectos, sino porque nos recuerdan que la historia sigue abierta.
Y que los nuevos cielos y la nueva tierra no avanzan gracias a la resignación, sino gracias a las personas que aún encuentran el valor de levantarse y decir: así no vale, tenemos que cambiar de rumbo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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