Nostalgia de la casa y banquete del Padre: deseo infinito de eternidad
Para contemplar a los santos, solemos levantar la vista. Pero para comprender algo de su vida, hay que buscarlos también en lo bajo: inclinados hacia alguien, inmersos en una tarea ardua, junto a una persona de la que los demás se han alejado.
Ellos tenían los ojos fijos en el cielo y las manos
ocupadas con las cosas de la tierra.
Nosotros, en cambio, al revestirlos de perfección,
hemos acabado por convertirlos en extraños. Los honramos, siempre y cuando
quede claro que de nosotros no se puede exigir lo mismo. Así, una fiesta de luz
y belleza corre el riesgo de convertirse en algo alejado de nuestro día a día.
La Fiesta de Todos los Santos nos devuelve a la vida y
pone en tela de juicio tres prejuicios.
El primero es que la santidad esté reservada a unos
pocos elegidos. Se necesitaría una madera especial, un carácter diferente al
nuestro, quizá unas condiciones de vida más favorables.
San Juan parte de un punto totalmente distinto: «Mirad qué gran amor nos ha dado el
Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, y lo somos de verdad».
Lo somos. La santidad comienza por el amor que nos
precede y por la confianza que depositamos en él. La vida no es otra cosa que
convertirnos en lo que somos: hijos.
Y, por eso, aprender a tratar a los demás como hermanos, incluso a aquellos a
quienes no habríamos elegido.
Estamos creados a imagen y semejanza de Dios. Llevamos
en nuestra humanidad una huella que ni siquiera el pecado logra borrar. Es lo
que me gusta llamar nostalgia del
cielo.
¿Cómo se puede sentir nostalgia del cielo si
nunca hemos estado allí? Normalmente se siente nostalgia de una casa habitada,
de un rostro conocido. La nostalgia del cielo indica un deseo
que precede a la experiencia. De hecho, no tenemos recuerdos del cielo, pero
sabemos que hemos recibido la vida de Dios y que estamos hechos para la
comunión con Él. Su imagen está grabada en nosotros como una orientación, un
anhelo hacia Aquel de quien procedemos.
Intuimos algo de ello en el deseo de que un amor
verdadero no se pierda en la nada, de que una vida herida encuentre la salvación.
Nos rebelamos ante la idea de que la muerte pueda hacer inútil todo lo que una
persona ha sido. Incluso en la alegría deseamos algo que perdure, que no tenga
que defenderse continuamente ante la posibilidad de perderlo. El cielo es la
comunión plena con el Señor, la plenitud del amor cuya huella llevamos en
nosotros.
Esta pertenencia nos concierne a todos. El Apocalipsis
habla de «una multitud inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones,
tribus, pueblos y lenguas». Nada que ver con unos pocos elegidos.
Pero seguimos pensando que, para convertirnos en
santos, deberíamos estar en otro lugar: con otras personas, con menos
problemas, podríamos ser mejores. Se necesitaría más silencio, más tiempo para
rezar. Sin duda lo necesitamos. Pero incluso en el silencio nos llevamos a
cuestas nuestras resistencias, aquello que no queremos perdonar. Ningún lugar
puede amar en nuestro lugar.
La nostalgia del cielo nos lleva
precisamente hacia aquello que espera nuestra atención: hacia la imagen de Dios
grabada en ese rostro, hacia la dignidad que pide ser reconocida.
El segundo prejuicio es que la felicidad solo llega
después. Aquí abajo habría que aguantar, y luego vendrá la recompensa. Como si
Dios nos pidiera que renunciáramos a la alegría para poder merecerla algún día.
Jesús mira a las personas pobres, afligidas,
perseguidas, y nueve veces dice: «Bienaventurados».
No pide a quienes lloran que se conformen con su
desgracia, no llama «bien» a la injusticia, sino que
anuncia que Dios está cerca de esas vidas y les abre un futuro: el llanto no
tendrá la última palabra, el hambre de justicia no quedará para siempre sin
respuesta.
Esta promesa ya nos da aliento ahora mismo. Nos
permite buscar la paz incluso cuando el resultado es frágil, ser
misericordiosos sin la garantía de que se nos comprenda. Puede haber alegría en
renunciar a la venganza, en reencontrar a una persona, en descubrir que aún
tenemos algo que dar.
La nostalgia del cielo no nos autoriza
a menospreciar esta vida. Nos hace estar atentos a cada anticipo de esa
plenitud que esperamos. Un perdón recibido, una reconciliación, alguien que
vuelve a confiar: son experiencias en las que empezamos a saborear aquello para
lo que estamos hechos.
La vida eterna no es un apéndice tras la vida
verdadera. Es su plenitud en Dios. Lo que vivimos aquí es su comienzo, su primicia.
Por eso todos nuestros días tienen valor, todos los momentos son semilla de
eternidad.
El tercer prejuicio es que, al final, siempre vence el
mal. Lo decimos con el tono de quien ha comprendido cómo funciona el mundo. A
veces, sin embargo, esta convicción se convierte en una excusa para tirar la
toalla. ¿Para qué exponerse, para qué seguir siendo honesto, para qué hacerse
cargo de alguien, si al fin y al cabo nada cambia?
La multitud del Apocalipsis proviene de la gran
tribulación. Ha atravesado la historia, conoce su peso. Los santos no son
personas a las que se les haya ahorrado lo peor. Algunos murieron sin ver
cambiar aquello por lo que habían dedicado su vida y, sin embargo, siguieron
confiando en Dios sin permitir que fuera solo el mal recibido el que decidiera
cómo iban a vivir.
El mal sigue siendo mal. Hay heridas que no cicatrizan
como nos gustaría y preguntas a las que no sabemos responder. La fe nos
mantiene unidos a la promesa de que nada podrá separarnos del amor de Dios.
Incluso cuando no vemos una salida, aún podemos elegir cómo estar al lado de
los demás.
Somos como árboles al revés, con las raíces en el
cielo y los frutos en la historia. Las raíces se alimentan del amor de Dios;
los frutos son para quienes pasan a nuestro lado.
La nostalgia del cielo puede adoptar
esta forma: una persona que encuentra en nosotros un apoyo y consigue volver a
ponerse en pie, un anticipo de lo que viviremos en plenitud en la vida eterna.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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