jueves, 29 de octubre de 2026

Nostalgia de la casa y banquete del Padre: deseo infinito de eternidad

Nostalgia de la casa y banquete del Padre: deseo infinito de eternidad

Para contemplar a los santos, solemos levantar la vista. Pero para comprender algo de su vida, hay que buscarlos también en lo bajo: inclinados hacia alguien, inmersos en una tarea ardua, junto a una persona de la que los demás se han alejado.

 

Ellos tenían los ojos fijos en el cielo y las manos ocupadas con las cosas de la tierra.

 

Nosotros, en cambio, al revestirlos de perfección, hemos acabado por convertirlos en extraños. Los honramos, siempre y cuando quede claro que de nosotros no se puede exigir lo mismo. Así, una fiesta de luz y belleza corre el riesgo de convertirse en algo alejado de nuestro día a día.

 

La Fiesta de Todos los Santos nos devuelve a la vida y pone en tela de juicio tres prejuicios.

 

El primero es que la santidad esté reservada a unos pocos elegidos. Se necesitaría una madera especial, un carácter diferente al nuestro, quizá unas condiciones de vida más favorables.

 

San Juan parte de un punto totalmente distinto: «Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, y lo somos de verdad».

 

Lo somos. La santidad comienza por el amor que nos precede y por la confianza que depositamos en él. La vida no es otra cosa que convertirnos en lo que somos: hijos. Y, por eso, aprender a tratar a los demás como hermanos, incluso a aquellos a quienes no habríamos elegido.



Estamos creados a imagen y semejanza de Dios. Llevamos en nuestra humanidad una huella que ni siquiera el pecado logra borrar. Es lo que me gusta llamar nostalgia del cielo.

 

¿Cómo se puede sentir nostalgia del cielo si nunca hemos estado allí? Normalmente se siente nostalgia de una casa habitada, de un rostro conocido. La nostalgia del cielo indica un deseo que precede a la experiencia. De hecho, no tenemos recuerdos del cielo, pero sabemos que hemos recibido la vida de Dios y que estamos hechos para la comunión con Él. Su imagen está grabada en nosotros como una orientación, un anhelo hacia Aquel de quien procedemos.

 

Intuimos algo de ello en el deseo de que un amor verdadero no se pierda en la nada, de que una vida herida encuentre la salvación. Nos rebelamos ante la idea de que la muerte pueda hacer inútil todo lo que una persona ha sido. Incluso en la alegría deseamos algo que perdure, que no tenga que defenderse continuamente ante la posibilidad de perderlo. El cielo es la comunión plena con el Señor, la plenitud del amor cuya huella llevamos en nosotros.

 

Esta pertenencia nos concierne a todos. El Apocalipsis habla de «una multitud inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas». Nada que ver con unos pocos elegidos.

 

Pero seguimos pensando que, para convertirnos en santos, deberíamos estar en otro lugar: con otras personas, con menos problemas, podríamos ser mejores. Se necesitaría más silencio, más tiempo para rezar. Sin duda lo necesitamos. Pero incluso en el silencio nos llevamos a cuestas nuestras resistencias, aquello que no queremos perdonar. Ningún lugar puede amar en nuestro lugar.

 

La nostalgia del cielo nos lleva precisamente hacia aquello que espera nuestra atención: hacia la imagen de Dios grabada en ese rostro, hacia la dignidad que pide ser reconocida.

 

El segundo prejuicio es que la felicidad solo llega después. Aquí abajo habría que aguantar, y luego vendrá la recompensa. Como si Dios nos pidiera que renunciáramos a la alegría para poder merecerla algún día.

 

Jesús mira a las personas pobres, afligidas, perseguidas, y nueve veces dice: «Bienaventurados».


No pide a quienes lloran que se conformen con su desgracia, no llama «bien» a la injusticia, sino que anuncia que Dios está cerca de esas vidas y les abre un futuro: el llanto no tendrá la última palabra, el hambre de justicia no quedará para siempre sin respuesta.

 

Esta promesa ya nos da aliento ahora mismo. Nos permite buscar la paz incluso cuando el resultado es frágil, ser misericordiosos sin la garantía de que se nos comprenda. Puede haber alegría en renunciar a la venganza, en reencontrar a una persona, en descubrir que aún tenemos algo que dar.


La nostalgia del cielo no nos autoriza a menospreciar esta vida. Nos hace estar atentos a cada anticipo de esa plenitud que esperamos. Un perdón recibido, una reconciliación, alguien que vuelve a confiar: son experiencias en las que empezamos a saborear aquello para lo que estamos hechos.

 

La vida eterna no es un apéndice tras la vida verdadera. Es su plenitud en Dios. Lo que vivimos aquí es su comienzo, su primicia. Por eso todos nuestros días tienen valor, todos los momentos son semilla de eternidad.

 

El tercer prejuicio es que, al final, siempre vence el mal. Lo decimos con el tono de quien ha comprendido cómo funciona el mundo. A veces, sin embargo, esta convicción se convierte en una excusa para tirar la toalla. ¿Para qué exponerse, para qué seguir siendo honesto, para qué hacerse cargo de alguien, si al fin y al cabo nada cambia?

 

La multitud del Apocalipsis proviene de la gran tribulación. Ha atravesado la historia, conoce su peso. Los santos no son personas a las que se les haya ahorrado lo peor. Algunos murieron sin ver cambiar aquello por lo que habían dedicado su vida y, sin embargo, siguieron confiando en Dios sin permitir que fuera solo el mal recibido el que decidiera cómo iban a vivir.

 

El mal sigue siendo mal. Hay heridas que no cicatrizan como nos gustaría y preguntas a las que no sabemos responder. La fe nos mantiene unidos a la promesa de que nada podrá separarnos del amor de Dios. Incluso cuando no vemos una salida, aún podemos elegir cómo estar al lado de los demás.

 

Somos como árboles al revés, con las raíces en el cielo y los frutos en la historia. Las raíces se alimentan del amor de Dios; los frutos son para quienes pasan a nuestro lado.

 

La nostalgia del cielo puede adoptar esta forma: una persona que encuentra en nosotros un apoyo y consigue volver a ponerse en pie, un anticipo de lo que viviremos en plenitud en la vida eterna.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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