Sinodalidad, sinodalidad, sinodalidad... ¿en serio o en broma?
Se nos dijo que el camino sinodal no debía ser un paréntesis, sino un proceso capaz de cambiar la forma de ser Iglesia. El Papa Francisco lo había repetido en numerosas ocasiones: la sinodalidad no debía reducirse a un acontecimiento, sino convertirse en un estilo habitual de la vida eclesial. El Papa León ha recogido este legado, insistiendo en la necesidad de continuar el camino y plasmarlo en la vida concreta de las comunidades. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿en qué punto nos encontramos?
La pregunta no surge de la voluntad de restar importancia a una experiencia importante. Los cambios auténticos requieren tiempo, paciencia y capacidad para superar resistencias arraigadas. Pero precisamente porque el camino sinodal se ha presentado como decisivo para el futuro de la Iglesia, no podemos conformarnos con constatar que se sigue hablando de él. Debemos comprobar qué es lo que realmente está cambiando.
El
riesgo, formulado en repetidas ocasiones, es que la sinodalidad se convierta
en una palabra muy pronunciada y poco practicada: celebrada en los documentos y
en las asambleas, pero incapaz de influir en las decisiones y en los hábitos
cotidianos.
Digo esto porque, por poner un ejemplo, en relación con el encuentro eclesial dedicado a la familia en el pasado mes de octubre, llama la atención la escasa participación de parejas y familias: apenas once parejas en una asamblea de unas 248 personas.
No sé si la paradoja es evidente: nos reunimos para
reflexionar sobre la familia, sobre los retos de la vida conyugal y sobre la
educación de los hijos, pero las personas que viven directamente estas
experiencias corren el riesgo de tener un espacio totalmente anecdótico, marginal…
residual.
Si hemos insistido tanto en la escucha del Pueblo de
Dios, en la valorización de los carismas y en la corresponsabilidad, ¿cómo es
posible que no reconozcamos a las familias un papel significativo en el
discernimiento sobre cuestiones que les afectan tan directamente?
Dicho de otra manera: ¿está destinada la sinodalidad a cambiar la forma en que la Iglesia toma las decisiones o seguirá siendo, sobre todo, una experiencia de consulta?
Sería demasiado fácil limitarse a Roma, a las
asambleas episcopales o a los grandes eventos eclesiales. La cuestión nos
concierne ante todo a nosotros, a nuestras Diócesis, a nuestros Consejos Pastorales,
a nuestras comunidades cristianas...
Tras todo el camino recorrido, ¿qué ha cambiado realmente?
¿En los Consejos Pastorales se escucha más a las personas o se sigue
convocándolas sobre todo para comunicar decisiones ya tomadas? ¿Participan los
laicos en la definición de las prioridades pastorales o se les involucra
principalmente en la ejecución de iniciativas decididas por otros? ¿Han
modificado las propuestas surgidas de los encuentros sinodales los programas,
las actividades y las formas de acompañamiento de las personas? ¿Han encontrado
los jóvenes nuevos espacios para influir en las decisiones que les afectan? ¿Se
ha reconocido más a las familias, a las personas solas y a quienes viven
situaciones de fragilidad como interlocutores? ¿Y cuando alguien expresa un desacuerdo
o plantea una pregunta incómoda, encuentra realmente un lugar donde ser
escuchado?
La sinodalidad no se mide por el número de encuentros organizados o de cuestionarios recopilados. Se mide por la calidad de las relaciones, por la disposición a dejarse cuestionar y por la capacidad de reconocer que nadie, por sí solo, posee todos los dones necesarios para la misión de la comunidad.
Y, sobre todo, se mide por los efectos. Si al final de
un proceso de escucha todo sigue igual, hay que preguntarse por qué. Quizá
faltaron herramientas adecuadas, o quizá las propuestas no estaban maduras.
Pero también es posible que no hubiera una verdadera disposición a cuestionar
la forma habitual de hacer las cosas.
Hay una famosa intuición en El Gattopardo: «Si
queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».
También en la vida eclesial podemos correr este
riesgo. Se introducen nuevos lenguajes, se multiplican los encuentros, se
elaboran documentos. Se habla de participación y corresponsabilidad, pero las
decisiones siguen los mismos caminos y las responsabilidades permanecen concentradas
en las mismas manos.
Por supuesto, no toda continuidad es un fracaso y no
toda novedad supone un progreso... Pero tampoco la fidelidad a una determinada tradición
(y utilizo las minúsculas) puede convertirse en una justificación del
inmovilismo.
El camino sinodal exigía algo más profundo que una reorganización: una conversión en la forma de convivir, de reconocer los carismas, de ejercer la autoridad y de discernir la voluntad de Dios.
No basta con que todos hayan tenido la oportunidad de
hablar. Hay que preguntarse si alguien ha escuchado de verdad y si lo que ha
surgido ha tenido peso en las decisiones.
No basta con invitar a la corresponsabilidad: hay que
aclarar qué responsabilidades se comparten efectivamente. Sin este paso, la
sinodalidad corre el riesgo de convertirse en una mera representación: todos
están formalmente implicados, pero nadie es realmente capaz de influir en las
decisiones.
No basta con celebrar el Sínodo. Sería injusto afirmar
que nada ha cambiado. En algunas comunidades quizá la escucha se ha vuelto más
atenta, tal vez han surgido nuevas colaboraciones y se ha abierto un diálogo
que antes resultaba difícil. Estas experiencias deben reconocerse y valorarse.
Pero precisamente su existencia hace urgente
comprender por qué lo que es posible en algunos lugares cuesta tanto
convertirse en un estilo compartido. ¿O es que nos hace falta otro documento
para declarar la importancia de la sinodalidad? ¿No habría más bien que
comprobar, comunidad por comunidad, qué se ha asimilado, qué se ha quedado en
el papel y qué obstáculos impiden avanzar?
Se podría empezar con una pregunta sencilla que plantear a nuestros Consejos Pastorales: ¿cuáles son las tres cosas que hacemos hoy de forma diferente gracias al camino sinodal? Si la respuesta es inmediata y concreta, tenemos algo que contar. Si, en cambio, nos cuesta encontrarla, no es momento de escondernos tras las palabras. Es momento de volver a empezar. Para que se convierta en un «estilo» y no solo en la elección del cura de turno.
El Sínodo no puede considerarse un éxito solo por el
hecho de haberse celebrado. No basta con haber escuchado para poder decir que
nos hemos convertido en una Iglesia que escucha. Y no basta con haber
proclamado la corresponsabilidad para que esta se haya incorporado a la vida de
las comunidades.
La pregunta sigue abierta y va dirigida a todos: ¿nos
hemos tomado el Sínodo a broma, o estamos realmente dispuestos a dejarnos transformar?
Porque el problema no es que la Iglesia avance
lentamente. El problema es si, mientras afirma que camina, está dispuesta a
cambiar de rumbo cuando la escucha del Pueblo de Dios le muestra que es
necesario ese cambio de rumbo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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