Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 -
En el corazón del mundo judío se produjo una influencia que ninguna ley pudo detener, ninguna frontera supo contener y ninguna autoridad logró sofocar.
No fue la oscura contaminación de la corrupción, sino
la luminosa del agua viva: la presencia de Jesús.
Él atravesó pueblos, casas, sinagogas y calles
polvorientas dejando tras de sí una pregunta candente: ¿qué queda de nuestras
construcciones religiosas cuando el Misterio se presenta sin máscaras?
Su palabra no caía desde lo alto como un discurso
ajeno a la vida; nacía de sus gestos, de su mirada, de su forma de acercarse a
los excluidos. En Él, palabra y acción coincidían. Por eso su voz no se
limitaba a explicar el mundo: lo ponía al descubierto.
Jesús era cristalino. No porque fuera ingenuo, sino
porque en Él no había doblez. No hablaba de misericordia para ganarse el consenso:
se detenía ante el herido. No proclamaba la dignidad de los pobres desde una
posición de privilegio: compartía su mesa y su precariedad. No invocaba a Dios
para consolidar un poder: llamaba a Dios «Padre» y devolvía a cada persona la
libertad de sentirse hija.
Precisamente esta claridad hacía insoportable toda
farsa. Ante Él, la hipocresía perdía su máscara, la devoción ostentosa revelaba
su vacuidad, la ley utilizada como arma mostraba el rostro de la violencia.
Su autenticidad era un juicio sin tribunal: bastaba
con que él estuviera presente para que lo falso comenzara a resquebrajarse.
La vida de Jesús fue como agua clara vertida en un recipiente antiguo. No destruyó la sed de Israel: la devolvió a la fuente. No borró la historia, las Escrituras, la espera y la esperanza de su pueblo: las atravesó, separando lo que daba vida de lo que se había convertido en carga, privilegio, mercado o miedo.
Esta es la «novedad» del Evangelio: entra sin pedir
permiso en los sistemas cerrados y los obliga a respirar; penetra en las
palabras gastadas y les devuelve carne; llega hasta los ritos y pregunta si aún
custodian al hombre o solo a sí mismos.
Desde entonces, esa agua sigue fluyendo. Se ha
encontrado con pueblos y lenguas, ha atravesado culturas y religiones, a veces
ha quedado aprisionada en instituciones que pretendían poseerla; y, sin
embargo, ha seguido filtrándose por las grietas, resurgiendo en los justos, en
los pobres, en los misericordiosos, en aquellos que eligieron la verdad cuando
la mentira parecía más conveniente.
Y he aquí el escándalo que el mundo aún no ha
comprendido: quien cambió la historia no fue un soberano, ni un general, ni un
hombre protegido por el oro o las armas.
Fue un hombre sencillo y pobre, sin ejércitos, sin
palacios, sin monedas acuñadas con su propio rostro.
No recurrió a poderes espectaculares para dominar las
conciencias; no compró lealtades, ni amenazó con castigos para asegurarse la
obediencia.
Su fuerza fue la coherencia. Su autoridad nació del
servicio. Su trono tomó la forma de una mesa compartida y, finalmente, de una
cruz.
Allí donde el poder mundano ocupa, Él hizo espacio;
allí donde el dinero mide el valor, Él declaró bienaventurados a los que no
cuentan; allí donde el miedo impone el silencio, Él devolvió la palabra a los
invisibles. Por eso ha trastornado al mundo: no sustituyendo un dominio por
otro, sino quitándole al dominio su pretensión de ser la última palabra.
Después de dos mil años, su presencia sigue entre nosotros.
Quizás sea precisamente aquí donde se abre uno de los
significados más profundos del misterio de la resurrección: la muerte física de
Jesús no interrumpió la obra de autenticidad, justicia, amor y misericordia que
Él había iniciado.
Quienes lo condenaron creyeron haber cerrado un
capítulo; en cambio, habían abierto de par en par una brecha. Su cuerpo ya no
recorre los caminos de Galilea, pero su Espíritu entra en la vida interior de
quien se deja alcanzar por su forma de ser.
Y resucita cada vez que alguien renuncia a la
venganza, cuando una conciencia prefiere la verdad al beneficio propio, cuando
se acoge a un excluido, cuando la dignidad de una persona vale más que una
norma aplicada sin misericordia. La resurrección no es solo el recuerdo de un
milagro: es el rechazo divino a permitir que el amor quede archivado como una
derrota.
No hay muros capaces de detener la acción del Logos.
No bastan las fronteras de las religiones, las fortalezas de las ideologías,
las aduanas de las culturas, las censuras de los poderosos.
El Logos no invade: fermenta. No aniquila:
transfigura. No humilla lo que encuentra: saca a la luz su significado más
profundo. Atraviesa la historia como una semilla guardada en la tierra, como el
agua que busca obstinadamente una rendija, como la luz que no pide permiso a
las tinieblas.
Pero ¡ay de nosotros si reducimos esta fuerza a una fórmula inocua, a una costumbre ritual, a un signo identitario que oponer a los demás! El Cristo vivo no viene a confirmar nuestras representaciones; viene a desenmascararlas. No viene a proteger nuestro interés propio; viene a liberarnos de él.
Cada vez que la fe busca prestigio, el Nazareno vuelve
a ser pobre; cada vez que la religión bendice la opresión, Él vuelve al lado de
las víctimas; cada vez que se vende la verdad, su palabra resuena libre.
Él sigue aquí, no como una reliquia del pasado, sino
como un futuro que llama a las puertas del presente.
Y seguirá contagiando al mundo con la pureza, hiriendo
la mentira con la verdad, inquietando a los tranquilos y consolando a los
oprimidos, hasta que el hombre comprenda que el sentido profundo de la historia
no es dominar, poseer o aparentar, sino volverse auténtico en el amor.
El Logos lo transforma todo, porque nada de lo
verdaderamente humano le es ajeno y nada de lo falso puede resistir para
siempre a su luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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