sábado, 17 de octubre de 2026

Tarea espiritual.

Tarea espiritual

El Centro de Escucha está en silencio. La Rectoría está cerrada. La oscuridad se adueña y el frío transita por la calle…Mi habitación está en silencio. Banchi Vecchi se ha vaciado… y hasta los pensamientos, por fin, ralentizan su ritmo.

 

Es en esta hora, cuando las luces se apagan y solo queda el tenue resplandor de la luna, cuando la vida se hace más cercana, sensible, casi audible y tangible.

 

Durante el día nos defendemos con el ruido, con las cosas que hay que hacer, con las palabras de los demás; por la noche, en cambio, nos quedamos solos con lo que somos.

 

Y es precisamente aquí, en el silencio de mi habitación, donde comienza el camino hacia la luz.

 

Uno de los objetivos de la vida espiritual es la transparencia.

 

Con el tiempo, en el camino de la vida, deberíamos llegar a vivir lo que pensamos y a pensar lo que vivimos, sin ningún subterfugio, sin esa doble habitación interior en la que esconder lo que no nos atrevemos a mostrar.

 

En nuestras decisiones debería quedar patente que somos exactamente lo que pensamos, y que lo que pensamos se convierte en acción.

 

Como un cristal atravesado por la luz de las estrellas: nada retiene, nada deforma.

 

Una vida transparente no es una vida perfecta, sino una vida en la que el interior y el exterior coinciden por fin.

 

Para alcanzar tal nivel de transparencia no bastan las buenas intenciones. Se necesitan muchas horas, días, semanas, años dedicados al cuidado de la propia conciencia: vigilias silenciosas en las que uno se sienta junto a sí mismo, como se vela a un amigo enfermo, con paciencia y sin prisas.


No tener miedo de la propia oscuridad significa haberla mirado a la cara, haberla atravesado esforzándose por captar su punto de origen, su fuente oculta, para purificarla de forma definitiva.

 

La oscuridad no se vence huyendo de ella, sino entrando en ella con una pequeña lámpara encendida: la de la honestidad con uno mismo.

 

Es un trabajo constante, que exige tiempo y verdad. Porque, en realidad, siempre queda algo oculto en nuestro interior, algo oscuro, sórdido, negativo, que de vez en cuando resurge como una niebla nocturna, proyectando sombras sobre nuestro presente y tristeza sobre nuestras decisiones.

 

Estas sombras se presentan a menudo como ilusiones que nunca se han curado. Permanecen a la espera, en silencio, hasta que la vida se vuelve dura.

 

Entonces resurgen y buscan su satisfacción precisamente en los momentos en que el cansancio pesa más y el deseo de huida se hace cada vez más fuerte.

 

Son las voces que susurran en las noches de insomnio: en otro lugar estaría mejor, si no… serías feliz.

 

Es precisamente en estos momentos cuando resulta necesario permanecer quietos, en silencio. No permitir que las ilusiones dicten nuestras decisiones, sino dejarlas pasar, como nubes que atraviesan el cielo nocturno sin poder poseerlo.

 

Hay que esperar a que la realidad resurja con su verdad: una verdad hecha de lo que somos y de nuestras decisiones concretas.

 

La noche no dura para siempre; quien sabe permanecer inmóvil en la oscuridad, sin agitarse, ve poco a poco cómo los contornos de las cosas vuelven a ser nítidos.


Amarse a uno mismo significa aceptar en lo que nos hemos convertido a través de las decisiones tomadas, y amarlas hasta el fondo, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, sin desear lo que esas mismas decisiones han eliminado de nuestro horizonte.

 

Cada decisión es también una renuncia, y cada renuncia deja un vacío. Pero es un vacío lleno de sentido: es el espacio en el que nuestra vida ha tomado forma.

 

Lamentarse por los caminos no recorridos significa dejar que la nostalgia se convierta en otra forma, más sutil, de huida.

 

Cuando este trabajo interior no se lleva a cabo, las tinieblas se imponen y las ilusiones se abren paso: un espacio que destruye la realidad construida con esfuerzo, día tras día. Y cuando las ilusiones se han consumido, como velas que solo dejan humo y cera fría, se intenta por todos los medios ocultar el desastre provocado.

 

Pero también esto es una gran ilusión, porque lo que se ha hecho permanece. La oscuridad puede ocultarlo por un tiempo, pero no lo borra.

 

Liberar nuestro horizonte existencial de la oscuridad es nuestra tarea fundamental. No se trata de una conquista lograda de una vez por todas, sino de una vigilia fiel, noche tras noche, hasta que el amanecer encuentre en nosotros un lugar transparente donde posarse.

 

Porque esta es la realidad definitiva, la que permanece cuando las ilusiones se desvanecen y el silencio de la noche da paso a la luz de la mañana: nosotros somos nuestras decisiones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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