Tarea espiritual
El Centro de Escucha está en silencio. La Rectoría está cerrada. La oscuridad se adueña y el frío transita por la calle…Mi habitación está en silencio. Banchi Vecchi se ha vaciado… y hasta los pensamientos, por fin, ralentizan su ritmo.
Es en esta hora, cuando las luces se apagan y solo
queda el tenue resplandor de la luna, cuando la vida se hace más cercana, sensible,
casi audible y tangible.
Durante el día nos defendemos con el ruido, con las
cosas que hay que hacer, con las palabras de los demás; por la noche, en
cambio, nos quedamos solos con lo que somos.
Y es precisamente aquí, en el silencio de mi
habitación, donde comienza el camino hacia la luz.
Uno de los objetivos de la vida espiritual es la
transparencia.
Con el tiempo, en el camino de la vida, deberíamos
llegar a vivir lo que pensamos y a pensar lo que vivimos, sin ningún
subterfugio, sin esa doble habitación interior en la que esconder lo que no nos
atrevemos a mostrar.
En nuestras decisiones debería quedar patente que
somos exactamente lo que pensamos, y que lo que pensamos se convierte en
acción.
Como un cristal atravesado por la luz de las
estrellas: nada retiene, nada deforma.
Una vida transparente no es una vida perfecta, sino
una vida en la que el interior y el exterior coinciden por fin.
Para alcanzar tal nivel de transparencia no bastan las
buenas intenciones. Se necesitan muchas horas, días, semanas, años dedicados al
cuidado de la propia conciencia: vigilias silenciosas en las que uno se sienta
junto a sí mismo, como se vela a un amigo enfermo, con paciencia y sin prisas.
No tener miedo de la propia oscuridad significa haberla mirado a la cara, haberla atravesado esforzándose por captar su punto de origen, su fuente oculta, para purificarla de forma definitiva.
La oscuridad no se vence huyendo de ella, sino
entrando en ella con una pequeña lámpara encendida: la de la honestidad con uno
mismo.
Es un trabajo constante, que exige tiempo y verdad.
Porque, en realidad, siempre queda algo oculto en nuestro interior, algo
oscuro, sórdido, negativo, que de vez en cuando resurge como una niebla
nocturna, proyectando sombras sobre nuestro presente y tristeza sobre nuestras
decisiones.
Estas sombras se presentan a menudo como ilusiones que
nunca se han curado. Permanecen a la espera, en silencio, hasta que la vida se
vuelve dura.
Entonces resurgen y buscan su satisfacción
precisamente en los momentos en que el cansancio pesa más y el deseo de huida
se hace cada vez más fuerte.
Son las voces que susurran en las noches de insomnio: en
otro lugar estaría mejor, si no… serías feliz.
Es precisamente en estos momentos cuando resulta
necesario permanecer quietos, en silencio. No permitir que las ilusiones dicten
nuestras decisiones, sino dejarlas pasar, como nubes que atraviesan el cielo
nocturno sin poder poseerlo.
Hay que esperar a que la realidad resurja con su
verdad: una verdad hecha de lo que somos y de nuestras decisiones concretas.
La noche no dura para siempre; quien sabe permanecer
inmóvil en la oscuridad, sin agitarse, ve poco a poco cómo los contornos de las
cosas vuelven a ser nítidos.
Amarse a uno mismo significa aceptar en lo que nos hemos convertido a través de las decisiones tomadas, y amarlas hasta el fondo, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, sin desear lo que esas mismas decisiones han eliminado de nuestro horizonte.
Cada decisión es también una renuncia, y cada renuncia
deja un vacío. Pero es un vacío lleno de sentido: es el espacio en el que
nuestra vida ha tomado forma.
Lamentarse por los caminos no recorridos significa
dejar que la nostalgia se convierta en otra forma, más sutil, de huida.
Cuando este trabajo interior no se lleva a cabo, las
tinieblas se imponen y las ilusiones se abren paso: un espacio que destruye la
realidad construida con esfuerzo, día tras día. Y cuando las ilusiones se han
consumido, como velas que solo dejan humo y cera fría, se intenta por todos los
medios ocultar el desastre provocado.
Pero también esto es una gran ilusión, porque lo que
se ha hecho permanece. La oscuridad puede ocultarlo por un tiempo, pero no lo
borra.
Liberar nuestro horizonte existencial de la oscuridad
es nuestra tarea fundamental. No se trata de una conquista lograda de una vez
por todas, sino de una vigilia fiel, noche tras noche, hasta que el amanecer
encuentre en nosotros un lugar transparente donde posarse.
Porque esta es la realidad definitiva, la que
permanece cuando las ilusiones se desvanecen y el silencio de la noche da paso
a la luz de la mañana: nosotros somos nuestras decisiones.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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