domingo, 25 de octubre de 2026

Una luz que se abre paso.

Una luz que se abre paso 

El amanecer no llega haciendo ruido. Antes de que aparezca el sol, algo cambia en el contorno de las cosas: la oscuridad pierde su densidad, las distancias vuelven a ser visibles, lo que parecía indistinto empieza a tomar forma. 

Así ocurre también en la vida. 

La luz no siempre se presenta como una respuesta definitiva. A veces es una señal discreta, una presencia que no impone nada y, sin embargo, abre un camino. Para reconocerla hay que detenerse, dejar que los ojos se acostumbren, aceptar que la realidad encierra más de lo que somos capaces de ver de inmediato. 

No estamos solos en el camino de la vida. 

Esta intuición no borra la soledad que a veces sentimos, ni pretende explicar todas las heridas. Más bien dice que nuestra existencia no se agota en lo que poseemos, medimos o controlamos. 

Hay un misterio que nos precede y nos acompaña: podemos imaginarlo en el origen del universo, en los albores de la humanidad, en el interior de la pregunta que cada persona lleva consigo. No es solo el nombre de lo que aún ignoramos. Es la profundidad de lo que encontramos, esa fuente de sentido que ninguna explicación logra agotar. 

El Misterio no nos llega necesariamente a través de acontecimientos extraordinarios. Puede aflorar en el tejido cotidiano de los días: en una mano que sostiene sin retener, en una palabra que devuelve la dignidad, en un gesto de justicia realizado cuando sería más cómodo mirar hacia otro lado. 

Son señales de vida y de amor. No nos eximen de la responsabilidad de elegir, sino que la despiertan. Nos indican una dirección: allí donde alguien es acogido en lugar de excluido, donde se escucha a quien es frágil, donde la verdad no se sacrifica en aras de la conveniencia, se deja entrever algo de la luz. 

Quizá uno de los grandes dramas de la existencia sea precisamente este: atravesar toda una vida sin reconocer los signos que se han puesto a nuestro lado. No porque hayan faltado, sino porque nuestra mirada solo se dirigía hacia lo que produce un resultado inmediato. 

Se puede ver muchísimo y comprender muy poco. Se puede acumular información sin aprender a interpretar un encuentro, un silencio, una petición de ayuda. Cuando todo se convierte en un objeto que hay que utilizar o en un obstáculo que hay que superar, incluso la belleza más cercana corre el riesgo de pasar desapercibida. 

Es necesario desarrollar una sensibilidad interior. No un refugio separado de la historia, sino un espacio en el que la historia pueda ser escuchada en profundidad. 

La vida interior crece cuando aprendemos a detenernos ante lo que nos interroga, sin cubrirlo de inmediato con una respuesta; cuando distinguimos el deseo auténtico de la necesidad de aparentar; cuando dejamos que el dolor ajeno rompa nuestra indiferencia. 

El silencio, en este sentido, no es ausencia de mundo. Es la posibilidad de acogerlo sin reducirlo al ruido de nuestras ocupaciones. 

Ver más allá de la historia no significa atribuir a cada acontecimiento un mensaje oculto, ni transformar el Misterio en una explicación fácil. Hay sufrimientos ante los que la palabra más honesta sigue siendo una pregunta. El discernimiento exige humildad: no todo destello es luz, no toda certeza abre el camino a la verdad. 

Un signo debe reconocerse también por sus frutos, por la vida que guarda, por la libertad que respeta, por la justicia que hace posible. La luz que imaginamos que resplandece desde la eternidad no nos aleja de la realidad concreta de las cosas: nos ayuda a mirarlas sin poseerlas y a juzgar nuestras elecciones sin escondernos. 

Acompañar, educar,…, no puede significar únicamente preparar para desenvolverse en el mundo, obtener resultados, adaptarse a las exigencias. También significa ayudar a descubrir que en el interior existe una profundidad que hay que conocer y custodiar. 

Antes incluso de indicar un camino, hay que dar espacio a las preguntas. Antes de llenar cada silencio, hay que mostrarle que el silencio puede estar habitado. Antes de ofrecer explicaciones, hay que enseñar que el asombro no es una debilidad que haya que superar. 

Y esto toma forma en los gestos cotidianos. En el que escucha una pregunta sin burlarse de ella, que reconoce un error, que sabe pedir perdón. En el tiempo compartido sin la urgencia de llenarlo. En la atención a una persona dejada al margen, en el cuidado de algo que no ofrece ninguna ventaja inmediata. 

Así se aprende a ver más allá de las cosas, no para despreciarlas, sino para descubrir su significado. Los datos materiales nos dicen mucho de la realidad; sin embargo, no agotan las preguntas sobre el valor de una vida, sobre el sentido de un vínculo, sobre la responsabilidad que nace de un encuentro. 

Hay esperanza en el mundo cuando nos encontramos con alguien capaz de reconocer los signos de los tiempos. No alguien que posea todas las respuestas, sino una persona que sepa distinguir lo que abre la vida de lo que la empobrece. Su mirada capta posibilidades donde la costumbre solo ve límites; su presencia hace perceptible un bien que otros habían dejado de esperar. 

En estos encuentros parece resurgir el camino de una luz que viene de lejos, del origen mismo de la existencia, y que sigue buscando espacio en la historia. La esperanza no niega la noche: reconoce que la noche no lo es todo. 

Tenemos una necesidad infinita de esta luz. La necesitamos para no confundir la indiferencia con la lucidez, la dureza con la fuerza, la resignación con la sabiduría. Las tinieblas no son solo lo que nos asusta: también pueden ser aquello a lo que nos acostumbramos, hasta el punto de dejar de sentir su peso. 

La luz desenmascara las tinieblas porque devuelve un rostro a quienes habíamos reducido a un número, una historia a quienes habíamos juzgado apresuradamente, una posibilidad a lo que considerábamos perdido. No promete un camino sin sombras. Nos permite atravesarlas sin dejarles la última palabra. 

Reconocer las señales de vida, de amor y de justicia que el Misterio pone a nuestro lado no es, por tanto, un ejercicio reservado a unos pocos. Es una forma de vivir la existencia, una atención que se puede cultivar y compartir. Y lo que reconocemos nos llama a dar una respuesta. 

Una luz acogida se convierte en escucha, en cuidado, en valor para hacer el bien posible. No estamos llamados solo a caminar en la luz, sino a dejar que esta pase a través de nosotros, para que también otro pueda encontrar el camino. 

Como ocurre al amanecer: la primera claridad aún no lo ilumina todo, pero basta para mostrar que el camino puede recomenzar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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