domingo, 1 de noviembre de 2026

Mi visita al cementerio.

Mi visita al cementerio

Hay un lugar de la ciudad donde solo se recorre a pie. Por eso se camina despacio, se tiene tiempo para mirar a nuestro alrededor, leer alguna inscripción, fijarse en alguna flor, detenerse ante la belleza y la singularidad de un monumento. La mirada se suspende también en las tumbas olvidadas y uno se pregunta por las vicisitudes humanas, su precariedad y las dudas sobre el sentido de la vida y la gloria terrenal.

 

Hay un lugar de la ciudad donde se puede dialogar incluso sin hablar. El recuerdo hace resonar palabras escuchadas en otros tiempos. La imagen permite revivir acontecimientos, relaciones, esperanzas compartidas, penas, heridas. El bien hecho, el bien recibido, el mal hecho, el mal sufrido entran en el diálogo sin palabras, en la memoria que parece solitaria y, sin embargo, es coral.


Hay un lugar en la ciudad donde no se puede evitar pensar en la muerte, en el paso inevitable, en el fin de lo que ha comenzado. El cualquiera, el cada uno, el nadie es tan especial que no debe doblegarse ante el destino inscrito en la precariedad, desde el momento en que viene a la existencia: el glorioso y el insignificante, el rico y el pobre, el príncipe y el mendigo. A todos les espera la «dama negra».

 

Pero en ese lugar donde no se puede evitar pensar en la muerte, algunos se resignan como si fuera la última cita e intentan exorcizar el escalofrío que recorre la espalda cuando se piensa en ello en serio, evitando pensar en ello en serio; otros, en cambio, encienden una vela y rezan una oración, profesan una esperanza, perciben una presencia amiga que habita en una dimensión inaccesible a los sentidos, pero no al alma ni a la fe.

 

Hay un lugar en la ciudad donde todos están juntos, buenos y malos, gente que ha hecho el bien y gente que ha arruinado la vida de muchos, personas ilustres y personas desconocidas, gente que ha venido de quién sabe dónde y gente que ha nacido, crecido, vivido y muerto en la ciudad.


Los cementerios de la ciudad quizá sean a veces una presencia molesta; quizá a veces se piense que sería mejor que no existieran; algunos piensan que sería mejor esparcir las cenizas en algún lugar anónimo y olvidarlo todo, olvidar incluso la muerte, en la que todos están juntos, unidos por un único destino; quizá la ciudad pueda aprender de la presencia de los cementerios.

 

La presencia de los restos de los difuntos, reunidos en un lugar común, tal vez invite a la ciudad a reconocer una vocación comunitaria: no estamos hechos para la soledad, sino que nacemos en una comunidad y acabamos en un espacio comunitario; estamos hechos para estar juntos, en vida y, por lo tanto, también en la muerte y en la resurrección.

 

La presencia de los cementerios y de su mensaje en las ciudades puede ayudar a la ciudad a cultivar la sabiduría: muchas cosas que parecen importantes pasan pronto y no dejan nada; muchas ambiciones, aspiraciones y presunciones son ridiculizadas por la muerte, que sorprende, interrumpe y trastoca; incluso por la muerte que se retrasa, que se hace esperar demasiado, que mortifica la belleza, la eficiencia y la lucidez, en el desolador espectáculo de la vejez, de la enfermedad, de la muerte.


La presencia de los cementerios mantiene viva la pregunta sobre el sentido de todo y clama por una respuesta. El Evangelio responde con el anuncio de la esperanza, con la promesa de un destino que vence a la muerte y hace resplandecer la bienaventuranza.

 

Por eso, la ciudad trabajadora hasta la frenesí creativa, emprendedora y proyectada hacia el futuro puede reconocer en los cementerios, en la oración y en la visita a los mismos, una invitación a ser una ciudad sabia, paciente, capaz de cultivar pensamientos de inteligencia espiritual y sabiduría cordial, de esperanza, y de resistir la tentación, demasiado fácil, de la búsqueda exasperada del éxito siempre tan precario y de la riqueza que el tiempo siempre consume.


Hay una frase, que escuché casi por casualidad, que sigue viniendo a mi mente con la fuerza de las verdades incómodas:

 

«Los cementerios están llenos de gente indispensable». Una frase lapidaria, pronunciada sin rodeos, ante nosotros tantas veces convencidos de que somos realmente… indispensables.

 

Vivimos en una época en la que la indispensabilidad se confunde a menudo con la posesión del saber, con la experiencia acumulada, con el cargo que se ocupa. Uno se siente fundamental, insustituible, porque posee una competencia, un puesto, una red de relaciones.

 

Pero la historia, la verdadera, nos enseña otra cosa: nadie es indispensable, mientras que todos somos temporales. Las comunidades, las empresas, los territorios, las profesiones,…, la Iglesia y nuestras Congregaciones no se detienen ante la ausencia de alguien.  


Hay un lugar en la ciudad que es un espacio para la verdad, un tiempo de reflexión y una oportunidad de balance interior. Un lugar que nos invita a ralentizar el ritmo, a mirar dentro de nosotros mismos, a preguntarnos qué tipo de huella estamos dejando. 


No qué poseemos, sino qué estamos aportando.No cuánto somos indispensables hoy, sino cuánto seremos útiles mañana, incluso cuando ya no estemos aquí.

 

Porque los cementerios, es cierto, están llenos de gente que se creía indispensable. Pero el futuro pertenece a quienes han elegido ser, sencillamente, necesarios para los demás en el momento adecuado, y luego capaces de hacerse a un lado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Paz en la esperanza.

Paz en la esperanza

Antes de comenzar a leer te propongo esta audición. Apenas 2 minutos y 30 segundos. Pero Johann Sebastian Bach siempre merece la pena… ¿a qué sí? Simplemente escucha: https://www.youtube.com/watch?v=psII6noygGk

 

Esa música es la expresión bella de esta reflexión que lleva por título “paz en la esperanza”

 

Tal vez somos capaces de pasar una tarde viendo un documental sobre un asesino en serie, de seguir podcasts que reconstruyen asesinatos con todo detalle, de buscar en el terror el escalofrío de la muerte…

 

Pero luego, cuando fallece alguien que conocemos, no sabemos qué decir. Enviamos un mensaje un tanto incómodo, un «ánimo», y esperamos, quizá sin darnos cuenta, volver pronto a la normalidad.

 

Es una de las tantas paradojas de hoy en día: la muerte imaginada está por todas partes, la real es difícil de afrontar.

En la pantalla nos apasiona, siempre que haya un botón para detenerla; en la vida, en cambio, es ella la que nos detiene a nosotros, sin ofrecer explicaciones al final del episodio y sin dejarse archivar con un clic.

 

Dependiendo, por supuesto, de los gustos, leer una novela policíaca o ver una película de terror forma parte de los pasatiempos bastante comunes y agradables.

 

Pero surge una pequeña disonancia cuando la familiaridad con la muerte como espectáculo convive con la incapacidad de acompañar a quien realmente se enfrenta a ella.

 

Nos asustan menos los cadáveres ficticios que el silencio tras un funeral.

 

Sabemos debatir en profundidad los motivos de un asesino, pero somos mucho menos capaces de escuchar a una viuda que cuenta, por décima vez, el mismo recuerdo.

 

Incluso el lenguaje delata esta dificultad. Se «pierde» a alguien, alguien «falleció», alguien «se va». Expresiones comprensibles que pretenden ser delicadas, pero que a veces se convierten en una forma de eludir la palabra más veraz: morir.

 

Al ser la muerte un tema tabú, quien sufre puede sentirse obligado a recuperarse rápidamente, a no molestar, a convertir el dolor en un paréntesis privado.

 

En pleno otoño, el paso de octubre a noviembre viene en nuestro auxilio. La Solemnidad de Todos los Santos precede a la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Hay quien se pierde en la enésima disputa sobre los orígenes cristianos o paganos de la fiesta o sobre la legitimidad de los disfraces…

 

Y mientras paseaba y veía personas disfrazadas me preguntaba ¿por qué necesitamos enmascarar la muerte, cuando existe una tradición que nos invita a mirarla a la cara?

 

La secuencia de las celebraciones cristianas es sorprendente. Primero los santos: no criaturas fantásticas, sino hombres y mujeres que han atravesado la fragilidad de la vida terrenal y a quienes la Iglesia contempla en la plenitud de la vida en Dios. Luego los difuntos, nuestros difuntos, con sus nombres, sus rostros, sus historias; personas queridas, por las que se reza.

 

El cristianismo no pide ni que se niegue la muerte, ni que se la califique de bella. La considera una herida real; ante la tumba de Lázaro, el Evangelio cuenta que Jesús lloró. Antes incluso de hablar de resurrección, Dios hecho hombre comparte el dolor de quienes quedan atrás. Esto, sí, es bello: la esperanza cristiana no pretende ignorar el duelo, sino que nos ofrece el lujo de saber que es un paso.

 

El 2 de noviembre, a las 16:00 horas, el Papa León XIV celebrará una Eucaristía en el Cementerio del Verano, en Roma. Este gesto me parece una respuesta muy concreta a nuestra costumbre de mantener la muerte al margen: entrar en un cementerio, detenerse entre las tumbas, pronunciar una oración… devolver a los difuntos un lugar en la comunidad de los vivos.

 

Quizá sea esto lo que hemos perdido: no la capacidad de hablar de la muerte, sino la de estar al lado de quien muere y de quien se queda, y de recordar a quien ya no está. Visitar una tumba y recordar un nombre nos permite afirmar que una vida no deja de tener sentido cuando termina.

 

Una calabaza iluminada puede ayudarnos a jugar con el miedo; una velita encendida en el cementerio nos invita a quedarnos, sin huir. Como sociedad, ya somos capaces de convertir todo en espectáculo: quizá sea bueno practicar un poco el sentarnos junto al dolor, llamar a los muertos por su nombre y encontrar la paz en la esperanza.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi visita al cementerio.

Mi visita al cementerio Hay un lugar de la ciudad donde solo se recorre a pie. Por eso se camina despacio, se tiene tiempo para mirar a nue...