domingo, 1 de noviembre de 2026

Paz en la esperanza.

Paz en la esperanza

Antes de comenzar a leer te propongo esta audición. Apenas 2 minutos y 30 segundos. Pero Johann Sebastian Bach siempre merece la pena… ¿a qué sí? Simplemente escucha: https://www.youtube.com/watch?v=psII6noygGk

 

Esa música es la expresión bella de esta reflexión que lleva por título “paz en la esperanza”

 

Tal vez somos capaces de pasar una tarde viendo un documental sobre un asesino en serie, de seguir podcasts que reconstruyen asesinatos con todo detalle, de buscar en el terror el escalofrío de la muerte…

 

Pero luego, cuando fallece alguien que conocemos, no sabemos qué decir. Enviamos un mensaje un tanto incómodo, un «ánimo», y esperamos, quizá sin darnos cuenta, volver pronto a la normalidad.

 

Es una de las tantas paradojas de hoy en día: la muerte imaginada está por todas partes, la real es difícil de afrontar.

En la pantalla nos apasiona, siempre que haya un botón para detenerla; en la vida, en cambio, es ella la que nos detiene a nosotros, sin ofrecer explicaciones al final del episodio y sin dejarse archivar con un clic.

 

Dependiendo, por supuesto, de los gustos, leer una novela policíaca o ver una película de terror forma parte de los pasatiempos bastante comunes y agradables.

 

Pero surge una pequeña disonancia cuando la familiaridad con la muerte como espectáculo convive con la incapacidad de acompañar a quien realmente se enfrenta a ella.

 

Nos asustan menos los cadáveres ficticios que el silencio tras un funeral.

 

Sabemos debatir en profundidad los motivos de un asesino, pero somos mucho menos capaces de escuchar a una viuda que cuenta, por décima vez, el mismo recuerdo.

 

Incluso el lenguaje delata esta dificultad. Se «pierde» a alguien, alguien «falleció», alguien «se va». Expresiones comprensibles que pretenden ser delicadas, pero que a veces se convierten en una forma de eludir la palabra más veraz: morir.

 

Al ser la muerte un tema tabú, quien sufre puede sentirse obligado a recuperarse rápidamente, a no molestar, a convertir el dolor en un paréntesis privado.

 

En pleno otoño, el paso de octubre a noviembre viene en nuestro auxilio. La Solemnidad de Todos los Santos precede a la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Hay quien se pierde en la enésima disputa sobre los orígenes cristianos o paganos de la fiesta o sobre la legitimidad de los disfraces…

 

Y mientras paseaba y veía personas disfrazadas me preguntaba ¿por qué necesitamos enmascarar la muerte, cuando existe una tradición que nos invita a mirarla a la cara?

 

La secuencia de las celebraciones cristianas es sorprendente. Primero los santos: no criaturas fantásticas, sino hombres y mujeres que han atravesado la fragilidad de la vida terrenal y a quienes la Iglesia contempla en la plenitud de la vida en Dios. Luego los difuntos, nuestros difuntos, con sus nombres, sus rostros, sus historias; personas queridas, por las que se reza.

 

El cristianismo no pide ni que se niegue la muerte, ni que se la califique de bella. La considera una herida real; ante la tumba de Lázaro, el Evangelio cuenta que Jesús lloró. Antes incluso de hablar de resurrección, Dios hecho hombre comparte el dolor de quienes quedan atrás. Esto, sí, es bello: la esperanza cristiana no pretende ignorar el duelo, sino que nos ofrece el lujo de saber que es un paso.

 

El 2 de noviembre, a las 16:00 horas, el Papa León XIV celebrará una Eucaristía en el Cementerio del Verano, en Roma. Este gesto me parece una respuesta muy concreta a nuestra costumbre de mantener la muerte al margen: entrar en un cementerio, detenerse entre las tumbas, pronunciar una oración… devolver a los difuntos un lugar en la comunidad de los vivos.

 

Quizá sea esto lo que hemos perdido: no la capacidad de hablar de la muerte, sino la de estar al lado de quien muere y de quien se queda, y de recordar a quien ya no está. Visitar una tumba y recordar un nombre nos permite afirmar que una vida no deja de tener sentido cuando termina.

 

Una calabaza iluminada puede ayudarnos a jugar con el miedo; una velita encendida en el cementerio nos invita a quedarnos, sin huir. Como sociedad, ya somos capaces de convertir todo en espectáculo: quizá sea bueno practicar un poco el sentarnos junto al dolor, llamar a los muertos por su nombre y encontrar la paz en la esperanza.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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