Paz en la esperanza
Antes de comenzar a leer te propongo esta audición. Apenas 2 minutos y 30 segundos. Pero Johann Sebastian Bach siempre merece la pena… ¿a qué sí? Simplemente escucha: https://www.youtube.com/watch?v=psII6noygGk
Esa música es la expresión bella de esta reflexión que
lleva por título “paz en la esperanza”
Tal vez somos capaces de pasar una tarde viendo un
documental sobre un asesino en serie, de seguir podcasts que
reconstruyen asesinatos con todo detalle, de buscar en el terror el escalofrío
de la muerte…
Pero luego, cuando fallece alguien que conocemos, no
sabemos qué decir. Enviamos un mensaje un tanto incómodo, un «ánimo»,
y esperamos, quizá sin darnos cuenta, volver pronto a la normalidad.
Es una de las tantas paradojas de hoy en día: la
muerte imaginada está por todas partes, la real es difícil de afrontar.
En la pantalla nos apasiona, siempre que haya un botón para detenerla; en la vida, en cambio, es ella la que nos detiene a nosotros, sin ofrecer explicaciones al final del episodio y sin dejarse archivar con un clic.
Dependiendo, por supuesto, de los gustos, leer una
novela policíaca o ver una película de terror forma parte de los pasatiempos
bastante comunes y agradables.
Pero surge una pequeña disonancia cuando la
familiaridad con la muerte como espectáculo convive con la incapacidad de
acompañar a quien realmente se enfrenta a ella.
Nos asustan menos los cadáveres ficticios que el
silencio tras un funeral.
Sabemos debatir en profundidad los motivos de un
asesino, pero somos mucho menos capaces de escuchar a una viuda que cuenta, por
décima vez, el mismo recuerdo.
Incluso el lenguaje delata esta dificultad. Se «pierde»
a alguien, alguien «falleció», alguien «se va». Expresiones comprensibles
que pretenden ser delicadas, pero que a veces se convierten en una forma de
eludir la palabra más veraz: morir.
Al ser la muerte un tema tabú, quien sufre puede sentirse obligado a recuperarse rápidamente, a no molestar, a convertir el dolor en un paréntesis privado.
En pleno otoño, el paso de octubre a noviembre viene
en nuestro auxilio. La Solemnidad de Todos los Santos precede a la
Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Hay quien se pierde en la enésima
disputa sobre los orígenes cristianos o paganos de la fiesta o sobre la
legitimidad de los disfraces…
Y mientras paseaba y veía personas disfrazadas me
preguntaba ¿por qué necesitamos enmascarar la muerte, cuando existe una tradición
que nos invita a mirarla a la cara?
La secuencia de las celebraciones cristianas es sorprendente. Primero los santos: no criaturas fantásticas, sino hombres y mujeres que han atravesado la fragilidad de la vida terrenal y a quienes la Iglesia contempla en la plenitud de la vida en Dios. Luego los difuntos, nuestros difuntos, con sus nombres, sus rostros, sus historias; personas queridas, por las que se reza.
El cristianismo no pide ni que se niegue la muerte, ni
que se la califique de bella. La considera una herida real; ante la tumba de
Lázaro, el Evangelio cuenta que Jesús lloró. Antes incluso de hablar de
resurrección, Dios hecho hombre comparte el dolor de quienes quedan atrás.
Esto, sí, es bello: la esperanza cristiana no pretende ignorar el duelo, sino
que nos ofrece el lujo de saber que es un paso.
El 2 de noviembre, a las 16:00 horas, el Papa León XIV
celebrará una Eucaristía en el Cementerio del Verano, en Roma. Este gesto me parece
una respuesta muy concreta a nuestra costumbre de mantener la muerte al margen:
entrar en un cementerio, detenerse entre las tumbas, pronunciar una oración… devolver
a los difuntos un lugar en la comunidad de los vivos.
Quizá sea esto lo que hemos perdido: no la capacidad
de hablar de la muerte, sino la
de estar al lado de quien muere y de quien se queda, y de recordar a quien ya
no está. Visitar una tumba y recordar un nombre nos permite afirmar que una
vida no deja de tener sentido cuando termina.
Una calabaza iluminada puede ayudarnos a jugar con el
miedo; una velita encendida en el cementerio nos invita a quedarnos, sin huir.
Como sociedad, ya somos capaces de convertir todo en espectáculo: quizá sea
bueno practicar un poco el sentarnos junto al dolor, llamar a los muertos por
su nombre y encontrar la paz en la esperanza.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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