Una santidad bella
Quizá porque en la montaña el aire es más puro y te parece que caminas dentro del cielo. O quizá porque desde lo alto la mirada se amplía y así resulta natural contemplar la tierra con asombro, recorrerla con los ojos, dejar de pisotearla.
Quizá porque la multitud necesita a alguien que
recuerde la posibilidad de experimentar a Dios también en las montañas de hoy,
como lo hicieron los patriarcas y los profetas.
Quizá porque la naturaleza de un discípulo se define
por el valor de acercarse al Maestro («…y se acercaron a él sus discípulos»).
Quizá porque Jesús necesitaba un espacio intermedio,
entre la Tierra y el Cielo, pues ya veía el riesgo inevitable de unos
cristianismos incapaces de alcanzar la eternidad o, por el contrario, que
olvidaran la humanidad.
Quizá por todas estas razones juntas o por otras aún
ocultas entre los pliegues de lecturas exegéticas más profundas que la mía que
no soy biblista.
Pero para mí, Jesús solo necesitaba un lugar hermoso.
Nada más. Un lugar en el mundo donde sentirse bien, un pedazo de universo
bendecido por la gracia de ser especialmente habitable, un lugar que fuera un
hogar, un lugar que nunca se olvida; y además, aquel día había una luz que te
conmovía por dentro y sentías, incluso antes de pronunciar la primera palabra,
que aquella belleza no podía acabar ahí.
Tal vez Jesús necesitaba un canto. Quizá Jesús no se había preparado el discurso de antemano, lo encontró allí, lo reconoció, lo recogió, lo compartió: las bienaventuranzas. Quizá Jesús no elige el lugar adecuado para cantar sus bienaventuranzas y las nuestras, sino que se deja invadir por esa belleza hasta el punto de cantar el perfil de un hombre tan bello que es infinito, como la Belleza y el Amor. Parientes cercanos de lo que será la Resurrección.
Y así es como la Belleza nos da el valor de pedir un
corazón pobre, mendigo, hambriento, y por tanto expuesto y vulnerable.
Y luego, ojos que saben llorar, porque cada lágrima es
ya una oración, porque ese exceso de amor que surca las mejillas transformando
los ojos en manantiales vale más que todas las palabras juntas.
Se necesita mucha Belleza para tener el valor de
cantar la mansedumbre sin sentir que se traiciona a la justicia. Se necesita
poder respirar el silencio para sentir que en esa ausencia de pretensiones está
la única forma de dejarse alcanzar por el sutil aliento de la vida.
No son las Bienaventuranzas las que necesitan un
escenario excepcional, sino ese pedazo de mundo elegido por Jesús y su forma de
habitarlo lo que nos regala una página conmovedora e inigualable por su
valentía y su verdad poética.
Y luego, el hambre y la sed de justicia en un mundo que en aquel momento parecía justo. Y no porque no hubiera muerte o no existiera el dolor —en la naturaleza existe el nacer y también el morir—, sino porque, en esa inmersión en la Creación, era evidente que todo y todos pertenecían a un Creador tan enamorado de la Belleza que no permitiría que nadie se perdiera.
Injusto es olvidar, es romper vínculos, es rendirse.
En ese momento, Jesús estaba experimentando junto con todos, que el Padre no se
olvida ni siquiera de un gorrión, ni de una hormiga, ni de una nube, porque lo
más injusto es no salvar la Belleza.
Entre la tierra y el cielo, ¡porque allí era imposible
no sentir que la existencia canta al Amor por el Ausente-Presente en cada cosa!
Y entonces puedes decirlo, sin miedo, que la misericordia es un don y una tarea
casi natural cuando amas cada átomo de la creación.
E incluso puedes llegar a tener misericordia de ti
mismo, de lo que eres, de lo que has hecho, de la mediocridad e incluso de los
errores, porque en esa mirada nada tenía derecho a perderse. Sentirse amado tan
profundamente que ya no se tiene miedo ni siquiera de uno mismo.
Y sentir el corazón puro, verdaderamente puro, lo que
no significa inmaculado o sin pecado, sino vivo, honesto, feliz de ser lo que
es, un corazón capaz de ser corazón. Creo que la pureza es esta adhesión total
a la propia naturaleza. A la propia vocación. No podía sino suceder allí, en un
mundo que estaba eligiendo la belleza de estar en el mundo.
Y así, incluso construir la paz ya no es una utopía
que hay que conquistar con sacrificios, sino simplemente la vida que hay que
dejar fluir, con asombro, como quien contempla la boca de un manantial. Y por
eso se puede aceptar perfectamente ser perseguido por ello, pero solo porque,
si te acercas a la esencia de lo Verdadero, al corazón palpitante de todas las
cosas, no hay forma de querer dar marcha atrás.
En aquella montaña se estaba bien y uno habría querido quedarse para siempre. He aquí que, para siempre, la Belleza parece incapaz de vivir si no engendra deseos de eternidad. Y entonces se podían soportar perfectamente las propias dudas y esa falta de imaginación que lo reduce todo a lo que uno posee. En el corazón de tanta belleza se puede llegar a soportar esa falta de confianza en la vida que nos persigue y nos entristece.
El secreto está en luchar contra el tiempo, no
permitir que nos haga olvidar, encontrar el truco para meditar tan
profundamente que volvamos a estar presentes en esa montaña cada día, cada
instante.
Y respirar tanta belleza como para lograr transfigurar
la otra montaña, el Calvario, hasta el punto de convertir a un centurión en
discípulo solo por haberse acercado más. Y amar tanto la vida como para hacer
el amor incluso con la muerte y ver que tampoco el sepulcro es tan cerrado y hermético, y
se deja atravesar por la Vida. Y, bienaventurado, vive.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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