domingo, 26 de julio de 2026

Enmascarar la mentira y ocultar la realidad.

Enmascarar la mentira y ocultar la realidad 

Las palabras nunca son neutras, nunca son inocentes: pueden describir la realidad o enmascararla; pueden hacer avanzar la convivencia o convertir el mundo en un lugar peor. 

La política lo sabe desde siempre: cambiar el nombre de las cosas es una de las formas más eficaces de cambiar la manera en que las percibimos. Para bien y, sobre todo, para mal. 

Por eso, cuando el debate público se centra en las palabras, incluso con interpretaciones capciosas, conviene detenernos y preguntarnos de qué estamos hablando realmente. 

Tomemos el término «deportación». Desde hace algún tiempo, algunos representantes de la extrema derecha sostienen que es erróneo utilizarlo para referirse al traslado forzoso de inmigrantes a sus países de origen: la deportación, afirman, sería otra cosa, porque significaría llevar a alguien a un lugar distinto de aquel del que procede; si, en cambio, se le devuelve a su país de origen, habría que hablar de «remigración». 

La objeción tiene un cierto poder de persuasión insidioso, pero no se sostiene. 

La palabra deriva del latín deportare: «de-» indica el alejamiento, «portare», el transporte. Llevarse, precisamente. En el derecho romano, la deportatio era una pena que consistía en el alejamiento forzoso ordenado por la autoridad, y el punto decisivo nunca era el lugar al que se enviaba a la persona, sino el hecho de ser enviada contra su voluntad. 

Así ha permanecido hasta hoy: los diccionarios definen la deportación como el traslado forzoso de personas ordenado por una autoridad, y el elemento esencial sigue siendo la coacción, no el destino. 

Sostener lo contrario significa confundir lo esencial con lo accesorio, un poco como pretender que un asesinato cometido con un cuchillo pertenezca a una categoría diferente de un asesinato cometido con una pistola: cambia el instrumento, no la naturaleza del hecho. 

Si una autoridad obliga a miles de personas a subir a autobuses, trenes o aviones y las aleja contra su voluntad, es ese traslado forzoso lo que define el acto; que las personas sean conducidas a un campo, a un tercer país o a su país de origen cambia el destino geográfico, no la naturaleza de la operación. 

La remigración y la deportación, por lo demás, ni siquiera son términos alternativos: pertenecen a planos distintos. 

La remigración es un término político que indica un objetivo —reducir drásticamente la presencia de inmigrantes devolviéndolos a sus países de origen—, pero no dice nada sobre la forma en que debería alcanzarse ese objetivo. 

El medio puede ser el retorno voluntario, o bien la expulsión individual decidida caso por caso respetando las garantías legales; pero también puede ser el traslado coercitivo y generalizado de categorías enteras de personas. Si el medio es este último, llamarlo «remigración» no elimina el problema: lo oculta, como hablar de «pacificación» para referirse a una ocupación militar. 

La palabra describe el fin declarado, no lo que ocurre en la práctica. 

La deportación conlleva un halo de violencia y racismo de Estado que pocos, incluso en la derecha, están dispuestos a reivindicar abiertamente: evoca los vagones sellados, las leyes raciales, un capítulo de la historia europea que nadie, salvo franjas declaradamente extremistas, quiere evocar en público. 

«Remigración», en cambio, suena neutra, casi técnica —y en parte lo fue durante décadas, en el léxico de la demografía, antes de que la retomaran los círculos de la extrema derecha identitaria europea. 

Utilizarla permite reivindicar un objetivo radical sin tener que cargar con su peso simbólico: la palabra suena aceptable y, precisamente por eso, puede pronunciarse en los programas electorales y en los programas de entrevistas, donde «deportación» resultaría repugnante e impronunciable. Obviamente, no se trata de un error terminológico ingenuo. Es una elección cínica de comunicación (y manipulación) política. 

También el derecho internacional establece esta distinción. 

Un Estado puede expulsar a un extranjero en situación irregular siguiendo procedimientos individuales y respetando las garantías previstas por el ordenamiento jurídico; otra cosa muy distinta es el traslado forzoso de grupos de personas identificados en función de su origen nacional o étnico. La diferencia, en este caso, no radica en el destino final, sino en la naturaleza del acto: individual o colectivo, voluntario o coercitivo. 

No toda repatriación forzosa es una deportación, pero si el objetivo declarado es alejar de forma coercitiva, y de manera generalizada, a miles y miles de personas por su pertenencia a una categoría determinada, el problema ético y jurídico no se resuelve inventando una palabra nueva: la realidad no cambia (ni debería cambiar) porque cambie el vocabulario. 

George Orwell señalaba que el lenguaje político sirve a menudo «para hacer que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato, respetable»: una frase extrema, escrita pensando en los totalitarismos del siglo XX, pero el mecanismo sigue siendo el mismo incluso cuando los resultados deseados no son tan aterradores. 

Se empieza atenuando el significado de las palabras y, casi sin darse cuenta, se acaba dispersando el sentido de las cosas y la estructura moral de las sociedades. 

En esto, como en muchos otros casos, es fundamental reflexionar sobre las ambigüedades y las manipulaciones deliberadas del discurso público: detrás de una disputa léxica se esconde, muy a menudo, un intento de ocultar la realidad y de corromper la política. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra.

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra 

«El uso del fuego, además, marcó la primera gran diferencia entre el ser humano y los animales… Al domesticar el fuego, los seres humanos adquieren el control de una fuerza totalmente manejable y potencialmente ilimitada…», afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad”. 

En busca del “arché”, del origen de la realidad que conocemos, los filósofos presocráticos señalaron los cuatro elementos fundamentales —Agua, Aire, Tierra y Fuego— y este último elemento fue elegido por Heráclito como el principio del que se generan todas las cosas, a través de procesos de rarefacción y condensación. 

Si el gran filósofo griego volviera a la vida hoy, habría tenido que añadir que el fuego también puede suponer el fin de la fauna y la flora de este planeta, empezando por los sapiens. De hecho, si continúa la tendencia actual, nos vamos enfrentando y enfrentaremos a incendios cada vez más frecuentes e intensos, capaces de convertir en humo superficies cada vez más extensas. 

Marginado casi siempre del debate mediático y político hasta estas fechas incendiarias, arrinconado por el momento de todo interés por un acuerdo o pacto medioambiental de Estado, ignorado en gran medida por los movimientos sociales—con algunas excepciones loables—, el aumento de los incendios forma parte de los fenómenos extremos generados por el cambio climático como respuesta del ecosistema a las actividades antropogénicas insostenibles. 

Me imagino que no todo nuestro planeta se ve afectado de la misma manera, ni con la misma intensidad, por unos incendios cada vez más frecuentes e intensos. El fuego es un elemento natural y me imagino que deberían arder unas cuentas hectáreas de nuestro país cada año. El problema es que ahora los incendios son más violentos. Y ocurre que en algunas zonas de riesgo viven personas. 

Pero por lo que respecta a nuestro país, eso sí, uno tiene la sensación de que a menudo, y también sobre este tema, la clase política demuestra estar tan poco preparada que roza lo ridículo. Para variar. 

No sé si los incendios han aumentado tanto en número como en intensidad y violencia, en parte debido a los vientos impetuosos e implacables. Se trata de un crecimiento hiperbólico que se potencia a sí mismo con el tiempo, debido a la retroalimentación entre el calentamiento global, la sequía resultante y el material inflamable que, en consecuencia, aumenta. A su vez, los incendios forestales liberan a la atmósfera una cantidad cada vez mayor de CO₂, lo que contribuye a agravar el efecto invernadero, empeora el cambio climático y crea las condiciones para que los incendios tengan efectos cada vez más devastadores. 

Lo que ocurre, también, es que a pesar de la complejidad del fenómeno, imprevisible y vinculado a diversas causas - naturales o no naturales -, el enfoque de las instituciones ha sido hasta ahora el clásico de la política de emergencia. La única forma de prevención que se suele generalizar, y no siempre, entre los países industrializados ha sido el aumento del número de medios para extinguir los incendios una vez que la alarma llega a las autoridades competentes. No, tampoco hay que dejar de mencionar que, en una fase de privatización de los servicios públicos como la que estamos viviendo, incluso la extinción de incendios se ha convertido en una oportunidad de negocio. 

Las causas estructurales no se tienen en cuenta en absoluto y, a menudo, tienen su origen en el cambio de la relación entre la población y el territorio. Esto es especialmente cierto en algunos países de la zona del Mediterráneo, donde, en las regiones más o menos montañosas, de colinas, etc., asistimos desde hace décadas al abandono de tierras que antes eran cultivadas y custodiadas por pastores y agricultores. De ser un bien común, gestionado según antiguas tradiciones comunitarias, muchos de estos territorios abandonados se han convertido en res nullius, abandonados al descuido y a los efectos nefastos de la sequía. 

Llegados a este punto, ya no verano sin ese sabor a ceniza en la garganta: ya no son unas vacaciones, ya no es el relato idílico de una tierra de postal, sino un boletín de guerra diario en el que el humo oscurece el cielo y la dignidad de todo un territorio. Hace unos días, asistimos a cómo literalmente las llamas devoran, lo que dejó a unas comunidades de rodillas, obligando a la evacuación de emergencia de viviendas y exigiendo la intervención desesperada de medios aéreos y equipos de tierra en un intento por salvar lo salvable de un infierno de fuego y humo. 

Pero hay que decir toda la verdad. Y hacerlo con una lucidez de la que hasta ahora carecen tanto quienes gobiernan: lo que está ocurriendo no es una trágica fatalidad, no es un destino cínico y traicionero, sino un fracaso sistémico, político (cultural, económico, social,…) total. Dejemos de una vez por todas de culpar al ‘calor récord’ o al cambio climático para limpiarnos la conciencia colectiva, porque la autocombustión es un cuento para niños y la naturaleza no se suicida por sí sola. 

Detrás de cada metro cuadrado de tierra quemada se esconde la mano criminal del ser humano: ya sea la locura dolosa de un pirómano que disfruta viendo arder el mundo, o la negligencia igualmente criminal de aquellos que limpian los campos provocando incendios fuera de control en busca de un atajo cómodo y económico, o de los otros que utilizan maquinaria agrícola prohibida, o de…, el resultado no cambia y las responsabilidades son igualmente imperdonables. 

En todo caso, la tierra se ve reducida a un inmenso mechero social y medioambiental, listo para estallar ante la primera chispa, debido a una ausencia total y vergonzosa de mantenimiento ordinario. Las carreteras provinciales bordeadas por muros de maleza seca, kilómetros de campo abandonados a la degradación más absoluta, biomasa abandonada a su suerte porque los pequeños propietarios carecen de los recursos y un viento constante que convierte cada foco de incendio en una tormenta perfecta no son imprevistos, sino el relato de un desastre ampliamente anunciado. ¿Hay algo que pueda complicar este desolador panorama? 

Todo eso supone tener millones de antorchas naturales a punto de estallar, un combustible potencial que convierte cualquier chispa en una bomba medioambiental devastadora. Y ante todo esto, la actuación de las instituciones políticas resulta sencillamente vergonzosa y se limita a perseguir la emergencia con parches, derramando lágrimas de cocodrilo ante las cámaras y prometiendo drones, aviones y refuerzos en los servicios de rescate cuando el daño ya está hecho. 

¿Dónde está la prevención estructural, esa que se lleva a cabo en invierno? ¿Dónde están las políticas medioambientales activas con asesoramiento de los técnicos especialistas? La verdad es que existe una inacción generalizada y una habituación al desastre que dan miedo. O lo siguiente. 

La tragedia es el reflejo de una tierra que se está rindiendo a la negligencia inhumana del ser humano y al abandono del Estado, donde los ciudadanos se ven cada año temblando mientras miran al horizonte y solo esperan que el viento no empuje las llamas hacia sus casas. Si seguimos con esta indolencia, dentro de unos años simplemente ya no quedará nada que quemar y una grande parte quedará reducida a una extensión desolada. 

Ya es hora de acabar con las publicaciones de solidaridad en las redes sociales, con las farsas de mesas redondas técnicas y con las falsas lamentaciones. Se necesita, también, un pacto de Estado sobre la emergencia climática a la altura del presente y del futuro. Además de tolerancia cero, de penalización más severa para quien encienda un fuego en verano, de incautación de los terrenos abandonados, de planes de reforestación y de gestión del territorio que no busquen el beneficio inmediato, …, antes de que uno de nuestros últimos retazos de identidad se convierta en un simple montón de cenizas. Ésta sí que es una prioridad nacional.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 25 de julio de 2026

Mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

Mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 - 

«Mi tesoro…», sisea Gollum con su voz ronca, ¡completamente sometido por el poder del anillo que quiere conservar a toda costa! Gollum es un personaje fundamental en la historia de «El Señor de los Anillos», de J. R. R. Tolkien, que, en un mundo imaginario poblado por personajes fantásticos, narra el enfrentamiento entre el bien y el mal, y todo gira en torno a un anillo mágico que se apodera de quien lo posee, llevándolo incluso al lado del mal. 

Eso es lo que le ocurre al pobre Smeagol, quien, tras hacerse con el anillo forjado por el Señor Oscuro Sauron, se ve transformado en el ambiguo Gollum con tal de no perderlo, y precisamente por su codicia acabará él también destruido, junto con el anillo, en el abismo ardiente de Orodruin. 

El Señor de los Anillos se ha convertido en una saga cinematográfica gracias al director Peter Jackson, que supo retratar bien a Gollum en su continua ambigüedad entre el bien y el mal, precisamente a causa del terrible anillo. 

Jesús, al hablar del Reino de los Cielos —es decir, de la presencia y la acción de Dios en el mundo—, utiliza dos ejemplos que, de alguna manera, guardan relación con esta historia de Tolkien. 

En la parábola del hombre que encuentra un tesoro en el campo, llama la atención la determinación de este hombre por hacerse con el campo que esconde el tesoro. El hombre está dispuesto incluso a engañar con tal de quedarse con ese campo que no es suyo. Esconde el tesoro que ha desenterrado, no dice nada, y mucho menos al propietario, y vende todo lo que tiene para comprarlo. Ese tesoro es suyo, aunque quizá no tenga derecho a él. Al igual que el buscador de perlas que encuentra la perla que buscaba y, para hacerla suya, está dispuesto a arriesgar todo lo que posee. 

En estos relatos del Evangelio me parece ver realmente la codicia de Gollum y de todos aquellos que, en la saga de Tolkien, están dispuestos a cualquier cosa, incluso a perderse a sí mismos, con tal de hacerse con ese tesoro. 

Jesús quiere aprovechar este profundo deseo del tesoro para impulsarnos a preguntarnos cuánto nos importa realmente Dios en nuestra vida. ¿Son Dios, su Palabra, su presencia y su acción en mi historia realmente un tesoro para mí? ¿Qué estoy dispuesto a dar por este tesoro? ¿Lo siento realmente como «mi tesoro»? 

Jesús, obviamente, no está pensando en Dios como una idea abstracta, sino en Dios como una elección de vida, como un «reino» concreto en el mundo. 

Considerar a Dios como el tesoro de mi vida no es simplemente y de forma abstracta «creer que Dios existe», sino tener a Dios como punto de referencia concreto para cada una de mis decisiones concretas de cada día, en cada situación. 

Dios, al igual que, en cierto modo, el anillo de la historia de Tolkien que posee a quien lo posee, quiere poseerme a mí y transformar mi vida en lo más profundo. Pero mientras que el anillo forjado por Sauron es para el mal, Dios quiere conducirme hacia el bien y transformar la historia humana para bien a través de mí. 

Jesús, por tanto, me invita a escarbar con atención en el terreno de mis días, en las relaciones que mantengo con las personas, en mi comunidad cristiana a la que pertenezco, e incluso en lo que hay en mi corazón, para descubrir el tesoro de Dios, la perla preciosa de su presencia. 

Debo escarbar a fondo y buscar con atención, evitando así quedarme siempre en lo superficial y distraído como actitud de vida espiritual; de lo contrario, corro el riesgo de no darme cuenta del tesoro de Dios que tengo bajo mis pies o delante de mis narices. 

Si soy discípulo de Jesús, aprendo a encontrar y a custodiar la preciosidad de Dios en mi vida, que se convierte ella misma en un verdadero tesoro que otros pueden encontrar. Y sentiré en lo más profundo de mi corazón la voz de Dios que, tomándome de la mano, me susurra: «¡Mi tesoro!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

La vida avanza como un río kárstico. Fluye bajo la tierra incluso cuando todo parece estar quieto. Crece en silencio, mientras nosotros solo vemos lo poco, el fragmento, el esfuerzo. 

Así es el Reino de Dios. Jesús habla del Reino como de un descubrimiento. «Es como un tesoro». Cuando lo encuentras en ti, cambia para siempre tu forma de ver la vida. 

Hay un hombre que tropieza con un tesoro. Hay un comerciante que por fin encuentra la perla preciosa. Y ambos, a partir de ese momento, ya no son los mismos. La vida los atrapa. La belleza los conquista. Una pasión los guía. Y todo lo que antes parecía importante se relativiza, se pone en su sitio y así recupera su valor. 

Podemos comprender la parábola del tesoro y de la perla a través de la experiencia más elemental del amor humano. 

Cuando dos personas descubren que se aman, se dan cuenta de que entre ellas ha ocurrido algo que ninguna de las dos puede darse a sí misma. Ha aparecido una Presencia, un Tercero, que transforma su relación y las abre a ambas a una vida más grande. Un sentimiento de sorpresa las invade: «Hay algo entre nosotros». 

Es quizás el descubrimiento más sorprendente del amor. Pero ese «algo» no es simplemente una emoción, ni la suma de dos vidas que se encuentran. Es la presencia de un «Tercero». Un misterio que ninguno de los dos produce y que ninguno de los dos posee. Es el tesoro escondido, la perla preciosa: una Presencia que, precisamente al unirlos, los abre más allá de sí mismos. 

El amor auténtico no encierra a los dos en un círculo, sino que los abre a un Tercero. Es este «algo más» lo que, en la atracción entre ambos, se manifiesta con vistas a su enriquecimiento. Donde cada uno de los dos crece porque recibe continuamente vida «del otro del Otro».

Es exactamente la lógica evangélica del Reino: el tesoro no es simplemente el otro, «tú eres un tesoro», sino Aquel que se manifiesta en la relación entre mí y el otro y la hace fecunda. El Reino de Dios que anuncia Jesús no es un bien que se suma a los demás, sino la Presencia que transfigura todos los bienes. 

Quien encuentra el tesoro no pierde la vida: la recupera. La alegría precede a toda renuncia, porque nadie lo deja todo por el vacío, sino por una plenitud mayor. El Evangelio no estrecha el corazón: lo ensancha. No resta: aumenta. La vida crece por atracción, no por coacción. Como la semilla. Como la levadura. Como un manantial que, al dar agua, ensancha su curso. 

El Reino introduce una dinámica de crecimiento sin fin: lo que recibes se convierte en don, lo que das vuelve fecundo. El amor no se agota en quien ama, sino que se multiplica abriéndose al Tercero que lo habita. 

Jesús no ocupa un lugar en la vida: se convierte en su centro gravitatorio, generador. Todo permanece —los afectos, el trabajo, los bienes, los deseos—, pero todo recupera su justo orden según la justicia. 

Para comprender el alcance de la parábola evangélica, podemos ahora medirnos con la oración de Salomón de 1 Reyes 3, 5. 7-12: 

«Pues bien, yo no soy más que un muchacho; no sé cómo actuar. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y distinga el bien del mal; pues, ¿quién puede gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?». 

Salomón podría haber pedido riqueza, éxito o poder. En cambio, pide un corazón capaz de discernir el bien del mal. Y ese es precisamente el propósito de las parábolas. 

También aquí la sabiduría que Salomón pide no es un don que se suma a los demás, sino más bien aquello que permite al rey gobernar bien todo lo demás: la riqueza, la responsabilidad y el poder. Pide un corazón que sepa reconocer lo que realmente vale. El discernimiento es la forma más elevada de sabiduría. 

Por eso la tradición cristiana habla de discernimiento. Discernir no significa simplemente analizar. Significa escuchar los movimientos del corazón, reconocer lo que conduce a la vida y lo que la limita, distinguir lo que ensancha lo humano de lo que lo empobrece. 

Discernir es un acto que involucra a la vez la inteligencia, los afectos, la libertad y la conciencia. Discernir es un don del Espíritu. Lo que denominamos discernimiento es algo que no se puede reducir a ninguna forma innovadora de cálculo o recuento. 

Hoy en día, este don se vuelve aún más valioso. Vivimos en la era de la inteligencia artificial. 

Las máquinas procesan, calculan, predicen. Pero ningún algoritmo puede discernir. Puede reconocer patrones. Pero no puede reconocer el bien. Puede procesar probabilidades. Pero no puede asumir una responsabilidad. Puede clasificar un rostro. Pero no puede mirarlo ni admirarlo. 

La conciencia no es un algoritmo más refinado. Es el lugar donde la libertad, la verdad, los afectos y la responsabilidad se encuentran ante el bien. 

Por eso, el Papa León XIV insiste con fuerza en la necesidad de educar el discernimiento, reservando momentos de silencio, estudio, diálogo e incluso un saludable «ayuno de inteligencia artificial», para que el corazón humano no sea sustituido por la eficiencia del cálculo (Magnifica Humanitas, 140). El futuro de una persona nunca es calculable. Cada hombre habita siempre la posibilidad. 

Porque ningún sistema de cálculo puede sustituir a una conciencia que discierne. El riesgo no es solo tecnológico: es creer que todo puede medirse. Así, la sabiduría es sustituida por la eficiencia, la relación por el rendimiento, el juicio por la puntuación (Magnifica Humanitas 140). 

Pero el futuro de una persona nunca es calculable. Allí donde un algoritmo ve una probabilidad, Dios sigue viendo una posibilidad. Una herida puede convertirse en manantial. Un error puede dar lugar a una conversión. 

Por eso necesitamos silencio, oración, momentos en los que madure el corazón. El discernimiento crece lentamente, como la semilla en el campo (Magnifica Humanitas 140). 

Es precisamente este entrelazamiento de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas lo que mantiene viva la esperanza. La humanidad, magnífica y herida, no debe ser sustituida ni superada. Puede acoger las innovaciones que alivian los sufrimientos y abren nuevas posibilidades, siempre que no renuncie a lo que la hace ser ella misma: la capacidad de relacionarse y de amar (Magnifica Humanitas 126). 

La belleza de Dios es el tesoro de la vida. Y es una belleza que no humilla al hombre, sino que lo hace florecer. 

El tesoro en el que hay que invertir es la vida humana en su totalidad, es cada persona en su condición de imagen del Único y en relación con los demás, sus semejantes. Se compra el campo. Se encuentra el tesoro. Pero nunca se compra al hombre. Ninguna persona puede convertirse en mercancía. Cada vez que un ser humano es vendido, explotado, reducido a un instrumento, se vulnera la dignidad del hombre y se traiciona el Evangelio. 

El Papa León XIV recuerda que la lucha contra toda forma de trata y de esclavitud moderna pertenece al corazón mismo de la fe (Magnifica Humanitas 177). Jesús nos enseña a contemplar en el rostro de cada hombre una «magnífica humanidad» (Magnifica Humanitas 233), llamada a la plenitud de la vida (Magnifica Humanitas 1). 

La técnica puede aliviar muchos sufrimientos. Pero no puede sustituir al corazón. La humanidad no debe ser superada, sino custodiada, porque solo el hombre sabe amar, perdonar y entablar relaciones (Magnifica Humanitas 126). 

Allí donde se reconoce detrás de cada rostro a una persona a la que amar y no a un dato que procesar, allí está el tesoro del Reino. La fe en Jesús custodia un tesoro que ninguna economía ni ningún poder pueden medir: la dignidad inviolable de cada persona. 

El futuro de una persona nunca es completamente predecible. Dios mismo sigue sorprendiendo a la historia a través de lo que parece improbable. El discernimiento crece con el tiempo, como la semilla en el campo. No nace de la rapidez de la respuesta, sino de la paciencia de la maduración (Magnifica Humanitas 140). 

Así retrata Jesús el rostro del escriba convertido en discípulo del Reino. El escriba del Reino «saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Son las cosas nuevas las que permiten no solo custodiar, sino también transmitir la Tradición, generando vida y dejando que la Escritura siga haciéndose carne en el seno de la historia. 

Muchas veces sabemos repetir bien las palabras antiguas. Más difícil resulta encontrar palabras nuevas que devuelvan la vida al Evangelio para los hombres de nuestro tiempo. El discípulo no es el guardián de un archivo. Es el servidor de una fuente. 

Este tesoro lo tenemos en vasijas de barro. Frágiles somos nosotros. Frágil es la Iglesia. Frágil es el corazón humano. Y, sin embargo, Dios sigue depositando en este barro su oro vivo. Mucho permanece oculto. Mucho germina en el silencio. Ningún acto de amor se pierde. Ninguna fidelidad es inútil. Cada gesto de bondad sigue circulando por el mundo como una fuerza secreta de resurrección. 

El tesoro, más que un cofre, es un seno. Como María, guardamos este tesoro en el corazón, para que el Evangelio siga mostrando al mundo la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios (Magnifica Humanitas 245). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Jo, es que me aburro…!

¡Jo, es que me aburro…! 

«¿Vienes a jugar?». La llamada desde la ventana hacía que miráramos a mamá, que normalmente fingía no haber oído nada. Así que teníamos que ir a preguntarle. 

Mamá, ¿has oído? Dice que si podemos ir a jugar…

¿Habéis terminado los deberes?

Sí.

¿Seguro?

Sí.

¿Adónde pensáis ir?

A la calle… 

Y así, tras mil peticiones y respuestas, idas y venidas y negociaciones, normalmente (si nos lo habíamos ganado, claro está) llegaba una especie de «». 

Una especie de «sí» porque tenía no pocas condiciones… 

Podéis ir a la calle pero tened cuidado… En casa a las 7 y no os hagáis daño… Y que nadie venga a decirme que os habéis portado mal, que os habéis peleado o que habéis dicho palabrotas, porque si no… 

Escuchábamos cada una de sus palabras (que nos sabíamos de memoria, porque siempre eran esas las condiciones) concentrados, tranquilos, asintiendo con convicción a cada condición. La lógica de las madres de antaño era inquebrantable y, por desgracia, todas la compartían. 

Nuestras madres se apoyaban unas a otras, y tenías un poco la impresión de ser hijo de todo el barrio. Y si te pasabas de la raya con alguna —cualquiera de ellas—, te lo hacía saber de forma muy clara; y cuando volvías a casa, tu madre ya estaba al corriente de todo... 

Y lo juegos eran diversos… a muñecas y soldaditos… a los cromos… a la cuerda o a la goma… al escondite… a campo quemado y a fútbol… a la peonza (o trompa)… a las canicas… al “chorro, morro, pico, tallo, qué”… a los juegos reunidos geyper”… al monopoly… a los madelman o geyperman… a la rayuela… a las chapas y tabas… a la gallinita ciega… al hinque…al pañuelo… a... 

Prefiero pasar por alto el tema de los timbres, porque si bien es cierto que nos lo pasábamos en grande tocándolos para luego salir corriendo, también lo es que las señoras a las que pertenecían esos timbres se enfadaban muchísimo… y ocurría que las más rápidas nos perseguían... 

¿Y los niños de hoy? 

Esta vez no voy a hacer una comparación entre nuestros barrios de ayer y los de hoy, o al menos no solo eso. 

Si la comparación es entre nuestros juegos y los de los niños de hoy, tal vez el contraste sea lo siguiente a abrumador. 

Porque mientras los niños son pequeños, se dejan encantar por la forma de jugar de los mayores (padres/madres, abuelos,…), por sus juegos de antaño o por los más modernos. 

Luego, poco a poco, los pequeños se transforman en seres digitales que saben usar cada uno de los dispositivos mejor que nosotros, sin que nadie se lo haya enseñado. Son los llamados «nativos digitales», que me inquietan bastante, quizá porque paso de los 60 años... 

Una vez terminados los deberes, llega el «me aburro, ¿qué hago?», y el adulto se vuelve loco inventando cosas que hacer, cosas que construir juntos, cosas para colorear o retos que superar. 

Se juega un rato y luego vuelve el «me aburro», y es horrible oír a los niños decir que se aburren… ¿pero cómo es posible? ¡Niño y aburrimiento no pueden aparecer en la misma frase! 

Y entonces llega la propuesta: «¿Puedo jugar un rato con la Play (Station, claro)?». Se negocia el tiempo permitido, se pone la alarma (perdón, se dice Alexa, temporizador de veinte minutos) y se asiste a la transformación del pequeño, que de niño alegre y vivaz se convierte en un ser alejado de la realidad, que no oye si le llaman, concentrado como está en construir no se sabe muy bien qué o en ganar o perder vidas en no se sabe qué más. 

Los niños ya no juegan en la calle... porque ya no hay calles en las que poder jugar… o porque mil y un peligros acechan… O porque mil y una extraescolares lo impiden...

Y así, como mucho, se reúnen dos o tres en casa para jugar juntos, normalmente a la PlayStation. 

¿Pesimismo? ¿Tristeza? ¿Nostalgia? 

Las tres cosas juntas, creo. 

¿Hay algún consuelo por pequeño que sea? Quizá dentro de esos genios de lo digital todavía haya niños capaces de dejarse encantar… ¿Queda esa esperanza?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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