domingo, 13 de abril de 2025

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 27-30 -.

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 27-30 - 

El énfasis del cuarto Domingo de Pascua recae en Jesús Buen Pastor. 

El Jesús que guio a sus discípulos convirtiéndolos en una comunidad es también el Resucitado que les da la vida eterna -Evangelio-; el Resucitado es Pastor y Cordero al mismo tiempo, es Pastor porque es Cordero, Aquel que guía a los creyentes a la vida plena gracias a su pasión y muerte. El Resucitado sigue ejerciendo en la historia sus funciones de pastor, es decir, formando comunidades y guiando y alimentando a sus «ovejas», a través de la actividad apostólica de predicar la Palabra de Dios. 

Escuchar, conocer y seguir son las actitudes espirituales de las «ovejas» hacia el «pastor», son las actitudes constitutivas de la fe. Es decir, la vida que el Señor dona continuamente a los creyentes, y que ellos reciben gracias a su escucha, a su seguimiento y a su conocimiento del Señor, es la comunión con Él. 

Comunión que es, al mismo tiempo, relación con el Padre, porque «el Padre y yo somos uno» (v. 30). Si Jesús custodia y no pierde a ninguno de los que el Padre le ha confiado es porque Él permanece en la relación con el Padre y en esta relación de amor entra y habita cada creyente. Nosotros, en cambio, hacemos lo que Jesús no hace: sabemos perder los dones recibidos, sabemos perder el amor, sabemos perder al otro, sabemos no custodiarlo. Perdemos al otro porque salimos de la relación con el Señor y nos encerramos en el egoísmo. Y así, mientras perdemos al otro, también nos perdemos a nosotros mismos y el sentido de nuestra vida que se sitúa en la relación con el Padre y con los hermanos. 

Lo contrario de perder no es ganar, sino permanecer. Se trata de permanecer en el amor del Señor, en la Palabra del Señor, en Él, como la vid permanece en la cepa y vive de la vida que recibe de la planta. Podríamos acercar la expresión joánica según la cual nadie puede arrebatar al creyente de la mano del Padre a la expresión paulina que dice: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ... Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni el presente, ni el futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35.38-39). Permanecer en ese amor hace experimentar el don de la vida que viene de Dios y la comunión con él. 

Leyendo atentamente el capítulo décimo de Juan, se puede ver cómo el carácter de «pastor» de Jesús consiste en la relación con el Padre y con sus ovejas, es decir, con Dios y con los creyentes. Es un título relacional, no funcional. «Yo y el Padre somos uno» (v. 30); «Yo conozco a mis ovejas» (v. 27). 

Lo que llamamos «pastoral» debería centrarse siempre en la dimensión relacional más que en la funcional, institucional u organizativa. En el corazón del ser pastor en la Iglesia está la relación personal con el Señor, es decir, la dimensión espiritual alimentada por la fe y la oración, y la relación con las personas hecha de conocimiento, amor, escucha, dedicación, don de la vida. El pastor está atento al corazón de Dios y al corazón del hombre. 

En los versículos 28-29 hay como un juego de manos en el que la mano de Jesús y la mano de Dios se identifican. En San Juan, la mano es símbolo del amor dado y recibido: «El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos» (Jn 3,35); Jesús, «sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos» (Jn 13,3), realizó el gesto de la radicalidad del amor, símbolo del don de su vida por los discípulos. 

La mano abierta del Padre para darlo todo al Hijo se convierte en la mano abierta del Hijo que recibe todo del Padre y que el mismo Hijo muestra, como Crucificado Resucitado, a Santo Tomás para que reconozca al mismo tiempo el amor del Padre y del Hijo («Señor mío y Dios mío»: Jn 20,28). Y pidiéndole que, a su vez, extendiera su mano, Jesús le pide que entre en el misterio del amor trinitario manifestado por la mano traspasada. 

En verdad, el Buen Pastor es aquel que da la vida por sus ovejas y precisamente en esta donación y pérdida de sí mismo, Él, dando amor, guarda a sus ovejas en el amor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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