Impresiones personales de Magnifica Humanitas
Hay textos que no se limitan a ser leídos: nos involucran, nos interpelan. Llegan casi por casualidad, impulsados más por la curiosidad de conocer que por el simple deseo de saber. Son invitados inesperados a los que no podemos ignorar. Para mí, Magnifica Humanitas es uno de esos textos.
Sin duda, el revuelo que la ha acompañado depende
también del hecho de que se trata de la primera encíclica de este Papa: muchos
han buscado en ella su personalidad, su visión, las continuidades o las
diferencias con respecto al pontificado anterior.
Pero el texto impacta sobre todo porque no se presenta
como un documento para archivar. Se presenta como una presencia que nos mira y
nos pregunta: «¿Cómo estamos viviendo este tiempo?». No es solo un texto para
interpretar: es un texto que nos atraviesa.
Vivimos en una época en la que un nuevo intruso se ha
sentado a nuestro lado. Lo llamamos Inteligencia Artificial (IA), pero
podríamos definirlo simplemente como un umbral que se abre. No es un futuro
lejano: ya está dentro de nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestras
relaciones. No la hemos invitado, y sin embargo ya convive con nosotros.
El aspecto más interesante de la encíclica, al menos
en una primera lectura que se puede hacer de ella, es que no trata la IA solo
como un peligro que hay que rechazar o una promesa que hay que idolatrar. La
reconoce como una presencia estable, destinada a modificar nuestra forma de
vivir. La cuestión decisiva no es destruir la técnica, sino impedir que se
convierta en dominio.
La encíclica parece sugerir que lo humano no es una identidad cerrada que hay que defender, sino un umbral abierto. No construye vallas: abre espacios. No protege un nosotros inmóvil, sino que lo pone en tela de juicio.
El ser humano no aparece como un bloque compacto, sino
como una realidad atravesada por relaciones, recuerdos, heridas, instrumentos y
transformaciones. La dignidad, entonces, no es una fortaleza que blindar, sino
una puerta que custodiar.
Aquí la teología se vuelve inevitablemente política. No
en el sentido de reducir el cristianismo a una parte ideológica, sino en el
sentido más elevado del término: reafirmar un universalismo humano capaz de
oponerse a las nuevas lógicas imperiales, económicas y tecnológicas que corren
el riesgo de convertir la fuerza en la única regla del equilibrio mundial.
En este escenario, resulta esencial reiterar que lo
humano es un umbral insuperable y que toda forma de poshumanismo tecnológico
corre el riesgo de producir una laceración de la experiencia humana.
Uno de los puntos más profundos de la encíclica es la
referencia a la «herida de lo humano». No como exaltación del sufrimiento, sino
como reconocimiento de que la fragilidad es el lugar donde la relación se hace
posible.
El dolor, el límite, la vulnerabilidad nos abren al otro. Reconocer nuestra fragilidad impide que la identidad se convierta en un ídolo. Es precisamente nuestra condición incompleta la que nos salva de la tentación de la pureza.
En este sentido, la IA no es solo un enemigo que le
quita algo al hombre. Es también un espejo que nos obliga a reconocer lo que
siempre hemos sido: seres vulnerables, porosos, modificables. Ser humano no
significa estar intacto, sino ser capaz de relacionarse.
La segunda gran intuición de la encíclica es que no
debemos defender lo humano de la técnica, sino la relación del uso depredador
de la técnica.
La técnica, en sí misma, no es el problema. El
problema es quien la utiliza para dominar, vigilar, militarizar, extraer
riqueza y concentrar poder. La pregunta decisiva no es, por tanto: «¿Qué
le hará la IA a la humanidad?», sino: «¿Qué hará la humanidad de esta
convivencia con la IA?».
Aquí el pensamiento cristiano se convierte en una
forma de resistencia. Una fe viva no defiende la fortaleza de la identidad,
sino la vulnerabilidad de la relación. No bendice el miedo, sino la apertura.
Por eso no veo Magnifica
Humanitas como un texto “religioso”. Me parece más bien un texto
político en el sentido más elevado: una invitación a no refugiarnos en la
nostalgia, a no delegar en la técnica lo que no tenemos el valor de afrontar
como seres humanos.
La encíclica no ofrece un refugio, sino un cruce. No nos enseña cómo volver atrás, sino cómo seguir adelante sin perder nuestra humanidad.
Y quizá sea precisamente este el punto decisivo: lo humano no es una fortaleza que defender, sino un movimiento que custodiar a través de la relación, la solidaridad, la amistad y el compartir de la fragilidad común.
El límite permite que unos y otros seamos diferentes e insustituibles; afirma que cada uno necesita al otro; establece una «civilización del amor» sobre sólidos fundamentos morales: la justicia, la verdad y la libertad. El diálogo, el respeto al otro y la regla de oro. El muro fronterizo se transforma así en un abrazo sobre el que reconstruir ciudades devastadas.
«Evitemos,
por tanto, el “sindrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los
débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje
único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la
persona, en datos y rendimientos» (MH 10).
La matriz y la liturgia de esta Magnifica Humanitas no
será un algoritmo, sino, de nuevo, una Mujer a quien —en conclusión— el Papa
cede el paso y la palabra. ¡Y de Ella surge, al final, un magnífico canto de alabanza
y alegría para tejer esperanza!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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