viernes, 29 de mayo de 2026

Mi clave de lectura y estudio de Magnifica Humanitas.

Mi clave de lectura y estudio de Magnifica Humanitas

En pocos años lo digital ha cambiado de significado, por mucho que la etimología del inglés digit remita precisamente al digitus. El Papa León XIV se ha ocupado de ello, y con claridad. La impresión que se desprende de la lectura de la encíclica Magnifica Humanitas es, de hecho, la de una exposición concisa.

 

El tema es la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial», pero a diferencia de lo que ocurría en Laudato Si’ (la encíclica de 2014 con la que el Papa Francisco situó la cuestión medioambiental en el centro del debate eclesial y social) esta encíclica evita las referencias directas a la literatura científica y propone un sistema de referencias intencionadas y reconocibles.

 

Además de las abundantes citas del magisterio de los papas anteriores y de los textos del Concilio Vaticano II, Magnifica Humanitas recurre a Romano Guardini en El ocaso de la edad moderna (1950) y a Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951), al pacifismo cristiano del laico dominico y político italiano Giorgio La Pira y al testimonio de Victor Frankl, el psiquiatra vienés superviviente de Auschwitz y universalmente conocido como iniciador de la logoterapia.

 

También el pasaje extraído de El señor de los anillos que hasta puede ser interpretado como una respuesta ni siquiera demasiado implícita a las pretensiones de control global ejercidas por los gigantes de la tecnología o que, por lo menos, puede reconducirse a esta constelación de sentido. 

El Papa León XIV atribuye a J.R.R. Tolkien la calificación de «escritor católico» y hace suyas las palabras del mago Gandalf, el héroe de la intención purificada: 

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza » (Magnifica humanitas, n. 213). 

Combatiente en la Gran Guerra de 1914-1918, J.R.R. Tolkien compone su obra maestra sabiendo bien que las insidias de la tecnología no se agotaron con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La edición de El retorno del rey a la que se refiere la encíclica en una nota puede ser leída como una alegoría antimilitarista y contraria a aquella clave apocalíptico-tecnocrática hoy muy en boga en ciertos imaginarios y narraciones.

Y, por supuesto, está San Agustín de Hipona, evocado con profundidad por un Papa que no pierde ocasión de reivindicar su pertenencia a la familia espiritual agustiniana. 

El pasaje que autoriza a interpretar Magnifica Humanitas como una encíclica plenamente y proféticamente agustiniana tal vez se encuentra concretamente en el n.º 130, donde el Papa reproduce una formulación clásica de La ciudad de Dios: 

«Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de si, la celestial» (De civitate Dei, XIV.28). 

La alternativa sugerida en varias ocasiones en la encíclica se deriva de esta contraposición, que en el grandioso tratado de San Agustín se refiere posteriormente a la disputa primordial entre Caín y Abel, analizada en el libro XV.


Las «dos imágenes bíblicas» señaladas por el Papa ya al comienzo de Magnifica Humanitas (nn. 7-10) son, en cambio, el famosísimo episodio de la torre de Babel (Gn 11,1-9) y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén por iniciativa de Nehemías en la época del cautiverio babilónico (Ne 1-2). Este último episodio, decididamente menos conocido a nivel popular, es elevado a modelo por el Papa León XIV.

Magnifica Humanitas no es, de hecho, una advertencia genérica contra la inteligencia artificial, que en la encíclica representa el contexto y solo por consiguiente se convierte en objeto de reflexión y debate: 

«la primera elección no es entre un “si” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (n. 9). 

Al igual que ya en san Agustín, hay que decidir entre un amor y otro. 

En Magnifica Humanitas no faltan las tomas de posición atrevidas y valientes, a partir de la amplia sección sobre la esclavitud digital (nn. 173-179) y de la condena explícita del uso de la inteligencia artificial con fines bélicos (nn. 197-200).

 

En ambos casos, el reconocimiento de los errores del pasado se transforma en una exhortación a la conciencia del presente, en el marco general de la tensión existente entre «la cultura del poder y la civilización del amor» (tal es el título del capítulo 5 de la encíclica, quizá el más rico en implicaciones concretas).



Durante estos días, y más adelante, muchos y diversos análisis puntuales se han realizado y se seguirán realizando. En una primera lectura, el mérito principal de la reflexión del Papa León XIV quizá resida en el rechazo a considerar la inteligencia artificial como un mero instrumento.

 

Ésta se trata de una falacia argumentativa aún sorprendentemente extendida, mediante la cual se intenta desplazar el problema de la estructura general de la IA a su uso práctico, tal vez con el respaldo de algún principio deontológico vago y tranquilizador.

 

Aparte del hecho de que un instrumento —en cuanto producto cultural— nunca es en sí mismo indiferente, la inteligencia artificial excede ampliamente cualquier requisito instrumental y se sitúa más allá.

 

Un instrumento hace lo que se espera que haga. La inteligencia artificial hace también algo más, a menudo sin corresponder a las expectativas.

 

«De esto se deriva una consecuencia sencilla pero apremiante: no podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones. Si un sistema se concibe o emplea tratando algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y que idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían» (n. 104).

 

Y tengo para mí que éste es el corazón de la encíclica. Y es un corazón intencionadamente político, en el sentido de que León XIV se preocupa por ilustrarlo a través de la amplia síntesis de la Doctrina Social de la Iglesia en su recorrido desde Rerum Novarum (1891) hasta hoy. Incluida en el capítulo 1 de Magnifica Humanitas, esta recapitulación programática es mucho más que un resumen. Puede utilizarse perfectamente como repaso. Y creo que es un repaso obligado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todos somos inmigrantes.

Todos somos inmigrantes   En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para design...