La medida del perdón - San Mateo 18, 21-35 -
I
«No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir,
siempre. La única medida del perdón es perdonar sin medida.
Pero,
¿por qué hacerlo? La respuesta es sencilla y elevada: porque así lo hace Dios.
Jesús
lo explica con la parábola de los dos deudores.
El
primero debía una suma exorbitante a su rey, algo que nunca habría podido
pagar; entonces, postrándose en el suelo, le suplicaba. Y el rey sintió
compasión. Siente como propia la angustia del siervo; esta cuenta más que sus
derechos, pesa más que diez mil talentos, ensancha el corazón del rey.
Hay
una forma real de estar en el mundo, una forma divina, y reside en la
generosidad de corazón: sabe perdonar quien es más grande y más fuerte.
Y en
oposición a este corazón real, he aquí el corazón servil: nada más salir, aquel siervo se
encontró con otro siervo…
Nada más
salir, ni una semana después, ni
al día siguiente, ni una hora después. Nada más salir, aún sumido en una
alegría inesperada, recién liberado, recién devuelto al futuro y a su familia,
recién habiendo experimentado un corazón regio, agarró a su compañero por el cuello y lo
estrangulaba, gritando: «Devuélveme mis mil euro», él, a quien se le
habían perdonado miles de millones.
El
siervo perdonado no actúa en contra del derecho ni de la justicia. Es justo, y
despiadado. Es honesto y, al mismo tiempo, malo. Qué fácil es ser justo e
implacable, honesto y malo. Porque no basta con ser justo para ser hombre, y
mucho menos para ser de Dios.
La
justicia y el derecho por sí solos no bastan para renovar el mundo. Es más, la
justicia extrema —«devuélveme mis mil euros»— puede encerrar la máxima ofensa al
hombre: lo agarró por el cuello y lo estranguló.
Jesús
propone la piedad ilógica: «¿No debías tú también tener piedad de él,
como yo he tenido piedad de ti?».
¿Por
qué tener piedad y perdonar? Para adquirir el corazón de Dios, para introducir
su desorden divino en el aparente equilibrio del mundo.
Porque
nada vale tanto como una vida. Y entonces se necesita una desmesura, el perdón hasta
setenta veces siete, un exceso de piedad.
Se
necesita el perdón de corazón. Es muy difícil perdonar de corazón. Implica un
acto de fe, no de inteligencia. En el ser humano. Un acto de esperanza, no de
espontaneidad. En el ser humano. Los palestinos y los israelíes solo saldrán de
su equilibrio de miedo y muerte con el valor de un acto de fe recíproca.
La fe
es confiar en el otro, mirando no al pasado, sino al futuro. Así lo hace Dios
conmigo: me perdona no como Aquel que olvida mi pasado, sino como Aquel que me
impulsa más allá.
Dios perdona como un libertador. Te lanza hacia adelante. Te hace zarpar de nuevo hacia amaneceres intactos, como el viento que hincha las velas, un plus de energía. Te perdona como un acto de fe en ti, con el corazón abierto hacia tu futuro.
II
«No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», es decir,
siempre.
La
única medida del perdón es perdonar sin medida. Porque vivir el Evangelio de
Jesús no consiste en ampliar un poco más los límites de la moral, del bien y
del mal, sino que es la buena nueva de que el amor de Dios no tiene medida.
¿Por
qué debo perdonar? ¿Por qué debo condonar la deuda? ¿Por qué borrar la ofensa
de mi hermano?
La
respuesta es muy sencilla: porque así lo hace Dios; porque el Reino consiste en
que yo adquiera el corazón de Dios y luego lo aplique a mis relaciones.
Jesús
lo explica con la parábola de los dos deudores. El primero le debía a su señor
una suma exorbitante, algo así como el presupuesto de un Estado: una deuda
impagable. «Entonces el siervo, postrándose en tierra, le suplicaba...» y
el rey se compadeció.
El rey
no es el defensor de la justicia, sino el modelo de la compasión: siente como
propio el dolor del siervo, lo valora más que sus propios derechos. El dolor
pesa más que el oro.
El
siervo perdonado, «nada más salir», se encontró con un siervo como él que le debía
algo de dinero.
«Nada
más salir»: ni una semana después, ni al día siguiente, ni una hora
después. «Nada más salir», aún sumido en una alegría inesperada, recién
liberado, recién devuelto al futuro y a su familia.
Justo
después de haber experimentado lo grande que es el corazón de un rey, «lo
agarró por el cuello y lo estrangulaba gritando: “Devuélveme mis céntimos”»,
¡él, a quien se le habían perdonado miles de millones! Al fin y al cabo, era su
derecho, es justo y despiadado.
La
enseñanza de la parábola es clara: reclamar mis derechos no basta para actuar
según el Evangelio. La justicia no basta para crear al hombre nuevo.
«Ojo
por ojo, diente por diente», deuda por deuda: esa es la línea de la
justicia. Pero mientras el hombre piensa en términos de equivalencia, Dios
piensa en términos de exceso. Sobre la eterna ilusión del equilibrio entre dar
y recibir, hace prevalecer el desequilibrio de la gracia que nace de la
compasión, de la piedad.
«¿No
debías tú también haber tenido piedad de él, así como yo he tenido piedad de
ti?» ¿No debías ser tú también como yo?
Este
es el motivo del perdón: hacer lo que Dios hace. Adquirir el corazón de Dios,
para introducir la abundancia divina en las relaciones ordenadas del dar y el
recibir.
Perdonar
significa —según la etimología del verbo griego aphíemi— soltar, dejar
libre, cortar los tentáculos y las cuerdas que nos atan maliciosamente en una
reciprocidad de deudas.
Absolver
significa desatar y dar libertad.
Nuestra lógica nos aprisiona en un laberinto de ataduras. Se necesita algo ilógico: el perdón, hasta setenta veces siete, hasta un punto que se burle de nuestras cifras y de nuestra lógica, hasta actuar como actúa Dios.
III
«No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», es decir,
siempre. La única medida del perdón es perdonar sin medida.
Porque
el Evangelio de Jesús no consiste en ampliar un poco más los límites de la moral,
sino que es la buena nueva de que el amor de Dios no tiene medida.
¿Por
qué debo perdonar? ¿Por qué condonar las deudas? La respuesta es muy sencilla:
porque así lo hace Dios.
Jesús
lo cuenta con la parábola de los dos deudores.
El
primero debía una suma astronómica a su señor, algo así como el presupuesto de
una ciudad: una deuda impagable. «Entonces el siervo, postrándose en tierra,
le suplicaba…» y el rey se compadeció.
El rey
no es el defensor de la justicia, sino de la compasión. Siente como propio el
dolor del siervo, y siente que eso importa más que sus derechos. El dolor pesa
más que el oro.
Y para
nosotros se abre de inmediato la alternativa: o adquirir un corazón real o
mantener un corazón servil como el del gran deudor perdonado que, «apenas
salió», se encontró con un siervo como él.
«Nada
más salir»: ni una semana después, ni al día siguiente, ni una hora
después. «Nada más salir», aún sumido en una alegría inesperada, recién
liberado, recién devuelto al futuro y a su familia.
Justo después de haber experimentado cómo es
un corazón de rey, «lo agarró por el cuello y lo estrangulaba gritando: “Dame mis céntimos”»,
¡él, a quien se le habían perdonado miles de millones!
Y, sin
embargo, este siervo «malvado» no exige nada que no sea su
derecho: quiere que le paguen. Es justo e implacable, honesto y, al mismo
tiempo, cruel.
Así
somos también nosotros: muy hábiles a la hora de poner sobre la mesa todos
nuestros derechos, magos expertos en hacer desaparecer nuestros deberes. Y nos
movemos por el mundo como depredadores en lugar de como servidores de la vida.
La
justicia humana consiste en «dar a cada uno lo que le corresponde».
Pero
he aquí que, sobre esta línea de la equivalencia, del equilibrio entre dar y
recibir, de las cuentas cuadradas, Jesús propone la lógica de Dios, la del
excedente: perdonar setenta veces siete, amar a los enemigos, poner la otra
mejilla, dar sin medida, perfume de nardo por trescientos denarios.
Cuando
no quiero perdonar (el perdón no es un instinto, sino una decisión), cuando ante
una ofensa cobro mi deuda con una contra-ofensa, no hago más que elevar el
nivel del dolor y de la violencia. En lugar de anular la deuda, estrecho un
nuevo lazo, añado un travesaño a la prisión.
Perdonar,
en cambio, significa deshacer este nudo, significa soltar, liberarnos de los
tentáculos y las cuerdas que nos atan maliciosamente, creer en el otro, mirar
no a su pasado sino a su futuro.
Así lo
hace Dios, que nos perdona no como alguien olvidadizo, sino como un liberador,
hasta tal punto que se burla de nuestras cuentas y de nuestra lógica.
IV
«No
hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», siempre: la única
medida del perdón es perdonar sin medida. Jesús no eleva el listón de la moral,
sino que trae la buena nueva de que el amor de Dios no tiene medida.
Y lo
cuenta con la parábola de los dos deudores.
El
primero debía una suma desorbitada a su señor, «entonces, postrándose en el
suelo, le suplicaba...». La deuda, en tiempos de Jesús, era algo muy
duro; quien no podía pagar se convertía en esclavo para siempre.
Cuando
rezamos: «perdona nuestras deudas», estamos pidiendo: «danos
la libertad, déjanos para hoy y para mañana toda la libertad de volar, de amar,
de engendrar».
Pero
el siervo al que se le perdonó «nada más salir»: ni una semana
después, ni al día siguiente, ni una hora después, sino «nada más salir», aún
aturdido por la alegría, recién liberado, «agarró a su compañero por el cuello y lo
estrangulaba gritando: “Dame mis céntimos”», ¡a él, a quien se le
habían condonado millones!
La
alternativa evangélica resulta nítida: ¿no debías tú también tener piedad?
Nos
encontramos ante la regla moral absoluta: tú también como yo, yo como Dios… no
es orgullo, sino máxima responsabilidad.
¿Por
qué perdonar? Sencillo: porque así lo hace Dios.
El
perdón es escandaloso porque exige la conversión, no a quien ha cometido el
mal, sino a quien lo ha sufrido.
Cuando,
ante una ofensa, pienso cobrar mi deuda con una contra-ofensa, no hago más que
elevar el nivel del dolor y de la violencia. En lugar de liberar de la deuda,
añado un travesaño a la prisión. Creo que curo una herida hiriendo a mi vez.
Como si el mal pudiera repararse, cicatrizarse mediante otro mal. Pero entonces
ya no habrá una, sino dos heridas sangrando.
El
Evangelio nos recuerda que somos más grandes que la historia que nos ha dado a
luz y nos ha herido, que podemos tener un corazón de rey, que somos tan grandes
como «el perdón que nos arranca de los círculos viciosos, rompe la coacción
de repetir en otros el mal sufrido, rompe la cadena de la culpa y la venganza,
rompe las simetrías del odio» - Hannah Arendt -.
El
tiempo del perdón es el valor de adelantarse: hazlo sin esperar a que todo
suceda y esté en orden; es el valor de los comienzos y los nuevos comienzos,
porque el perdón no libera el pasado, libera el futuro.
Luego,
la exigencia final: perdonar de corazón… No el perdón a regañadientes, ni el de
cara dura, sino aquel que brota de los ojos, de esa mirada nueva y bondadosa,
que te cambia la forma de ver a la persona. Y se convierten en ojos que te
acogen, en los que te sientes como en casa.
Quien perdona tiene los ojos de Dios, aquel que sabe ver primaveras en ciernes en mis inviernos.
V
«Así también
hará mi Padre celestial con vosotros si no perdonáis de corazón, cada uno a su
hermano».
Es
precioso este asombro ante el perdón ilógico: hasta setenta veces siete.
Dios,
que rompe nuestras balanzas, que siempre perdona las deudas, que libera no como
alguien despistado que olvida el mal, sino con la casta locura de la cruz que
se burla de la lógica y de los equilibrios humanos, y también de mis muertes
cotidianas. Él es el Enamorado que ve primaveras en mis inviernos.
El siervo,
nada más salir, nada más ver cuán grande es el corazón de un rey, nada más ser
liberado, agarró a su compañero por el cuello y lo estrangulaba: ¡Devuélveme
mis céntimos! Él, a
quien se le habían perdonado millones.
Ese
siervo no es injusto, es despiadado. Técnicamente no es deshonesto, es cruel.
De verdad, es posible ser honesto y despiadado.
¿No debías tú
también tener piedad? ¿No
debías tú también actuar como yo actúo? Tú como yo, yo como Dios, la
criatura como el creador… La clave de toda la moral bíblica. ¿Por qué tener piedad?
Sencillo: por un latido al unísono con el latido de Dios.
En la
Biblia, cada indicativo divino (cada acción referida a Dios) se convierte en un
imperativo humano, por su plenitud y su transgresión hacia lo alto.
Un
instinto en nosotros nos hace creer que el mal se puede «reparar» mediante otro
mal, hiriendo a quien nos ha herido. Ojo por ojo. Diente por diente. Ya no una,
sino dos heridas que sangran.
El
perdón, en cambio, que quizá no cure la herida, nos ayuda a sentir que no todo
el mundo empuña un arma. Que también hay manos que acarician, además de
aquellas que me han abofeteado. Nos libera de la mirada hosca que ve enemigos
por todas partes: el desconocido que hace cola contigo o una embarcación de
migrantes.
El
perdón es la des-creación del mal, lo bloquea, le impide proliferar; nos
concede el lujo de no arrastrar tras de nosotros hasta el infinito nuestros
errores y nuestros dolores, como patíbulos interiores en los que nos clavamos a
nosotros mismos y a los demás.
«El
perdón nos arranca de los círculos viciosos, rompe la compulsión de repetir en
otros el mal sufrido, rompe la cadena de la culpa y la venganza, rompe las
simetrías del odio» - Hanna Arendt -.
El
tiempo del perdón es el valor de adelantarse, sin esperar a que todo esté en
orden; el valor de los comienzos y de los nuevos comienzos; no un borrón y
cuenta nueva sobre la vida, sino un aleteo que no libera el pasado, sino el
futuro; una ráfaga de viento sobre mi barca: yo, la vela. Dios, el viento.
Dios
perdona por un acto de fe en el hombre, porque nos ve más allá de nosotros
mismos, ve la luz antes que la sombra, al santo antes que al pecador, las
espigas de buen trigo antes que la cizaña. Ve que cada vida es un seno materno
dispuesto a acoger algo más.
Y
quien perdona tiene los mismos ojos que Dios. Escándalo para la justicia,
locura para la inteligencia, pero consuelo para nosotros, los deudores.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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